Pensar no tiene tiempo de respuesta

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

Durante años nos acostumbramos al acceso inmediato a la información. Ahora también comenzamos a acostumbrarnos a la disponibilidad inmediata de respuestas. Esta transformación no solo redujo la espera: modificó nuestras expectativas sobre el tiempo. El problema aparece cuando la velocidad con la que accedemos a ellas deja de ser una posibilidad técnica y comienza a convertirse en la medida de otros procesos. El tiempo de acceso y el tiempo de elaboración no son equivalentes. Haber reducido extraordinariamente el primero no significa que podamos hacer lo mismo con el segundo.

La espera no era una virtud

Aprender estuvo históricamente atravesado por demoras que no respondían a ninguna decisión pedagógica. Acceder a un libro, realizar una consulta, encontrar información o recibir una devolución suponía esperar. La demora formaba parte de las condiciones materiales de circulación del conocimiento. No hay razones para idealizarla. Esperar no producía necesariamente reflexión, así como obtener una respuesta inmediata no impide comprenderla. El problema no está en elegir entre lentitud y rapidez, sino en advertir que cada operación intelectual establece una relación diferente con el tiempo. Leer, comparar, dudar, relacionar o revisar una interpretación no tienen una duración predeterminada. Que muchas esperas hayan desaparecido no significa que esas operaciones puedan acelerarse del mismo modo.

Cuando la disponibilidad se vuelve una medida

El cambio adquiere otra dimensión cuando alcanza los tiempos de los demás. Una devolución, una corrección o una respuesta comienzan a esperarse con una rapidez semejante a la que ofrecen los dispositivos que utilizamos cotidianamente. La cuestión no es atribuir impaciencia a estudiantes, docentes o instituciones. Se trata de advertir un desplazamiento más profundo: la disponibilidad técnica comienza a modelar nuestras expectativas sobre la disponibilidad humana. La diferencia importa. Una plataforma puede responder de manera permanente porque su funcionamiento se organiza alrededor de la disponibilidad. Una persona necesita leer, interpretar, decidir, revisar. Cuando ambas temporalidades comienzan a medirse con el mismo criterio, la demora deja de percibirse como parte de una actividad intelectual y empieza a experimentarse como una deficiencia. Quizás allí se encuentre uno de los efectos menos visibles de la aceleración: no solo queremos respuestas más rápidas. Empezamos a considerar excesivo el tiempo que otros necesitan para producirlas.

El tiempo no indica lo que ocurre

Una idea puede comprenderse rápidamente y otra exigir sucesivas aproximaciones. Una actividad extensa puede no producir ninguna elaboración y una experiencia breve alcanzar una enorme densidad. Por eso, el problema educativo contemporáneo no consiste en recuperar tiempos largos, sino en dejar de suponer que existe una velocidad adecuada para aprender. La pregunta cambia entonces de sentido. Ya no se trata de cuánto debería durar una clase, una lectura o una devolución, sino de qué temporalidad requiere la operación intelectual que esperamos que allí ocurra. La disponibilidad inmediata resolvió buena parte de las esperas que acompañaban el acceso a la información. Pero convertir esa conquista en una medida universal puede producir una nueva confusión: creer que todo aquello que demora funciona peor, pero hay tiempos que no son una demora. Son parte de lo que está ocurriendo.

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.