Por Dr. Luis Sujatovich* –
La innovación educativa goza de un consenso extraño: casi nadie la rechaza, aunque cada actor espera algo diferente. Algunos docentes buscan transformar la relación con el conocimiento. Las autoridades suelen asociarla con la calidad y los resultados. Los estudiantes, en cambio, esperan saber qué deben hacer, cómo serán evaluados y qué deben cumplir para aprobar. La misma palabra reúne aspiraciones que no siempre pueden convivir.
Antes de cambiar, hay que aclarar
Las discusiones se concentran en las herramientas y las metodologías. Se debate cómo innovar antes de esclarecer qué entiende cada actor por enseñar, aprender y participar. Tampoco se pregunta qué desea conservar, qué modificaría ni cuánto esfuerzo asumirá.
Esa conversación resulta incómoda porque obliga a reconocer que todos protegemos algo del modelo conocido. Las autoridades necesitan previsibilidad. Los estudiantes encuentran seguridad en reglas que permiten anticipar lo que ocurrirá. Los docentes pueden reclamar mayor participación sin advertir que eso modificará su autoridad y aumentará su trabajo.
No hace falta alcanzar un acuerdo absoluto, pero sí volver visibles las diferencias. De lo contrario, la innovación seguirá siendo la aspiración de unos que otros deberán ejecutar.
Nadie puede innovar por los demás
La iniciativa puede surgir de un docente, pero no realizarse sin los estudiantes. Esto no significa que lleguen al aula deseando cambiar. También fueron formados por una organización que les enseñó a recibir consignas, completar tareas y responder evaluaciones previsibles. Participar, decidir y asumir responsabilidades puede resultar más exigente que obedecer.
Una innovación que los estudiantes solo ejecutan continúa perteneciendo al modelo que pretende transformar. Pero ofrecerles otro lugar tampoco garantiza que quieran ocuparlo. La autonomía, el saber y la capacidad crítica no se adquieren mediante la expectación, aunque sea atenta. Exigen leer, argumentar, revisar, producir y responder por las propias decisiones.
Los discursos más disruptivos suelen ocultar ese esfuerzo. Hacer las cosas de otra manera obliga a sostener lo todavía necesario mientras se construye algo que aún no funciona. La innovación se anuncia por sus promesas, pero casi nunca por el costo de la transición.
La calidad de que nada cambie
La contradicción aparece cuando se exige innovación y se la juzga con los criterios del modelo anterior. Se promueve la participación, pero se miden resultados individuales. Se reclama autonomía docente, aunque se conservan procedimientos uniformes. Se propone transformar la enseñanza, pero se espera que todo mejore desde el primer intento.
El problema no es evaluar, sino suponer que la calidad posee una definición indiscutible. Si cambian los propósitos, las relaciones y las responsabilidades, también deben revisarse los criterios para reconocer una transformación valiosa.
Ninguna práctica es innovadora para siempre. Aquello que una vez abrió posibilidades puede convertirse en rutina. La innovación no consiste en descubrir una fórmula para la educación futura, sino en revisar el acuerdo que organiza la educación presente: quién habla, quién decide, quién se esfuerza y quién responde por los resultados. La innovación solo puede realizarse cuando deja de ser una exigencia que cada actor dirige a los demás.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA Gemini.