Por Elvira Yorio* –
“Hay una gran necesidad de la responsabilidad personal y colectiva. La tarea del momento, es hacer una sociedad motivada. Los valores viven o mueren en la arena de nuestro comportamiento diario. La fuerza que mueve la historia es la gente altamente motivada.”
John Gardner.
Año 1975, en Venezuela, un músico, economista, político…pero sobre todo un hombre comprometido con su destino, idea un sistema de educación musical para ser utilizado como salvataje social de la juventud. Se trata de José Antonio Abreu (1939 -2018). Confía tanto en el poder sanador de la música, que propicia sea reconocida como “derecho humano”. Su método consiste en contactar a los niños y jóvenes con la música y posibilitar desde el primer día, que toquen un instrumento. Las etapas previas que deben cumplirse en la educación que tradicionalmente se imparte en los conservatorios, resultan obviadas. A saber: nada de aburridas y reiteradas ejercitaciones otrora indispensables, desde el inicio hay interpretación por parte del alumno, que poco a poco, se va puliendo y perfeccionando. El propósito de Abreu fue inculcar a ese grupo humano la necesidad de una disciplina, la conveniencia del trabajo en equipo y el sentido de responsabilidad, que es preciso cultivar para arribar a cualquier meta. Los inicios de su ambicioso proyecto fueron precarios: once niños reunidos en un garaje de Caracas. Se funda la Orquesta Sinfónica Juvenil, y ese conjunto comienza a ganar fama y prestigio. A la muerte de su creador, cuarenta y tres años después, los once participantes iniciales se convirtieron en setecientos mil. Muchos hicieron exitosas carreras. Baste con mencionar a Gustavo Dudamel, que dirigió la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles y hoy es Director Musical de la Ópera de París. Actualmente, siguiendo las enseñanzas de Abreu, está comprometido con un experimento que se llama “Orquesta del Encuentro”, un revolucionario plan de desarrollo musical para los jóvenes sin recursos. Interesa destacar que este maravilloso proyecto, tuvo en el mundo un alentador efecto multiplicador en más de cuarenta países.
En Argentina, se debe a la musicóloga Valeria Atela, de Chascomús, la creación de una Orquesta Escuela en ese ámbito, allá por el año 1998. Inspirada en el modelo de Abreu, se propuso convocar a chicos de entre 5 a 18 años, en situación de riesgo, para posibilitar su inclusión social, educativa y laboral. El éxito coronó tan noble propósito, y hasta el presente, han pasado por esas aulas más de ocho mil quinientos chicos. Actualmente, se desarrollan con éxito, programas similares en Mar del Plata, San Martín, Tucumán, Córdoba, Neuquén, Misiones.
En nuestro medio, el Profesor Juan Carlos Herrero, de sólida formación musical en el país y en el extranjero, se propuso también emplear a la música como excusa para llegar a distintos sitios carenciados, y lograr que los niños tuvieran posibilidad de inclusión y de participación comunitaria. Su experiencia como creador y conductor de coros infantiles, evidentemente incidió en toda su actividad posterior. Convencido de que la música es una formidable herramienta de contención, acometió la obra que culminaría con la creación de la “Orquesta Escuela de Berisso.” Corría el año 2005, se conectó con la Escuela número 25 de Berisso, situada en “El Carmen” un barrio de la periferia. En principio reclutó veinte chicos, así comenzó todo. Hoy es una agrupación respetada y admirada, que actúa con singular suceso en diversos medios culturales. Por ejemplo, en la sala Ginastera del Teatro Argentino, donde fue ovacionada. El año próximo pasado lo hizo bajo la batuta del reconocido director Carlos Vieu. También en el Palacio Libertad, el Luna Park, la Catedral de La Plata, la Cámara de Diputados, y en el Colegio de Escribanos. Desarrolla su actividad bajo una consigna: “Orquestar un puente hacia un futuro mejor”. Cuenta con quince núcleos de enseñanza, integrados por casi setecientos alumnos, cuyas edades oscilan desde los cinco a los veintitrés años. Muchos grupos han viajado a París, Estados Unidos, Venezuela y Perú, y por supuesto, también dentro de nuestro país. Funcionan en la actualidad distintas formaciones: Orquesta inicial (300 alumnos); Sinfónica Juvenil; Camerata de Cuerdas; Ensamble de vientos, percusión y guitarra.
Lo más interesante de este emprendimiento es comprobar la evolución que se ha ido operando en los chicos a través del tiempo. Imposible hablar de todos. Extraordinarias historias de vida, que realmente conmueven. Por ejemplo, la joven violista Luisina Castro, que seguirá su carrera en Bolzano, Italia. O Ramiro Minasso (contrabajista) que comenzó en Berisso, luego estudió en Francia y después fue becado en Ginebra, Suiza. O el caso de Facundo Molina, perteneciente al grupo inicial, chelista y violinista, que terminó como luthier (licenciado como tal en la Universidad de Tucumán), y ahora mantiene en valor los instrumentos de la escuela. También Emiliano Quiñónez que estudió clarinete y saxofón, y es desde el 2014, director de la Banda de la Orquesta Escuela. Varios, son integrantes de prestigiosas orquestas argentinas, como Candela Gómez que ingresó a los 21 años como violista a la Orquesta estable del Teatro Argentino de La Plata y otros, en agrupaciones extranjeras. Hoy voy a hablar de Brian Montoya, a quien tengo el privilegio de tratar desde hace algunos años.
Brian nació en La Plata, el 26/10/93, pero debido a la separación de sus padres, se crio, junto a sus hermanitos, con sus abuelos, en San Vicente. Entonces, era una zona agreste, semi rural, donde compartía una humilde morada con otros familiares. Allí comenzó a ir a la escuela, y tuvo un excelente desempeño, incluso fue abanderado. El abuelo supo inculcar a los nietos la cultura del trabajo, pues se levantaba diariamente a las 5 de la mañana para cumplir sus tareas. Su padre los visitaba los domingos, ya que el resto de la semana trabajaba en La Plata. Recuerda peñas folklóricas que iban esporádicamente al pueblo, y a algún conocido que tocaba el acordeón, como todo contacto con la música en esa etapa de su vida. Al cabo de un tiempo volvieron a vivir con el papá y se radicaron en el Barrio de Villa Elvira, cerca de la Escuela 25, a la que concurrió. Una mañana de septiembre, llegó a la escuela. En la puerta encontró a sus compañeros, Facundo Molina y Emiliano Quiñónez, se enteraron de que ese día iban a ir unos profesores de música para hablar con ellos ¿tal vez darles una clase? No estaba demasiado claro. Entraron al hall, donde había un montón de chicos, pero nadie sabía bien de qué se trataba, unos habían ido por curiosidad y otros para salvarse de alguna clase. Gran sorpresa cuando vieron los instrumentos. Ellos se habían hecho la idea de que serían guitarras electrónicas y baterías, pero eran otros. Los músicos les explicaron la composición de una orquesta, y el nombre de esos instrumentos: Violín, viola, violoncello y flauta traversa. Acto seguido los invitaron a acercarse para poder verlos mejor. Se hicieron cuatro filas. Brian fue directamente a mirar la flauta. El músico se la llevó a los labios y obtuvo un nítido sonido. Después limpió la boquilla y le indicó a Brian que soplara él. En el primer intento no produjo sonido alguno, luego volvió a probar, y se sorprendió de haberlo logrado. Le gustó, y tuvo ganas de seguir tocando, pero volvió a su lugar. Invitaron a quienes lo desearan, a inscribirse para aprender a tocar, e integrar la orquesta-escuela, y veinte chicos lo hicieron. Al principio tenían ensayo dos días a la semana y esas clases, se fueron incrementando. Completado satisfactoriamente el ciclo primario, comenzó el secundario en la Escuela de Comercio, orientado hacia la economía. Pronto se vería obligado a adoptar una importante decisión, su familia resolvió radicarse en el sur del país, Río Gallegos, lo cual significaba para él abandonar los estudios de música. Tenía proyectado ingresar a la Universidad de Lanús, a fin de completar en ese establecimiento su formación musical, que había comenzado muy auspiciosamente bajo la tutela del maestro Sergio Lahuerta. Para ser admitido debía rendir un riguroso examen. La situación se complicaba, pues su familia no podía costear aquí su manutención. Una vez más el Profesor Juan Carlos Herrero, maestro y mentor de todos esos chicos que eligieron la música, lo ayudó. Tuvo su apoyo y también el de toda la orquesta, para obtener una beca, trabajo para sobrevivir y un sitio donde habitar. La música parece que mitigó su soledad. Comenzó a viajar a Lanús tres veces por semana, y concluyó satisfactoriamente la licenciatura en Música sinfónica y de Cámara. Hoy es un estrecho colaborador del director en el área coordinación de los docentes, y relaciones institucionales. Pertenece al grupo directivo, que debe organizar viajes, intercambios, presentaciones, y planificar todo el complejo entramado que sostiene este emprendimiento que no cesa de crecer. Ejerce la docencia y orientación con los niños ingresantes. Por sobre todas las cosas, está imbuido de la mística que inspiró a Juan Carlos Herrero, y que los continúa motivando, en labor mancomunada con los demás profesores, realizando una misión que exorbita lo artístico, y tiene una profunda connotación ética, ya que propicia la realización del alumno como ser humano. Brian ama este proyecto de vida, que alguna vez, acertadamente calificó como “círculo virtuoso”, puesto que el ingreso de un niño a la Orquesta Escuela, produce un encadenamiento de acciones siempre positivas, que redundan en beneficio de todos: los niños y sus amigos, las familias, que en enorme porcentaje se involucran, y también tiene una evidente proyección hacia la comunidad, que participa y colabora con la obra. Por oposición al “círculo vicioso” de la vagancia y la droga, cuya singular facilidad de expansión, ha tenido efectos deletéreos. Es gratificante comprobar que varios integrantes de ese núcleo inicial, al que accedieron siendo niños, veinte años después, aún permanecen trabajando con talento y pasión en este proyecto ejemplar que merece el más entusiasta respaldo de la sociedad. Esta gente maravillosa que lo motoriza, bajo la égida de Juan Carlos Herrero, ha sabido encontrar en los niños, energía y cualidades que nunca dependieron exclusivamente de la reserva material de ellos, (a veces escasa o nula) sino de motivarlos, de mostrarles las posibilidades de realización, no solo en el campo del arte, sino en todas las manifestaciones de la vida. Por ello se autodenomina: “un puente hacia un futuro mejor”, ya que la música puede ser la meta en sí misma, o también el paso idóneo hacia otra vocación. Desde el comienzo enseñan, antes que el arte musical, un arte de vivir, de superar dificultades, de cohesionar esfuerzos con sus pares, de concebir sueños, de ejercitar la voluntad, de confiar en sí mismos…
En estos momentos críticos por los que atraviesa la humanidad, reconforta encontrar personas motivadas en transformar la realidad, a veces sórdida y decadente, de modo que el mundo sea un lugar digno para vivir. Gracias por ese aporte que alienta a pensar que no todo está perdido.

*Colaboración para En Provincia.
Fotografías: https://pixabay.com