Nadie quiere ser el adulto

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

Las últimas décadas del siglo XX consolidaron una desvalorización de la vejez. El culto a la juventud, la novedad y el consumo convirtió al adulto mayor en una figura incómoda. Envejecer dejó de ser una etapa asociada al prestigio para transformarse en un problema estético, productivo y simbólico.

Ese proceso no se detuvo allí. En el siglo XXI el corrimiento parece aún más profundo: ya no solo incomoda ser viejo, también resulta incómodo ser adulto. No se rechaza una edad, sino una posición frente a la vida. La adultez supone límites, responsabilidad, coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, capacidad de sostener compromisos y de reconocer que el otro existe como una demanda concreta. Ser adulto implica aceptar que no todo deseo merece realizarse.

El eclipse de la autoridad

La cultura contemporánea parece premiar lo espontáneo, lo divertido y la ligereza. Son formas amables de nombrar una cierta resistencia a la responsabilidad. La adultez, en cambio, suele quedar asociada al tedio, la rigidez o la pérdida de libertad. Esa dificultad también alcanza a la autoridad: no como autoritarismo, sino como la capacidad de sostener límites, cuidar a otros y actuar con coherencia. Nadie quiere ocupar ese lugar, aunque todos esperen que alguien lo haga.

El desplazamiento del cuidado

La paradoja es que esos valores no desaparecieron del discurso: se desplazaron. La responsabilidad, la coherencia y el cuidado siguen siendo exigencias centrales, pero ahora se reclaman hacia afuera. Se les pide a los Estados, a las empresas y a las instituciones. El discurso ecológico ofrece un ejemplo evidente: responsabilidad intergeneracional, límites al consumo, cuidado del entorno.

Algo similar ocurre con la salud mental, la alimentación o el bienestar. Muchas veces el cuidado se vuelve una práctica cerrada sobre uno mismo: controlar el cuerpo, optimizar hábitos, administrar emociones, mejorar el rendimiento personal. No hay nada objetable en ello, salvo cuando esa lógica termina reduciendo la responsabilidad a una gestión privada del bienestar. Uno se cuida mucho, pero no necesariamente cuida a nadie.

La adultez externalizada

Ser adulto no consiste solamente en administrarse bien a uno mismo, sino en aceptar que el otro interrumpe el propio deseo. Un hijo, un padre envejecido, una pareja o una comunidad exigen una forma de responsabilidad que no siempre resulta agradable.

Tal vez la verdadera trampa no sea no saber hacernos cargo, sino haber descubierto que señalar la irresponsabilidad ajena resulta más confortable que asumir la propia. La queja funciona como un espejismo de madurez crítica. La adolescencia es la edad del diagnóstico sin obra: se reconoce el error con lucidez, pero no se acepta el esfuerzo de transformarlo. Hemos convertido la indignación en una forma de descanso. Y esa es, precisamente, la adultez que no queremos habitar.

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.

Imagen: IA.