El árbol que florece después del fuego

Por Aylin Mariani* –

El ginkgo biloba, llamado “fósil viviente”, guarda en su memoria más de 200 millones de años. En Hiroshima, tras la devastación de la bomba atómica, algunos ejemplares sobrevivieron y volvieron a brotar, convirtiéndose en símbolo de resistencia y esperanza.

Ese renacer nos recuerda que la vida y la palabra tienen la fuerza de florecer incluso en los momentos más oscuros. Como el ginkgo, la literatura persiste, se abre paso y nos ofrece sombra, memoria y futuro.

Su figura atraviesa culturas y geografías: en Asia es considerado árbol sagrado, en Europa se lo plantó como emblema de paz, y en América Latina comienza a ser reconocido como metáfora de la memoria colectiva. Cada hoja en forma de abanico parece guardar un secreto, un relato que se abre al lector como invitación a la contemplación y al diálogo.

En tiempos de incertidumbre, el ginkgo nos enseña que la permanencia no es inmovilidad, sino capacidad de renacer. Así también la literatura: se transforma, se adapta a nuevos formatos, pero conserva su raíz profunda en la experiencia humana.

En cada edición, en cada encuentro, en cada nota compartida, En Provincia también se afirma como ese árbol que resiste y florece, invitando a la comunidad a celebrar la complicidad de la palabra.

*Colaboración para En provincia.