Terry Fox: el joven que no llegó a la meta, pero cambió el destino de millones

Por Ailani Rosas* –

Hay personas que pasan por el mundo dejando huellas. Y hay otras que, aun cuando la vida les impide continuar, consiguen que miles de personas sigan caminando por ellas.

Terry Fox tenía apenas 18 años cuando recibió una noticia capaz de quebrar cualquier proyecto de futuro: padecía un cáncer de huesos. Era 1977 y su vida, hasta entonces ligada al deporte, los amigos y los sueños propios de un adolescente, quedó repentinamente dividida en dos. Poco después, los médicos debieron amputarle la pierna derecha por encima de la rodilla.

Pero mientras atravesaba el tratamiento y aprendía a vivir con una prótesis, algo comenzó a cambiar en su manera de mirar el mundo. En el hospital había conocido a otros pacientes con cáncer, muchos de ellos niños. Había visto el dolor, el miedo y la incertidumbre. Comprendió que su sufrimiento no era un hecho aislado, sino parte de una realidad que necesitaba respuestas.

Y decidió hacer algo.

No tenía una fortuna para financiar investigaciones. No ocupaba un cargo público. No era una celebridad ni contaba con una organización poderosa detrás de él. Era, sencillamente, un joven que se negaba a aceptar que la enfermedad tuviera siempre la última palabra.

Su idea parecía una locura: atravesar Canadá corriendo para recaudar fondos destinados a la investigación contra el cáncer.

No se trataba de una carrera convencional. Terry correría con una pierna amputada y una prótesis, enfrentando las distancias, el cansancio, el dolor y las exigencias de un cuerpo que ya había soportado demasiado. Durante meses se entrenó para llevar adelante una travesía que muchos consideraban imposible.

El 12 de abril de 1980, en St. John’s, Terranova, mojó su prótesis en las aguas del océano Atlántico. Quería repetir el gesto en el Pacífico cuando llegara al otro extremo del país. Entre ambos océanos había miles de kilómetros y una esperanza que todavía necesitaba encontrar oídos dispuestos a escucharla.

Así comenzó la Maratón de la Esperanza.

Cada día, Terry corría aproximadamente 42 kilómetros: la distancia de una maratón. No lo hacía para conquistar un récord ni para demostrar que era más fuerte que los demás. Corría para que la investigación tuviera más recursos, para que otros enfermos contaran con mejores oportunidades y para que el dolor que había conocido no se repitiera innecesariamente en tantas familias.

Al principio, la atención fue escasa. No todos comprendían la magnitud de su propósito. Sin embargo, a medida que avanzaba, la gente comenzó a acercarse a las rutas, a saludarlo, a acompañarlo y a colaborar. Lo que había empezado como una iniciativa personal se transformó en una causa colectiva.

Terry ya no corría solamente por sí mismo. Corría por quienes esperaban un tratamiento, por los padres que temían perder a sus hijos y por todos aquellos que necesitaban creer que la ciencia podía abrir una puerta donde hasta entonces parecía haber un muro.

Pero la enfermedad no había desaparecido.

El 1 de septiembre de 1980, después de 143 días y 5.373 kilómetros recorridos, tuvo que detenerse cerca de Thunder Bay, en Ontario. El cáncer había regresado y se había extendido a sus pulmones. Su cuerpo le imponía un límite que su voluntad no podía desconocer.

El océano Pacífico seguía lejos.

Terry no completaría el trayecto que se había propuesto. No llegaría a cumplir aquella imagen que había imaginado al comenzar: volver a sumergir su prótesis en el mar, después de atravesar el país de un extremo al otro.

Hay derrotas que se miden por la distancia que falta. Y hay historias que obligan a revisar la manera en que entendemos esa palabra.

Porque Terry Fox había recorrido más de cinco mil kilómetros cuando tuvo que abandonar la carrera. Pero, sobre todo, había conseguido que millones de personas comprendieran que la lucha contra el cáncer no podía ser una preocupación exclusiva de los enfermos, sus familias y los investigadores. Era una responsabilidad compartida.

La respuesta de Canadá fue extraordinaria. Su iniciativa movilizó donaciones, voluntarios y una solidaridad que superó las fronteras de las comunidades por las que había pasado. En febrero de 1981, su sueño de recaudar un dólar por cada habitante del país se había hecho realidad: el fondo de la Maratón de la Esperanza había reunido más de 24 millones de dólares canadienses.

Terry murió el 28 de junio de 1981. Tenía 22 años.

Su vida había sido breve. Su legado, en cambio, apenas comenzaba.

Las carreras organizadas en su memoria se multiplicaron y su nombre quedó ligado a una de las grandes iniciativas populares de recaudación para la investigación oncológica. Décadas después, la Fundación Terry Fox continúa impulsando proyectos científicos y convocando a personas de distintas edades a participar de una causa que nació de la decisión de un joven de ayudar a otros.

Quizá allí resida la dimensión más profunda de esta historia.

Vivimos en una época que suele medir el éxito por los objetivos alcanzados, las metas cumplidas, los reconocimientos obtenidos y la capacidad de imponerse sobre las dificultades. Se nos enseña a celebrar a quienes llegan primero, a quienes conquistan sus sueños y a quienes pueden exhibir resultados.

Pero ¿qué sucede con aquellos que entregan todo lo que tienen y, aun así, no consiguen llegar?

La vida de Terry Fox ofrece una respuesta que trasciende el deporte, la enfermedad y las fronteras de Canadá. Nos recuerda que el valor de una acción no depende exclusivamente de su desenlace. También importa aquello que despierta en los demás, las voluntades que reúne y las posibilidades que deja abiertas.

Terry no pudo terminar su maratón. No pudo ver hasta dónde llegaría la causa que había iniciado. Tampoco pudo conocer los avances científicos que las generaciones posteriores ayudarían a financiar con las iniciativas inspiradas en su ejemplo.

Sin embargo, consiguió algo que ningún kilómetro puede medir: transformó una experiencia personal de dolor en una convocatoria a la esperanza colectiva.

No hace falta correr 42 kilómetros diarios para comprender su mensaje. A veces, basta con preguntarnos qué podemos hacer por alguien que atraviesa una dificultad, cuánto estamos dispuestos a comprometernos con una causa justa o si somos capaces de convertir una experiencia dolorosa en una oportunidad para ayudar.

La solidaridad no siempre necesita gestos grandiosos. Puede comenzar con una decisión pequeña, con una mano tendida, con el tiempo que dedicamos a otro o con la voluntad de no permanecer indiferentes.

Terry Fox tenía 18 años cuando la enfermedad alteró su destino. Tenía 21 cuando comenzó aquella travesía que terminaría interrumpida por el cáncer. Murió antes de cumplir los 23. Y, sin embargo, su historia sigue convocando a personas que ni siquiera habían nacido cuando él corría por las rutas canadienses.

Tal vez porque, en el fondo, todos necesitamos creer que nuestra existencia puede significar algo más que el tiempo que permanecemos en el mundo.

Terry no llegó al Pacífico. Pero millones de personas continuaron su camino.

Y acaso esa sea una de las lecciones más conmovedoras que puede dejarnos una vida: no siempre podemos elegir hasta dónde llegaremos, pero sí podemos decidir por qué vale la pena dar el primer paso.

Porque hay metas que se alcanzan llegando al final. Y hay otras que comienzan a cumplirse cuando alguien, inspirado por nosotros, decide seguir adelante.

*Colaboración para En Provincia.

Fotografía: Archivo web.