BTS en La Plata: la música que convierte a miles de desconocidos en una comunidad

Por Mónica Lorena* –

Regalos que no se venden, solidaridad entre fanáticas, vecinos que abren sus casas y una multitud que encuentra en siete músicos surcoreanos algo más que canciones. Poder ver de cerca el fenómeno es ingresar directamente a la historia de BTS que se pudo palpar en las calles de La Plata.

Hay fenómenos que se comprenden escuchando música. Pero cuando esas melodías llegan a la ciudad que uno transita a diario, exigen que al mirar alrededor y prestar atención a aquello que sucede, permite descubrir lo que ocurre en muchas personas. Son las que elijen estar en un fenómeno inigualable. Porque la llegada de BTS a La Plata pertenece a esta categoría.

Antes de que miles de personas ingresaran al estadio, recorrí sus alrededores. Había una multitud, que hizo que todo comenzara a transformarse. Se advertía en los preparativos, en los grupos que se encontraban, en la ropa elegida para la ocasión y en esa expectativa que parecía flotar en el aire. Había hombres, aunque eran muchos menos que las mujeres; jóvenes y no tan jóvenes, personas disfrazadas, marineras, princesas, botas, tacos, medias y shorts. Cada una parecía llevar consigo una manera particular de expresar la misma emoción.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención no fue la estética, ni la magnitud de la convocatoria, ni siquiera la extraordinaria capacidad de un grupo musical para reunir a tantas personas. Fueron los pequeños gestos. Esos que, vistos de cerca, permiten descubrir que detrás de un recital puede existir algo bastante más profundo que el consumo de un espectáculo.

Los regalos que no tienen precio

En el universo de BTS, las fanáticas se reconocen como ARMY. Y entre las tradiciones de esa comunidad existe una que merece detenerse: los freebies, pequeños regalos que las propias seguidoras preparan para entregar o intercambiar con otras personas que concurren al recital.

Pueden ser pulseras, tarjetas, fotografías, calcomanías, llaveros u objetos elaborados artesanalmente. Algunos requieren horas de trabajo, otros una inversión de dinero y todos, de alguna manera, una cuota de imaginación. Pero lo más interesante es que no están concebidos necesariamente para venderse. Se preparan para regalar.

En una época en la que casi todo parece tener un precio, en la que las relaciones muchas veces se miden por su utilidad y en la que hasta el tiempo libre se convierte en una oportunidad de consumo, detenerse a confeccionar algo para entregárselo a una desconocida constituye un gesto que merece ser observado.

Quien regala no necesariamente espera recibir algo a cambio. Busca compartir una emoción, dejar un recuerdo, iniciar una conversación o decir, sin demasiadas palabras: yo también estoy acá por lo mismo que vos.

El objeto puede ser pequeño. El significado, no tanto.

Porque en ese intercambio se produce algo que la tecnología facilita, pero que ninguna pantalla puede garantizar por sí sola: el encuentro entre personas. Dos desconocidas pueden reconocerse en una canción, intercambiar un recuerdo y comenzar una amistad. La música funciona como contraseña; el regalo, como una forma de bienvenida.

BTS: siete músicos y un nombre que también habla de resistencia

BTS es una banda surcoreana integrada por RM, Jin, SUGA, j-hope, Jimin, V y Jung Kook. Debutó en 2013 y se convirtió en uno de los fenómenos musicales internacionales más importantes de su generación.

Pero su nombre encierra una historia interesante.

Originalmente, BTS corresponde a Bangtan Sonyeondan, una expresión coreana traducida habitualmente como «chicos a prueba de balas». La idea aludía a la voluntad de resistir las críticas, los estereotipos y las expectativas que pesan sobre los jóvenes. En 2017, el grupo incorporó también el significado Beyond the Scene, traducido como «más allá de la escena», asociado con la posibilidad de crecer, avanzar y abrirse camino hacia el futuro.

No se trata solamente de una marca reconocible en cualquier parte del planeta. Detrás de esas tres letras hay una identidad que dialoga con inquietudes juveniles, con la búsqueda de un lugar propio y con la necesidad de ser escuchado.

Sus integrantes también impulsaron iniciativas como LOVE MYSELF, vinculada con la prevención de la violencia y la promoción del amor propio, en colaboración con UNICEF. Esa dimensión social contribuyó a ampliar el vínculo entre la banda y sus seguidores, que en distintos lugares del mundo organizaron campañas solidarias y acciones colectivas inspiradas en sus mensajes.

Por supuesto, una banda también es una industria cultural, un espectáculo, una estrategia comercial y un negocio de dimensiones extraordinarias. Sería ingenuo desconocerlo. Pero reducir todo lo que ocurre alrededor de BTS a la venta de entradas, discos y productos oficiales sería ignorar una parte sustancial del fenómeno.

La pregunta no es solamente qué venden estos músicos. También es qué despiertan en quienes los escuchan.

ARMY: la fuerza de pertenecer

ARMY es el nombre que identifica a la comunidad de seguidores de BTS. La palabra inglesa significa «ejército», aunque también funciona como un acrónimo asociado con la expresión Adorable Representative M.C. for Youth.

En La Plata, esa identidad colectiva podía advertirse antes de que comenzara el espectáculo. Estaba en la indumentaria, en los preparativos, en las fotografías, en los encuentros y en la familiaridad con la que personas que nunca se habían visto compartían un mismo espacio.

Hay algo profundamente humano en esa necesidad de pertenecer. Todos buscamos, de una manera u otra, un lugar donde nuestras emociones sean comprendidas, donde aquello que nos entusiasma no tenga que ser explicado y donde podamos compartir una pasión sin sentirnos extraños.

Para muchas ARMY, BTS representa precisamente eso: un espacio de identificación, una comunidad que trasciende las fronteras y una posibilidad de construir vínculos con personas que hablan otros idiomas, viven en otros países o tienen historias muy diferentes.

No significa que todas las integrantes de esa comunidad sean iguales, ni que cada comportamiento responda a los mismos valores. Ningún colectivo es uniforme. Pero las prácticas de intercambio, los encuentros y las iniciativas solidarias permiten observar una dimensión del fenómeno que va mucho más allá de la admiración por siete artistas.

Y hay algo que merece ser destacado: la capacidad de transformar una preferencia musical individual en una experiencia compartida.

Una multitud sin necesidad de excesos

Durante mi recorrido previo al ingreso de las miles de fanáticas, hubo otro detalle que me llamó la atención. En los alrededores no advertí el protagonismo habitual que suele asociarse con el alcohol en algunas concentraciones masivas. Tampoco observé que el cigarrillo ocupara un lugar relevante.

No pretendo convertir una recorrida personal en una estadística ni afirmar que nadie bebiera o fumara. Sería exagerado. Pero la impresión que me dejó esa previa fue la de una convocatoria en la que la expectativa, la preparación y el encuentro parecían ocupar el centro de la escena.

La ropa, los disfraces y los accesorios eran parte de una celebración de la identidad. No había una única manera de presentarse: cada persona parecía encontrar su propio lenguaje para expresar el entusiasmo. Una marinera, una princesa, unas botas llamativas o una prenda elegida especialmente para la ocasión podían convertirse en parte de un ritual compartido.

En tiempos en los que tantas veces se habla de los jóvenes desde el prejuicio, como si sus consumos culturales fueran necesariamente superficiales o sus formas de expresión merecieran desconfianza, quizá convenga observar antes de juzgar.

No todo lo que apasiona a una generación tiene que ser comprendido de inmediato por las anteriores. Pero merece, al menos, la oportunidad de ser mirado con atención.

Cuando los vecinos también forman parte del recital

A pocas cuadras del estadio, la historia adquiría otra dimensión.

En las casas cercanas habían surgido espacios habilitados para que los asistentes pudieran utilizar un baño, comer algo, cargar el celular y resolver necesidades básicas de una jornada que puede extenderse durante muchas horas. Y entre los servicios más buscados estaba uno que, para quien no conoce las costumbres de estas comunidades, puede resultar curioso: el agua caliente.

No es un detalle menor. En la cultura de los recitales de K-pop, muchas personas llevan alimentos y bebidas que requieren preparación, y disponer de agua caliente puede resultarles especialmente útil.

Detrás de esos espacios hay vecinos que encontraron una oportunidad de ofrecer un servicio, obtener un ingreso o simplemente contribuir a que la jornada transcurra mejor. Hay organización doméstica, adaptación y una respuesta concreta a las necesidades de miles de visitantes.

La llegada de BTS, entonces, no ocurre únicamente dentro de un estadio. También se extiende por las veredas, los comercios, las viviendas y las pequeñas iniciativas que aparecen cuando una ciudad recibe una convocatoria extraordinaria.

La comunidad de seguidores lleva consigo sus costumbres; la ciudad aporta su infraestructura, su actividad comercial y la hospitalidad de quienes viven en los alrededores. En ese cruce se construye una experiencia que no pertenece exclusivamente a los músicos ni a quienes compraron una entrada.

También pertenece, en cierta medida, a La Plata.

Lo que queda cuando se apagan las luces

Sería exagerado afirmar que un recital puede resolver los problemas de una sociedad. La música no reemplaza las políticas públicas, los derechos, la educación ni las responsabilidades que tenemos unos con otros. Tampoco convierte automáticamente a una multitud en una comunidad solidaria.

Pero hay acontecimientos que permiten descubrir comportamientos que merecen ser valorados. Regalar algo sin esperar dinero, compartir información, ayudar a otra persona, organizarse para vivir una experiencia común o abrir un espacio de servicio para quienes llegan de lejos son acciones pequeñas que, reunidas, pueden adquirir un significado mayor.

Quizá allí resida una parte de la explicación del fenómeno BTS. No solamente en la calidad de sus interpretaciones, en sus coreografías, en su popularidad global o en la maquinaria que acompaña a una estrella internacional. También en la posibilidad de que millones de personas encuentren en esa música una razón para reunirse, reconocerse y construir sus propias experiencias.

Hoy, antes de que las luces iluminaran el escenario, La Plata ya estaba contando esa historia.

La contaban las fanáticas que prepararon regalos para desconocidas. La contaban quienes eligieron vestirse como personajes de sus fantasías. La contaban los grupos que se encontraban y los vecinos que acondicionaron sus casas para recibir a los visitantes. La contaban quienes buscaban un baño, algo para comer, un enchufe o agua caliente para continuar la jornada.

Y la contaban, sobre todo, esos pequeños gestos que suelen pasar inadvertidos cuando solamente miramos hacia el escenario.

Tal vez la lección no sea que BTS ha conseguido reunir a miles de personas. Eso, por extraordinario que resulte, pertenece al terreno del espectáculo.

La pregunta más interesante es qué hacen esas personas con la emoción que las reúne.

Si una canción las invita a compartir, si una pulsera se convierte en un puente entre desconocidas, si una comunidad puede organizarse para cuidarse y si una ciudad encuentra la manera de recibirlas, entonces la música habrá conseguido algo que excede largamente sus propios acordes.

Porque un recital dura unas horas. Una emoción puede acompañarnos durante años. Y los valores que descubrimos en medio de una multitud pueden permanecer mucho después de que el último sonido abandone el estadio.

Quizá por eso, al recorrer los alrededores antes de que llegara la multitud, la historia de BTS me pareció mucho más grande que un concierto.

La verdadera dimensión de un fenómeno cultural no siempre se mide por la cantidad de personas que entran a un estadio. A veces se descubre afuera, en la calle, cuando todavía no empezó la música y ya hay miles de pequeñas historias esperando encontrarse.

*Colaboración para En Provincia.

Fotografías: En Provincia – Archivo web.