Hemingway sobrevive a todas las guerras

Por Elvira Yorio* –

Ernest Hemingway es uno de esos escritores a los que nunca abandonamos, que siempre sentimos cerca. Nació en 1899, como nuestro Borges, y murió en 1961, por propia decisión. Entre esos dos extremos cruciales…pasaron muchas cosas…  No soy demasiado afecta a las biografías, con su retahíla de detalles y circunstancias particulares de cada uno, aunque en este caso haya tanto para decir. Resulta más atractiva la referencia a su obra. Es evidente que la escritura que dejó Hemingway no es algo superficial, sino que cala hondo en los caracteres que distinguen a los seres humanos. Su mirada analiza la realidad en forma tan incisiva y precisa, que conmueve al lector. Desde luego, a poco que se investiguen sus obras, es fácil comprobar que todas contienen fragmentos de su vida misma. De allí, que sea tan impactante su realismo. Fue periodista, un buen periodista, pero… no le gustó nunca la dependencia laboral. En 1924 rompió con el Kansas City Star, aunque después ejercería el periodismo freelance. Pero, prevaleció en él su vocación literaria, lo que equivale a decir: la exteriorización de su fuego interior. En ocasión de agradecer el Nobel en 1954, hizo alusión a ese noble oficio literario a través de parcos conceptos:

“El escribir, en el mejor de los casos, es una vida solitaria. Las organizaciones pro escritores palian la soledad del escritor, pero dudo que mejoren su tarea… realiza su trabajo en solitario y, si es un escritor lo bastante bueno, debe hacer frente a la eternidad, o a la falta de ella, cada día. Para un auténtico escritor, cada libro debería ser un nuevo comienzo en el que intentar de nuevo algo que está más allá del alcance. Siempre debería buscar algo que no se ha hecho nunca o que otros han intentado y han fracasado en el intento…hemos tenido tan buenos escritores en el pasado, que el escritor se ve llevado mucho más allá de donde puede ir, a un nivel en el que nadie puede ayudarle.”        

 Cada libro suyo, por cierto, que constituyó ese “nuevo principio”, esa creación a la que se refirió. Espero que estén de acuerdo con la propuesta de hoy: recordar algunas de las obras más representativas de su peculiar registro y estilo, porque, si bien la literatura siempre o casi siempre, está referida a los mismos hechos: nacimientos, muertes, amistades, lealtades, traiciones, amores, odios, heroísmos y cobardías…la cuestión es cómo nos trasmiten todo eso. Él lo hizo con singular maestría.           

Este año se cumplen cien años de “Fiesta” que -como se comentara en el diario” El país” de España- es un clásico que continúa cautivando a los lectores del mundo. “Fiesta” (1926), aquella novela cuya acción comienza en París, pero transcurre y culmina en España, durante la celebración de San Fermín. La fiesta taurina que se integra con música, canto y baile, todos los siete de julio, desde tiempo inmemorial y, durante una semana, cambia la fisonomía de Pamplona. Esos días, miles de personas, en busca de sensaciones extremas de peligro, deciden celebrar la vida y la muerte, corriendo más de ocho cuadras hacia la plaza, perseguidas por fornidos toros. En ese escenario tan peculiar, Hemingway desarrolla una historia paralela, de seres empeñados en la búsqueda de un sentido para sus vidas disipadas, presos en situaciones frívolas, en la que describe una pugna permanente entre valores auténticos y sentimientos subalternos. Todos los personajes son reconocibles. El propio escritor, su esposa, el torero Ordóñez… Así es la descripción:

“La fiesta había empezado de veras, y durante siete días no paró, ni de día, ni de noche. No se paraba de bailar, ni de beber, el barullo era constante. Ocurrieron cosas que solo podían haber ocurrido durante una fiesta. Al final, todo se volvió irreal: parecía como si nada pudiera tener consecuencias, como si pensar en consecuencias durante la fiesta estuviera fuera de lugar. Uno experimentaba siempre, incluso en los momentos de calma, la sensación de que tenía que gritar para que se oyeran sus palabras. Y lo mismo ocurría con cualquier otra cosa que se hiciera. Fue una fiesta que duró siete días. “ 

Según Burgess, Hemingway escribió la novela por una necesidad de catarsis: sacar fuera un amasijo de emociones: culpa, vanidad, iracundia… acumuladas en París y exteriorizadas, de algún modo, en esa fiesta taurina y su “ritual regenerativo y purificante de la corrida”. Tal vez sea exacta la afirmación de que, ese escrito es la crónica de la “generación perdida”, como se llamara al grupo de artistas que se nucleó en París en los años 20, y al cual ya nos referiremos más adelante, cuando hablemos de “Paris era una fiesta”, publicada póstumamente. En alguno de los diálogos parece que los reproches que contienen, van dirigidos a sí mismo, por ejemplo: “¿Sabes qué eres? Un expatriado ¿Por qué no vives en Nueva York? Está bien. El café es bueno para ti, contiene cafeína. Cafeína hace subir a un hombre a un caballo y bajar a una mujer a la tumba. ¿Sabes cuál es tu problema? Eres un expatriado. Y de la peor especie. ¿No has oído hablar de eso? Nadie que haya abandonado su país ha escrito jamás algo digno de imprimirse, ni siquiera en los periódicos. Eres un expatriado. Has perdido contacto con la tierra. Te has puesto preciosista. Los engañosos esquemas de vida europea te han destruido. Bebes hasta caer muerto. Te obsesionas por el sexo. Pierdes todo el tiempo en lugar de trabajar. ¿Te das cuenta?  Eres un expatriado.”   Describe la soledad de un hombre entre la gente, que desea fervientemente demostrar alguna clase de heroísmo, pese a sentirse afectado ante el fracaso profesional y la proximidad de la muerte. No obstante, lo cual, persiste en su espíritu de lucha, y resiste, sin darse por vencido.  Estos tópicos son una constante en sus obras.   

 Si se considera que Hemingway fue corresponsal de guerra y que incluso, participó en algunas, se explica que haya volcado tan aterradoras vivencias en sus obras. Algunos biógrafos lo han catalogado como ”novelista bélico”. Por su parte, fue un gran admirador de Tolstoi, a quien aseguró que no podría alcanzar nunca, calificando a “La guerra y la paz” como “la mejor novela del mundo”. Cuando se encontraba en Italia, Piave, (1918), como chofer de ambulancia, y luego a cargo de una cantina, cerca de las trincheras, se codeaba con el peligro, y fue herido seriamente. Internado en un hospital de Milán, sometido a varias operaciones, se enamoró de su enfermera. Este romance no prosperó, pero años después sería el nudo argumental de la novela “Adiós a las armas” (1929), en la que también incorporó como parte de la trama, el difícil parto que sufriera su segunda esposa. Está claro cómo llevó siempre a la página sus experiencias vitales. Las reflexiones del protagonista podrían ser las suyas propias: “Cuando los individuos se encuentran con el mundo con tanto valor, el mundo solo los puede doblegar matándolos. Y, naturalmente, los mata. El mundo quiebra a los individuos…Mata indistintamente a los muy buenos, y a los muy dulces, y a los muy valientes. Si usted no se encuentra entre éstos, también lo matará, pero tardará más tiempo.” Un sarcasmo muy similar al que Shakespeare pone en boca de uno de sus personajes de ”La Tempestad”: “Como las moscas para los mozos holgazanes, somos nosotros para los dioses: nos matan por puro entretenimiento.”

El soldado de su ficción, comparte su vida en el frente con dos individuos totalmente diferentes. Rinaldi, un hedonista sin demasiados principios, y con un capellán de sinceras convicciones religiosas.  Pero… no alcanza a asimilar tales posturas antagónicas, en medio de esa guerra absurda. En un tramo del relato, el personaje cuestiona el dogmatismo que suele imponerse a las masas: “Me callé. Siempre me han confundido las palabras: sagrado, glorioso, sacrificio y la expresión ´en vano´. La habíamos oído de pie, a veces, bajo la lluvia, casi más allá del alcance del oído, cuando solo nos llegaban las palabras gritadas. Las habíamos leído en las proclamas, pegadas sobre otras proclamas. No había visto nada sagrado, y lo que llamaban glorioso no tenía gloria y los sacrificios recordaban los mataderos de Chicago, con la diferencia de que la carne solo servía para ser enterrada. Había muchas palabras que no se podían tolerar …las palabras abstractas como gloria, honor, valentía o santidad eran indecentes, comparadas con los nombres concretos de los pueblos…” en esa misma obra, ya cercano el trágico desenlace, es estremecedor el monólogo del protagonista ante la posibilidad de la muerte de su amada: “Ahora moriría Catherine. Siempre ocurre así. Se muere. No se sabe nada. Te enseñan las reglas y, a la primera falta, te matan. O te matan sin motivo… como a Aymo. O bien atrapas la sífilis, como Rinaldi. Pero siempre acaban matándote. Con esto hay que contar. Un poco de paciencia y te llegará el turno.” Luego, esa intuición va tomando forma en la descripción descarnada de los acontecimientos que culminan en un desenlace previsible, y viene el final parco, despojado, un vacío voluntario para que el lector imagine el estado de ánimo del hombre :   “…después de cerrar la puerta y apagar la luz, comprendí que todo era inútil. Era como si me despidiera de una estatua. Transcurrió un momento, salí y abandoné el hospital. Y volví al hotel bajo la lluvia.” ¿Qué piensa, qué siente? El hombre que desertara de la guerra y dijera adiós a las armas, se resiste a despedirse del amor, porque si nos detenemos en simbolismo que encierra el título: arms, se traduce en armas, pero también significa brazos. Según Carlos Pujol, “Adiós a las armas” es la obra maestra de Hemingway. Cabe señalar que su publicación suscitó mucha polémica, tanto en Estados Unidos como en Europa, donde fue objeto de censura por Mussolini y prohibida su venta en Italia.  

La guerra civil española también tendría cabida en sus escritos. Por ejemplo, un cuento breve “El anciano del puente” es una pequeña joya en forma de diálogo, entre un soldado y un modesto habitante de la región del Ebro, al que la guerra le ha arrebatado todo y después de un largo peregrinar, desesperanzado, se detiene, dispuesto a entregarse mansamente a la muerte. El soldado intenta advertir al anciano del peligro y trata de convencerlo para que continúe su camino. El hombre, es indiferente al triunfo o a la derrota, está ajeno a cualquier interés que pudiera estar en juego, solo parece interesarle el destino de los animalitos que dejó en su huida. El ineluctable porvenir se condensa en la frase: “No había nada que hacer con él. Era domingo de resurrección y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y nublado, y el cielo bajo impedía la acción de los aviones. Eso y el hecho de que los gatos supieran cuidarse, representaba toda la buena suerte que podía esperar el anciano.”         

“Por quién doblan las campanas” es un crudo relato sobre la guerra civil española. El título es el que John Donne, el poeta metafísico inglés, dio a uno de sus bellos poemas allá por 1624. Se transcribe pues de ese texto surgen algunos datos que vertebran la novela: “Nadie es una isla completa en sí misma; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, tanto como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad, y, por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti. ”De algún modo Hemingway se hermana con el pensamiento de Donne: un hombre es todos los hombres. A partir de esa premisa, desarrolla una historia que constituye un pacto entre el sexo y la muerte; un alegato contra la violencia; una toma de conciencia que, ante la proximidad de la muerte, procura salvar la dignidad humana. Es el relato de tres días singularmente intensos. El protagonista, Robert Jordan, es un profesor americano, especialista en explosivos, que va cumplir una misión junto a guerrilleros españoles: dinamitar un puente, en Guadarrama, para evitar el paso de la fuerza enemiga. La novela empieza y termina con una escena bucólica: Jordan, tirado, sobre la tierra. “Estaba tumbado boca abajo, sobre una capa de agujas de pino de color castaño, con la barbilla apoyada en los brazos cruzados, mientras el viento, en lo alto, zumbaba entre las copas. El flanco de la montaña hacía un suave declive por aquella parte, pero más abajo se convertía en escarpada, de modo que desde donde se hallaba tumbado, podía ver la cinta oscura de la carretera…”   Y más adelante, cuando trata de animarse para volar el puente: “Piensa en los que se han ido. Piensa en ellos atravesando el bosque. Piensa en ellos cruzando un arroyo. Piensa en ellos a caballo entre los brezos. Piensa en ellos subiendo la cuesta. Piensa en ellos acogiéndose a seguro esta noche. Piensa en ellos acogiéndose mañana. Piensa en ellos. ¡Maldita sea! Piensa   en ellos. Y eso es todo lo que puedo pensar acerca de ellos…” Y el párrafo final: “Robert Jordan estaba de bruces, detrás de un árbol, esforzándose porque sus manos no le temblaran. Esperó a que el oficial llegara al lugar alumbrado por el sol, en que los primeros pinos del bosque llegaban a la ladera cubierta de hierba: podía sentir los latidos de su corazón golpeando contra el suelo, cubierto de agujas de pino.”  Entre esas dos escenas, de absoluta simplicidad, surge pujante, en contraposición, la complejidad de las acciones, pensamientos y sentimientos de los personajes, que se entretejen en el relato. Más allá de esa intuida presencia de la muerte, y su permanente acechanza, el amor y el sexo cobran especial significación. Jordan conoce a María, se enamoran, y ambos encuentran un nuevo sentido a sus vidas. De ese libro magnífico, dijo Anthony Burgess que contiene los dos caracteres de mujer mejor descriptos por el escritor (María y Pilar), y además, lo calificó como arte: “Por quién doblan las campanas,” no es propaganda, sino arte, y, como todo arte, promueve un apego complejo, incluso ambivalente hacia su tema. El libro enseñó a miles a amar u odiar a España, pero no los podía dejar indiferentes hacia el país, sus gentes, su historia, su suerte.” El monólogo íntimo del protagonista, desnuda sus dudas, sus temores: “La gente buena, si se piensa un poco en ello, ha sido siempre gente alegre. Era mejor mostrarse alegre, y ello era una buena señal. Algo así como hacerse inmortal mientras uno esté vivo todavía. Es una idea un poco complicada. Lo malo es que ya no quedan con vida muchos de buen humor. Quedan condenadamente pocos. Y si sigues pensando así, muchacho, cambia de disco, camarada. Ahora eres tú el que va a volar el puente. Un dinamitero, no un pensador.” Su prosa, a través de un estilo peculiar, ostentó precisión y una personal elegancia muy alejada de la retórica imperante en el siglo XIX. Burgess la define a la perfección: “La eficacia de la literatura de Hemingway procede de la superación continua de las opciones contrapuestas en las que se encuentra el individuo en solitario a través de una escritura que no adjetiva, es decir, que no prejuzga comportamientos, sino que se esfuerza en describirlos con la máxima objetividad.” En efecto, momentos extremos que vive el protagonista, son descriptos magistralmente, parecen evocar el “carpe diem” de Horacio: “Nunca hubiera creído que podía sentir lo que he sentido- pensó- ni que pudiera ocurrirme esto. Querría que me durase toda la vida. Ya lo tendrás, dijo su otro yo. Ya lo tendrás. Lo tienes ahora y ese ahora… es toda la vida. No existe nada más que el momento presente. No existen ni el ayer, ni el mañana. ¿A qué edad tendrás que llegar para comprenderlo? No cuentas más que con dos días. Bueno, dos días es toda tu vida, y todo lo que pase estará en proporción. Esa es la manera de vivir toda una vida en dos días. Y si dejas de lamentarte y de pedir lo imposible, será una vida buena. Una vida buena no se mide con edades bíblicas. De manera que no te inquietes, acepta lo que se te da, haz tu trabajo.”

“Muerte en la tarde” es algo así como un ensayo sobre las corridas de toros, útil para quienes desearen conocer detalles acerca de este arte, todo lo cual se halla matizado por agudas reflexiones del autor sobre las metáforas que permite construir ese ritual.

¡Qué vida plagada de aventuras la de Hemingway! Una búsqueda permanente de emociones extremas ignorando el peligro, o al revés, persiguiéndolo. ¿Deportes? Los más rigurosos: la fuerza del rugby, la violencia del boxeo, o el riesgo del esquí o la incertidumbre de la pesca de altura, o la inquietante caza mayor… ¿Actividades? Igualmente, expuestas: corresponsal de guerra, o partícipe de fiestas populares como las de Pamplona o las corridas de toros. Lejos, por cierto, de la serena contemplación que otras le pudieran deparar. Eso tuvo cabal reflejo en su obra.     

“Las nieves del Kilimanjaro” (1936) es un cuento largo, que narra aventuras inspiradas en su safari africano, y en la fascinación que el escritor sintió por ese continente. Allí llegó en 1932 y contrató como guía de la excursión de caza, a un avezado cazador, Percival, con el que tenía largas charlas. Precisamente, es quien le cuenta un episodio que le impresionó profundamente: el hallazgo del esqueleto de un leopardo en la cima de esa montaña, que, en su relato, simbolizará a un escritor tratando de alcanzar la gloria, frustrado por no haber sabido usar su talento. Esa narración describe descarnadamente la lucha del protagonista consigo mismo, en los momentos cruciales previos a la muerte. Sobrecogedor el monólogo, donde Harry Street (que de él se trata) dice: “…He destruido mi talento por no usarlo, por traicionarme a mí mismo y olvidar mis antiguas creencias y mi fe, por beber tanto que he embotado el límite de mis percepciones, por la pereza y por la holgazanería, por las ínfulas, el orgullo y los prejuicios y en fin…por tantas cosas buenas y malas … ¿Qué es mi talento al fin de cuentas? Era un talento bueno, pero, en vez de usarlo, he comerciado con él.”

Herido en la pierna, la gangrena avanza y está inmovilizado en un campamento. Su esposa lo acompaña y le prodiga cariñosos cuidados, pero él, por momentos, la trata con desprecio y resentimiento, si bien, asoma algún ocasional amago de disculpa. Como en otras de sus obras, se alternan diálogos, monólogos y expresiones de un narrador omnisciente: “Desde que empezó la gangrena en la pierna derecha, no había sentido ningún dolor y le desapareció también el miedo, de modo que lo único que sentía era un gran cansancio y la cólera que le provocaba el que esto fuera el fin. Tenía muy poca curiosidad por lo que ocurriera luego. Durante años le había obsesionado, sí, pero ahora no representaba esencialmente nada. Lo raro era la facilidad con que se soportaba la situación estando cansado.”

En “Tener y no tener”, la narración adquiere un sesgo sociológico y político. Expone una crítica de la sociedad, que llega a corromperse en pos de metas materiales. Se distingue esta novela, porque es la única cuya acción se desarrolla en Estados Unidos. Su héroe, o tal vez fuera más apropiado llamarlo antihéroe, es un ser humano rudo y contradictorio: decente, pero a la vez sin demasiados escrúpulos. En el cine, este solitario personaje tuvo una formidable interpretación de Humprey Bogart. Ese personaje que dice: “No tengo barco, ni dinero, no tuve educación…Todo lo que tengo son mis cojones para ofrecer…Un hombre solo no tiene una maldita jodida posibilidad.”  

Una obra maravillosa es, sin duda, “El viejo y el mar”. Acontecimiento real que alguien relatara a Hemingway muchos años antes de ser escrita. Su temática, está profundamente enraizada en el autor, dado que el padre, le enseñó a pescar siendo un niño. Siempre se dedicó a ese deporte y sobre todo durante su prolongada residencia en Cuba (Cayo Hueso). La historia trata de Santiago, un pobre pescador cubano, que emprende la aventura de capturar a un gran pez espada. Es un hombre simple, poseedor de esa sabiduría incontaminada, propia de los seres elementales, a quienes la vida no alcanzó a corromper. La obra es esencialmente un monólogo – diálogo, que el pescador entabla con el pez que mata, al cual profesa un confuso sentimiento, que se exterioriza muy  bien en el texto:  “ Ven y mátame…Me estás matando, pez -pensó el viejo- pero tienes derecho. Hermano, jamás en mi vida he visto cosa más grande, ni más hermosa, ni más tranquila, ni más noble que tú. Vamos, ven, mátame. No me importa quien mate a quién.”  Después de encarnizada lucha, logra vencer al pez, y emplea mucho tiempo en amarrarlo al bote. Preso de emociones encontradas, pasa de la euforia a la culpa y al remordimiento. Discurre consigo mismo, diciendo: “ No has matado el pez únicamente para vivir y para comer. Lo mataste por orgullo y porque eres pescador. Lo amabas cuando estaba vivo y lo amabas después. Si lo amas, no es pecado matarlo. ¿O será más que pecado? No lo entiendo y no estoy seguro de creer en el pecado. Quizás haya sido un pecado matar al pez. Supongo que sí, aunque lo hice para vivir y dar de comer a mucha gente. Pero entonces todo es pecado. No pienses en el pecado. Tu naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez. San Pablo era pescador…” Por momentos piensa que todo había sido un sueño… Pero concluye convenciéndose de que ocurrió: “Podía ver el pez y no tenía más que mirar sus manos y sentir el contacto de su espalda con la popa para saber que esto había sucedido realmente y que no era un sueño. Una vez, cuando se sentía mal, hacia el final de la pelea, había pensado que quizá fuera un sueño. Luego, cuando había visto saltar el pez en el agua y permanecer inmóvil contra el cielo, antes de caer, tuvo la seguridad de que era algo grandemente extraño y no podía creerlo”.  Se siente cansado, golpeado, magullado… Emprende el regreso perseguido por los tiburones que depredan a su presa y no le dan tregua. Finalmente…llega a puerto. Así como del leopardo de “Las Nieves del Kilimanjaro” solo quedó un esqueleto congelado, también en esta historia, del enorme pez solo podía imaginarse cómo había sido su tamaño, contemplando la blanca forma del espinazo, la cola aún orgullosamente levantada y la oscura cabeza. Vuelve con las pruebas de su misión, cumplida y frustrada. Santiago, el pescador, sigue convencido de que: “…el hombre no está hecho para la derrota, porque un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.”

Hemingway llegó a París a los veintidós años, como corresponsal del Toronto Star, con su flamante esposa colgada del brazo, y enormes expectativas de triunfar como escritor. Logra introducirse en el medio artístico, merced a tres cartas de presentación que le facilitara su amigo, el escritor Sherwood Anderson. Una, para Gertrude Stein, exiliada americana que nucleaba importantes figuras del quehacer artístico; otra para Silvie Beach, de la famosa librería “Shakespeare and co” y la restante, para el poeta Ezra Pound. Allí conoce a James Joyce, a Dos Passos, a Scott Fitzgerald…son los años veinte, de   bohemia y descubrimientos, y también del comienzo de la literatura profesional. La Stein no solo le proporcionó buenos consejos literarios, sino que fomentó su pasión por la pintura, a punto tal que-endeudándose-llegó a adquirir “La Masía”, cuadro de Miró. La librería “Shakespeare and co” fue para Hemingway un oasis donde abrevó su sed de leer. Conoce así a lo más granado de la literatura rusa: Turgueniev, Gogol, Chejov, Tolstoi, Dostoievski… De todas esas intensas vivencias, toma apuntes, y estas impresiones de esa definitoria y vibrante época de su vida, con la descripción de personas que marcarían en forma indeleble esa etapa, quedan durante veintiocho años  dentro de dos enormes maletas arrumbadas en los sótanos del hotel Ritz. Cuando los recupera, se dispone a escribir “París era una fiesta”. Sin embargo, su publicación se produjo después de su muerte. “París era una fiesta”, no es propiamente una novela, sino las memorias de un período de su juventud, que permanecieron palpitando en su interior a lo largo de toda su existencia. Por eso, se la considera como una autobiografía parcial. Como lo afirmara en alguna ocasión: “Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.” A ese grupo de artistas: al que se uniera tan entusiastamente, se les rotuló como la ”generación perdida” por el desarraigo que demostraron hacia sus tradiciones y orígenes. Tiempos de carencias económicas, compensados con otros acontecimientos que vivió intensamente. El libro finaliza: “París no tiene fin y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí difiere de todas las demás. Siempre regresábamos a París; no importa quiénes fuéramos ni lo que hubiera cambiado ni cuán difícil, o fácil, fuera llegar. París siempre valía la pena y siempre te daba algo a cambio de lo que dieras. Pero París era así en los viejos tiempos, cuando éramos jóvenes y pobres y muy felices.” Como lo evocó bellamente en un artículo publicado años después en la revista Squirre: “París está muy hermoso este otoño. Fue un buen lugar para ser joven y era una parte necesaria en la educación de un hombre. Todos nosotros lo amamos y mentiríamos si dijéramos otra cosa. Pero…es como una amante que envejece y ahora tiene otros amantes…Siempre tiene la misma edad y siempre tiene nuevos enamorados.”

Hemingway sintió indignación al enterarse del suicidio de su padre. Sin embargo, eligió la misma forma de morir. Resultaron premonitorias las palabras que, poco antes del fin dijo a su amigo Hotchner: “…si no puedo existir como yo quiero, la existencia es imposible ¿entiendes? Así es como he vivido, y así es como debo vivir…o no vivir”.

Hemingway estuvo en varias guerras, fue herido y no murió. Tampoco murió en sus sangrientas batallas íntimas, aunque intentó matarse… hoy, a sesenta y cinco años de su muerte, sigue viviendo en su obra.

*Texto de la conferencia pronunciada el 7 de abril de 2026 en la sede de la Peña de las Bellas Artes, en el marco de los actos conmemorativos del 90° aniversario de la institución, con la participación de la Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.).