Por Dr. Luis Sujatovich* –
La educación formal no surgió para conservar el orden existente. Nació porque el mundo había cambiado y las viejas instituciones ya no alcanzaban. Durante los siglos XIX y XX, la expansión del sistema educativo estuvo asociada a un proyecto preciso: alfabetizar, unificar lenguas, organizar identidades nacionales y formar trabajadores para economías cada vez más complejas. En Argentina, la Ley 1420 (1884) consolidó un modelo pensado para ampliar el acceso a la alfabetización y producir ciudadanía en una sociedad en transformación. Como sostiene Adriana Puiggrós, la educación moderna en América Latina estuvo estrechamente vinculada a proyectos de modernización política y cultural.
Cuando la escuela fue vanguardia
Esa institución no fue un acto de filantropía ni una extensión natural de la tradición. Fue una respuesta política y económica a la transición del feudalismo al Estado-nación y de la producción artesanal a la industrial. La imprenta había quebrado el monopolio clerical del saber. La burguesía necesitaba funcionarios, obreros alfabetizados y ciudadanos capaces de leer leyes y reglamentos. Como señala Andy Green en Education and State Formation (1990), los sistemas educativos nacionales se consolidaron para fortalecer la administración estatal y producir cohesión política. Durante buena parte de su historia, la escuela actuó como una institución de avanzada. Incorporó tecnologías, estandarizó procedimientos y amplió el acceso al conocimiento. No rechazó la imprenta para proteger a los copistas. David Tyack explica en From Village School to Urban System (1972) que la educación moderna no solo acompañó la industrialización: también ayudó a producirla. Durante dos siglos, actuó como una de las principales herramientas de transformación social.
De fabricar ciudadanos a perseguir celulares
Hoy ocurre algo distinto. El celular ingresa al aula y la respuesta dominante es prohibirlo. La inteligencia artificial produce textos y la reacción inmediata es detectar, bloquear o sancionar. La institución que nació para organizar el cambio histórico ahora dedica gran parte de su energía a contenerlo. La contradicción es evidente. Su función histórica sigue siendo la misma: preparar para la vida social de su tiempo. Pero ese tiempo ya no es industrial. Es digital, algorítmico y ubicuo. La investigadora Tracy Steffes documenta que entre 1890 y 1930 las reformas educativas transformaron deliberadamente el sistema para adecuarlo a la sociedad industrial. Esa capacidad de adaptación hoy parece debilitada.
Neutralizar el cambio no es educar
No se trata de celebrar acríticamente cada innovación. Una institución que responde al cambio exclusivamente mediante la prohibición renuncia a una parte central de su tradición histórica. El economista E. G. West mostró en Education and the Industrial Revolution (2001) que la expansión educativa acompañó las transformaciones económicas en lugar de bloquearlas. El sistema educativo nació para intervenir sobre el cambio, no para neutralizarlo. Cuando bloquea las herramientas que organizan la vida contemporánea, la escuela deja de formar para el presente y comienza a administrar la distancia con la realidad. Es decir, se protege detrás de sus rutinas, sus rituales y su burocracia para no enfrentar su propia obsolescencia, aunque en ese acto de autodefensa termine devorando el deseo de los únicos que aún le dan sentido: los estudiantes.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.