25 de Mayo: una patria que todavía no logra encontrarse

Por Guillermo Cavia

Más de doscientos años después de la Revolución de Mayo, la Argentina sigue atrapada en una discusión que parece eterna: la incapacidad de construir un proyecto común. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, cambian los nombres propios. Pero permanece una lógica desgastante donde demasiadas veces los intereses personales, partidarios o sectoriales terminan ubicándose por encima de las necesidades reales de la gente.

Y quizás allí aparece la mayor frustración de nuestra historia contemporánea. Porque mientras el pueblo enfrenta inflación, pobreza, incertidumbre y cansancio, gran parte de la dirigencia continúa alimentando divisiones que profundizan el desencanto social. La política argentina parece haber naturalizado la confrontación permanente, incluso en fechas que deberían convocar a la unidad y a la reflexión colectiva.

Lo ocurrido en este nuevo 25 de Mayo vuelve a dejarlo expuesto. El hecho de que el Gobierno Nacional no invite al Tedeum a la vicepresidente, Victoria Villarruel, no es solamente un gesto protocolar. Es un síntoma. Otro más. Una demostración pública de una interna política que se impone sobre el sentido institucional que debería tener una fecha patria. Y lo preocupante no es el episodio en sí, sino la normalidad con la que la sociedad observa estas escenas de fractura en los más altos niveles del poder.

Mientras tanto, la corrupción sigue siendo una sombra persistente sobre la democracia argentina. Gobiernos de distintos signos políticos cargan con denuncias, causas judiciales, escándalos o sospechas que erosionan la confianza pública. Y aunque muchas veces las responsabilidades individuales deben dirimirse en la Justicia, el daño colectivo ya está hecho: millones de argentinos sienten que quienes llegan al poder terminan demasiado lejos de los problemas cotidianos de la ciudadanía.

Entonces surge inevitable la pregunta incómoda: ¿qué pensarían aquellos hombres de Mayo si vieran la Argentina actual?

¿Qué diría José de San Martín, que renunció a honores y privilegios personales por un proyecto continental de libertad? ¿Qué sentiría Manuel Belgrano, que murió prácticamente en la pobreza después de entregar su vida a la causa patriótica? ¿Cómo reaccionarían Domingo French y Antonio Beruti al observar una sociedad donde muchas veces el oportunismo político parece valer más que las convicciones? ¿Qué reflexión haría Juan José Paso frente a dirigentes que parecen incapaces de construir consensos mínimos incluso en fechas simbólicas?

Probablemente entenderían que la democracia implica debate y diferencias. Pero difícilmente aceptarían una dirigencia que convierte cada desacuerdo en una batalla personal interminable mientras los problemas estructurales del país siguen sin resolverse.

La Revolución de Mayo nació de una idea profundamente transformadora: la construcción de un destino común. No se trataba solamente de romper con España; se trataba de pensar una comunidad política capaz de organizarse alrededor del bien colectivo. Dos siglos después, esa idea parece muchas veces diluida entre egos, disputas de poder y estrategias electorales permanentes.

Pero también hay que decir que nuestros problemas no son solo responsabilidad de algunos políticos. Los males que nos aquejan están en todos los niveles sociales: la corrupción, mezquindad y decadencia que muchas veces atraviesan al poder, son parte de la crisis argentina. Nace en la sociedad. No en toda, por supuesto, porque este país está lleno de personas honestas.

Argentina tiene desde hace décadas una realidad. La del “si puedo sacar ventaja, la saco”. La del que evade impuestos mientras exige mejores servicios. La del que critica la corrupción política pero acomoda un contacto para evitar una multa. La del que se indigna por la inseguridad pero, si encuentra un celular ajeno, duda entre devolverlo o quedárselo. La del que condena el clientelismo mientras acepta privilegios personales cuando le convienen. Los ejemplos podrían dividirse en capítulos de un libro.

Así aparece una de las raíces más profundas del problema argentino: durante años construimos una cultura donde muchas veces la viveza reemplazó a la honestidad y donde el beneficio individual se volvió más importante que el compromiso colectivo.

La corrupción no nace solamente en los despachos oficiales. Empieza mucho antes. Empieza cuando naturalizamos pequeñas trampas cotidianas, cuando justificamos conductas incorrectas porque “todos lo hacen”, cuando dejamos de sentir vergüenza frente a ciertas prácticas que erosionan la confianza social.

Tal vez por eso la Argentina vive atrapada en un círculo repetido de frustración. Porque pretendemos dirigentes ejemplares en una sociedad que muchas veces tampoco logra serlo. Y aunque la responsabilidad del poder siempre es mayor —porque administra recursos públicos y toma decisiones sobre millones de personas—, una democracia también refleja, en parte, los valores de la sociedad que la sostiene.

Por eso cada 25 de Mayo no debería ser solamente una celebración histórica. Debería ser también un examen de conciencia. Una oportunidad para preguntarnos cuánto de aquel espíritu revolucionario permanece vivo y cuánto se perdió en el camino.

Porque la verdadera deuda de la Argentina no es únicamente económica. Es moral. Y quizás esa sea la revolución pendiente.