Por Dr. Luis Sujatovich* –
La cultura digital suele estudiarse por las transformaciones que produjo en la comunicación. Sin embargo, su aporte más profundo quizás haya sido convertir en evidencia aquello que durante décadas solo podía inferirse. Al registrar millones de prácticas cotidianas, puso en cuestión muchas creencias que la cultura letrada tenía sobre sí misma. No inventó la superficialidad, la distracción ni la polarización. Simplemente iluminó una calle que siempre había tenido baches, aunque la penumbra permitiera ignorarlos.
El periodismo y el lector que nunca conocimos
Durante gran parte del siglo XX los diarios sabían cuántos ejemplares vendían, pero desconocían qué recorrían realmente sus lectores. Existía un lector imaginado, construido a partir de supuestos más que de evidencias. Las métricas digitales alteraron esa comodidad: deportes, espectáculos, policiales o servicios comenzaron a superar sistemáticamente a editoriales y análisis políticos.
Internet no degradó al lector. Obligó a la prensa a conocerlo. Lo que parecía una nueva preferencia generada por las plataformas era, en realidad, una práctica que siempre había existido, pero que no podía medirse con precisión.
Educación y una atención más supuesta que comprobada
Algo semejante ocurrió con la escuela. Durante décadas asumió que producía atención sostenida, lectura profunda y comprensión de textos complejos. Esos objetivos definieron el ideal de la cultura letrada, aunque pocas veces pudieron observarse más allá de los resultados de una evaluación.
Los indicadores actuales sobre comprensión lectora y hábitos de lectura suelen interpretarse como consecuencias exclusivas de las pantallas. También admiten otra lectura: quizás no asistimos al derrumbe de una capacidad plenamente consolidada, sino a la evidencia de una fragilidad que siempre estuvo presente. La escuela sostenía un ideal valioso, pero desconocía hasta qué punto había logrado extenderlo.
Política y las convicciones que ya estaban allí
En 1944, Paul Lazarsfeld mostró que la radio tenía menos capacidad para convertir votantes de la que se suponía. En la mayoría de los casos reforzaba opiniones preexistentes. Ocho décadas después, los algoritmos permiten observar esa misma lógica a una escala inédita.
La cultura digital no creó la política emocional ni la preferencia por los mensajes simples. Hizo medible un mecanismo que durante mucho tiempo solo podía inferirse.
El malestar de la auditoría
Las auditorías rara vez resultan cómodas. No porque inventen los problemas, sino porque vuelven imposible seguir ignorándolos. La incomodidad que produce la cultura digital proviene, en buena medida, de haber cuestionado la imagen que la cultura letrada construyó sobre sí misma: la idea de que la lectura profunda, la deliberación racional y el pensamiento crítico se habían extendido de manera más amplia de lo que quizás realmente ocurrió.
Quizás el mayor aporte de la cultura digital haya sido revelar que la cultura letrada conocía menos sobre sus propias prácticas de lo que creía, y que sus ideales parecen haber funcionado más como aspiraciones que como descripciones de la realidad.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA Gemini.