Por Dr. Luis Sujatovich* –
Las instituciones suelen sobrevivir a las sociedades que las crearon. Conservan sus edificios, normas y rituales incluso cuando las condiciones que les dieron sentido cambiaron. Algo de eso ocurre con la escuela secundaria. Durante más de un siglo, sostuvo una promesa sencilla: el esfuerzo presente permitiría construir un futuro mejor. Buena parte de su organización nació para hacer posible esa expectativa. Sin embargo, mientras la escuela continuó funcionando como si ese horizonte permaneciera intacto.
Tres gramáticas que ya no dialogan
La escuela secundaria reúne tres maneras de comprender el conocimiento que pertenecen a momentos históricos diferentes. Conserva un currículum heredero del ideal renacentista, donde una persona formada es aquella que logra incorporar un amplio conjunto de saberes organizados de manera sistemática. Organiza ese aprendizaje mediante una estructura propia de la sociedad industrial, basada en horarios, materias, aulas y evaluaciones que administran el recorrido de todos de forma homogénea. Y recibe estudiantes cuya experiencia cotidiana transcurre en una cultura donde el conocimiento circula de manera distribuida, se consulta cuando hace falta y adquiere valor por su capacidad para resolver problemas antes que por su acumulación. El problema no es que convivan distintas tradiciones. La dificultad aparece cuando esas maneras de comprender el conocimiento dejan de dialogar entre sí. Cada una organiza de forma diferente el tiempo, la autoridad, el aprendizaje y el sentido mismo de conocer. La escuela intenta hacerlas convivir como si respondieran a una misma lógica.
Cambiar sin transformar
La tensión entre estas gramáticas suele resolverse mediante reformas que intervienen sobre contenidos, tecnologías o sistemas de evaluación. Son cambios necesarios, pero rara vez modifican la forma escolar que organiza la experiencia educativa. Los horarios fragmentados, las materias aisladas y la distribución del tiempo continúan respondiendo a una institución concebida para otra cultura del conocimiento.
Por eso muchas innovaciones terminan adaptándose a la estructura existente en lugar de transformarla. Cambian los recursos y los programas, pero permanece la lógica que define cómo se enseña, cómo se aprende y cómo se evalúa.
El futuro como argumento
La escuela moderna no solo transmitía conocimientos. También enseñaba una determinada relación con el tiempo. Estudiar implicaba aceptar un esfuerzo presente porque existía un horizonte futuro capaz de justificarlo. Durante décadas, esa promesa otorgó sentido a la experiencia escolar, incluso cuando no siempre se cumplía.
Esa expectativa perdió fuerza. Cuando el futuro deja de funcionar como una expectativa compartida, también pierde legitimidad el esfuerzo que la escuela exige. La discusión sobre la escuela suele comenzar preguntando qué debería cambiar la institución. Tal vez convenga invertir el orden del problema. Antes de decidir cómo transformarla, quizás sea necesario comprender qué cambió en la sociedad que durante más de un siglo le dio sentido. Las escuelas pueden reformarse muchas veces. Pero ninguna reforma alcanza cuando cambian las condiciones culturales que durante generaciones sostuvieron su sentido.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA Gemini.