Por Dr. Luis Sujatovich* –
La escuela sigue reclamando tiempo en nombre de un futuro que ya no puede prometer, y casi no ha cambiado las razones con las que pide ese esfuerzo. El problema excede sus aulas: ¿cómo puede una institución sostener una promesa que la propia sociedad encuentra cada vez más difícil respaldar?
Una herencia sin garantías
Esa promesa se apoyaba en una confianza más amplia. La opacidad tecnológica no empezó con las pantallas. Durante generaciones, millones de personas tomaron una aspirina sin conocer su composición. Su eficacia sostenía la confianza en la ciencia y en una idea de progreso que iba más allá del medicamento. Hoy seguimos usando tecnologías que apenas comprendemos, pero confiar en una tecnología no equivale a confiar en el proyecto de sociedad del que forma parte. La escuela heredó aquella promesa, aunque sus beneficios nunca fueron universales. Su debilitamiento no justifica añorar una cultura letrada que las mayorías no habitaron de manera ideal. La literatura, las ciencias y el pensamiento crítico siguen siendo una herencia valiosa. La dificultad está en transmitirla sin convertirla en obligación moral ni en garantía de un porvenir que desconocemos.
La disputa por el presente
El celular en el aula puede leerse como síntoma de esa contradicción. Distrae, pero también expone las tensiones de una escuela que intenta preservar ciertas experiencias culturales en una sociedad organizada alrededor de la velocidad, el consumo y la eficiencia. Prohibirlo puede ser necesario, pero no resuelve lo que su presencia deja a la vista. Tampoco alcanza con denunciar el scroll: las industrias culturales siempre disputaron nuestro tiempo, y los consumos digitales también pueden producir descubrimientos y encuentros. El problema aparece cuando las experiencias se suceden sin oportunidades para ser retomadas y elaboradas. La inteligencia artificial acentúa esta tensión: podemos obtener respuestas sin participar necesariamente de su construcción. No se trata de defender cualquier esfuerzo, sino de reconocer cuáles forman parte de la experiencia de conocer. Tramar un sentido con otros supone que nuestras experiencias puedan encontrarse y transformarse, en lugar de agotarse en su consumo inmediato. Pero la escuela también organiza contenidos, actividades y evaluaciones que se suceden sin dejar demasiado tiempo para pensar lo vivido.
Un presente que merezca ser vivido
La escuela no puede inventar en soledad el proyecto colectivo que nos falta, pero tampoco esperar a que la sociedad encuentre un rumbo. Puede ofrecer oportunidades para elaborar experiencias compartidas, aunque ella misma esté atravesada por exigencias de rendimiento que lo dificultan. Quizás no necesitemos encontrar otra promesa que justifique la educación, sino preguntarnos cómo construir un proyecto colectivo sin volver a exigir que el presente se sacrifique en su nombre. Defender el presente no es renunciar al futuro ni entregarse a la inmediatez. No sabemos qué sociedad encontrarán nuestros estudiantes, pero sí podemos preguntarnos qué hacemos juntos con el tiempo que compartimos y cuánto de él conseguimos convertir en una experiencia que merezca ser vivida.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA