Por Dr. Luis Sujatovich* –
La incorporación de los consumos culturales al aula suele presentarse como un signo de apertura hacia la experiencia de los estudiantes. Memes, videojuegos, series, canciones o contenidos de redes ingresan en propuestas que buscan reconocer prácticas antes ignoradas por la cultura escolar. Ese movimiento puede ser valioso. Pero deja pendiente una pregunta: ¿todo aquello que forma parte de la experiencia de los estudiantes debe convertirse en materia educativa?
Reconocer no es incorporar
Durante mucho tiempo, la distancia entre cultura escolar y cultura cotidiana fue señalada como una dificultad. Reconocer los consumos culturales permitió discutir esa separación y prestar atención a experiencias consideradas menores o exteriores.
Pero de ese reconocimiento puede desprenderse otra pretensión: que todo lo significativo para los estudiantes debería adquirir presencia pedagógica. Ahí aparece una diferencia importante. Reconocer no obliga a incorporar. Que ciertas prácticas formen parte de la experiencia estudiantil tampoco supone transformarlas en actividades, contenidos o estrategias de enseñanza.
La escolarización total
Hay una confianza pedagógica persistente en que cualquier experiencia puede producir aprendizaje si se la organiza adecuadamente. Bajo esa lógica, casi nada quedaría fuera. El problema no está en encontrar posibilidades educativas en esas prácticas, sino en imaginar que su valor depende de convertirse en aprendizaje.
La escolarización total comienza allí: cuando la educación deja de reconocer límites y supone que toda experiencia puede ser capturada y orientada hacia una finalidad pedagógica. Ya no se trata de ampliar aquello que merece ser pensado, sino de extender la intervención educativa sobre zonas de la vida que no necesariamente la requieren.
La opacidad como límite
Podríamos llamar opacidad a aquello que una experiencia conserva cuando no necesita hacerse completamente inteligible para la escuela.
No se trata de misterio ni de desconocimiento. La opacidad señala que una parte de esas experiencias puede permanecer fuera de la explicación, la intervención y la exigencia de producir rendimiento educativo. Los estudiantes construyen sentidos que no necesitan ser conocidos por completo por sus docentes. Comparten códigos, gustos, referencias y formas de pertenencia significativas precisamente porque no están sometidas a una mirada pedagógica permanente. Aceptar esa zona de opacidad supone admitir que la educación no pierde autoridad cuando renuncia a intervenir.
La alteridad también exige distancia
La pretensión de conocer completamente al estudiante suele presentarse como cercanía. Saber qué mira, qué escucha, qué juega, qué plataformas utiliza. Pero interesarse por la experiencia del otro no significa que deba estar enteramente disponible. La alteridad comienza donde el otro no puede reducirse a nuestras categorías. Innovar no debería significar ampliar indefinidamente las fronteras de la escuela hasta hacer coincidir educación y vida. Tal vez el desafío sea otro: reconocer las experiencias culturales de los estudiantes sin considerar que por ello nos pertenecen. Porque una educación que busca complementarse con la cultura contemporánea también debe reconocer que hay experiencias cuyo sentido se construye en una zona que la escolarización nunca puede ocupar por completo.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA Gemini.