Kafka y sus epígonos

Por Elvira Yorio* –

Borges admiró a Kafka y escribió sobre sus “precursores”, mencionando a Zenón, Kierkegaard, Browning…y también lo describió como devoto de Flaubert, Goethe, Swift… Destacó determinadas características de la obra del escritor: una persistente subordinación a la que se ven sometidos sus personajes, y la infinita postergación de los objetivos tenazmente perseguidos por ellos, que lidian con innumerables obstáculos y situaciones intolerables que deben sortear una y otra vez. Algún crítico dijo que a Franz Kafka se le puede reconocer como al escritor que mejor reflejó las ansiedades del ser humano del siglo XX. Lo cierto es que, desde un acendrado surrealismo, proyectó su influencia sobre muchos autores: Camús, Sartre, Samuel Beckett, Ionesco, Jean Genet, García Márquez, César Aira, Haruki Murakami y también puede encontrarse su impronta en John Cheever, Samanta Schweblin, Agustina Bazterrica, Augusto Monterroso y otros muchos autores. Cada uno desde su particular perspectiva, aborda el problema de la soledad entre la gente, la alienación, la recurrencia de lo irracional en las relaciones humanas, rompimiento de la lógica cotidiana, la visión o concepción pesimista de los vínculos familiares, desvalorización de los sentimientos, la falta de proyectos vitales con un sentido valioso, cuestionamiento de las estructuras del poder etc. Creo que es lícito afirmar que Kafka tuvo seguidores y continúa reclutando adeptos. Desde hace décadas se ha utilizado su apellido para adjetivar situaciones absurdas, angustiosas, siniestras. Figura incluso en el diccionario de la Real Academia, “kafkiano: dicho de una situación absurda, angustiosa.”

Este posicionamiento de la literatura marca y subraya cada vez con mayor énfasis, la angustia existencial, un tránsito por la pesadilla, un laberinto irresuelto, la realidad farragosa u hostil, los tormentos persistentes de los individuos, el desamparo de los niños, en síntesis: una vida privada de sentido. Cabe preguntarse… si la reiteración de esos acontecimientos traumáticos y aparentemente insolubles, que experimentan los protagonistas de las historias, y en alguna medida los lectores, tienen efecto benéfico. Trasmiten un pesimismo irredimible.

Nada más apropiado que recordar las reflexiones de John Champlin Gardner (1933-1982) a propósito de un posible debate sobre la literatura. Este autor, que fuera maestro de Raymond Carver, bregaba por una vuelta al compromiso literario y moral. Como docente en literatura enseñaba que más que decir había que “mostrar”. ¡Mostrar versus decir! Era su slogan. Citaba en sus clases a Shakespeare cuando aconsejaba que se debe escribir de modo de que los lectores comprendan, se hagan cargo del dolor ajeno y pesen el efecto que podría causar lo que están leyendo.  En 1978 en “Sobre la ficción moral”, criticó a Pynchon, Barthelme y otros, a quienes achacaba comerciar con su profesión, puesto que subestimaban al lector al hacer uso de la ironía como un fin en sí misma. Afirmaba en esa obra “La verdadera moralidad del arte no es predicar, sino afirmar valores a través de la experiencia vivida en la ficción. Si tu obra no te obliga a ser mejor, es decoración.” Por ejemplo, cita autores que no juzgan con un sermón, sino describiendo una situación que presentan para que lo haga el lector.

 El compromiso más importante que tiene el artista, es con el arte: escribir como un ejercicio de la imaginación, de expresión y de comunicación a través de la literatura. Desde luego hay exigencias éticas y estéticas que corren por andariveles diferentes de lo que pueda considerarse “moda” o simplemente tendencia, pero son cuestiones que a menudo suelen imponerse.  Algunos cuentos de reconocidos best-sellers actuales, describen posibilidades monstruosas e impensadas de cuestiones conocidas, cercanas, a menudo familiares o cotidianas.  Muy bien descriptas, por cierto.  Sobreviene el estupor, la incomodidad, el asco, el estremecimiento…  ¡Bravo!  Eso es suscitar tensión narrativa. Y entonces… el lector debe realizar a su vez, un trabajo de creación y de ensamble, para arribar a algún tipo de comprensión del texto. Claro está que puede haber muchas interpretaciones y seguramente se ignorará cual sea la correcta, o al menos la que el autor quiso trasmitir. Aunque, en algún caso, quedará la duda sobre si realmente el propósito del autor fue trasmitir algo.         

*Colaboración para En Provincia.                       

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