Por Dr. Luis Sujatovich* –
Cada plataforma define cómo circula la interacción: dónde comentar, qué mostrar, cómo reaccionar, qué partes de la vida vuelven visibles y cuáles quedan relegadas. La interfaz no es solo una herramienta. Organiza de antemano qué acciones resultan posibles, reconocibles y socialmente válidas.
Esa organización tiene una consecuencia concreta: el perfil funciona como un álbum de figuritas. El álbum viene impreso. Tiene casilleros previstos, espacios jerarquizados y formas aceptables de completarlo. Nosotros apenas ocupamos esos lugares. Incluso lo que parece espontáneo —una selfie improvisada, una opinión impulsiva, una reacción íntima— aparece contenido dentro de un formato previo.
Durante mucho tiempo, la vida social exigía aprender códigos ambiguos: cuándo hablar, cómo presentarse, qué silencios sostener, cómo interpretar al otro. Había ensayo, incertidumbre y negociación. La interfaz reduce buena parte de esa complejidad porque incorpora muchas normas directamente en el diseño. Reaccionar, deslizar, compartir, seguir: la interacción ya viene organizada como una secuencia de operaciones previstas.
Buscar al otro
Buscar a alguien en internet se parece menos a encontrar una persona que a recorrer un perfil. Lo que aparece delante nuestro no es una subjetividad completa, sino una versión traducida al diseño de la plataforma: foto, biografía breve, publicaciones, rastros visibles. La profundidad no desaparece, pero deja de ser necesaria para circular socialmente.
No es que confundamos a la persona con su perfil de manera ingenua. Más bien, tendemos a no distinguir demasiado entre ambas cosas: el otro se experimenta, ante todo, como su versión visible. Y nosotros también terminamos administrándonos como una identidad breve, reconocible y permanentemente actualizada.
Las plataformas no solo organizan vínculos. También producen formas específicas de reconocimiento. Algunas identidades circulan mejor que otras. Algunas experiencias encuentran rápido un casillero visible; otras quedan fuera del encuadre, como si resultaran difíciles de procesar.
Lo que no entra en el formato
Hay emociones, vínculos y procesos que no encajan en formatos rápidos, visibles y reaccionables: silencios largos, contradicciones, transformaciones lentas, conversaciones sin rendimiento inmediato, intimidades que no producen contenido. Nada de eso está prohibido. Pero circula peor.
La interfaz no elimina esas experiencias; las vuelve más difíciles de expresar socialmente. Lo que no se traduce al formato pierde visibilidad, reconocimiento y centralidad cultural. Comunicar ya no es solo expresar algo, sino también volverlo compatible con una lógica de circulación.
Algo similar pasa con la realidad pública. Los hechos parecen existir socialmente recién cuando encuentran una forma compartible: una imagen, un recorte, una publicación breve que pueda circular rápido. Lo que queda fuera de esa lógica no desaparece, pero se vuelve cada vez más residual.
La grilla
La interfaz organiza qué se ve, qué perdura, qué experiencias logran reconocimiento. Lo inquietante no es solo la limitación. Es la naturalidad con que aceptamos el formato. Aprendimos a mostrarnos, a interpretar a los demás y a comunicar lo que vivimos dentro de categorías ya diseñadas.
La grilla ya no se siente como algo externo. Habitamos sus casilleros hasta olvidar que alguien los dibujó.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA Gemini.