Por Dr. Luis Sujatovich* –
Entre los relatos posibles sobre la desigualdad hay uno que goza de una legitimidad social que los otros no alcanzan. No es el relato de la pobreza que protesta, ni el de la que se organiza, ni el de la que disputa sentidos. Es la pobreza esforzada, agradecida, sonriente. La que va descalza bajo la lluvia para cuidar las zapatillas que se compró trabajando todo el verano. Esta versión no sólo conmueve. También ordena. Vuelve inteligible un fenómeno complejo a partir de una escena simple donde el mérito individual aparece como causa suficiente. Lo que desaparece en esa operación no es la pobreza, sino su espesor: las estructuras que la producen, las mediaciones que la atraviesan, los condicionamientos que la sostienen. La escena funciona porque simplifica. Y al simplificar, exime.
La regla que la excepción confirma
Esa versión, sin embargo, oculta la regla estadística. Según el informe “Desempeño escolar y pobreza” de Argentinos por la Educación, solo el 14 % de los estudiantes en situación de pobreza alcanza un buen desempeño escolar. El 86 % restante no tiene relato edificante. Su trayectoria no puede traducirse en ejemplo porque no confirma la lógica del mérito. No aparece. Y su ausencia en el discurso público cumple una función: permite sostener que el sistema ofrece oportunidades y que el fracaso depende, en última instancia, de la voluntad de cada quien. La excepción, entonces, no invalida la regla. La confirma y además la consuela. Amartya Sen ayuda a entender por qué esta operación es tan efectiva. La pobreza no es falta de esfuerzo sino privación de capacidades reales para convertir recursos en logros valiosos. No se trata de tener o no tener un celular. Se trata de la libertad efectiva para elegir un proyecto de vida. Sen lo dijo con claridad: la pobreza no se mide solo por lo que se tiene, sino por lo que se puede llegar a ser. Y esa libertad no se construye con voluntad individual cuando las condiciones materiales hacen de la igualdad de oportunidades una ilusión.
Desigualdades solitarias
François Dubet denominó “desigualdades solitarias” a este mecanismo. En las sociedades posindustriales, los procesos estructurales se experimentan como culpas personales. El fracaso deja de ser una consecuencia social para volverse una escena íntima. Quien no logra salir carga solo con su insuficiencia. Y quien observa desde afuera confirma en el éxito ajeno la justicia del orden existente. Si ella pudo, por qué no pudo el otro. La respuesta es que la pobreza esforzada es la excepción, no la regla. Dubet agrega una dimensión más: estas desigualdades no solo se sufren solas, sino que además se callan. No hay conflicto colectivo porque no hay reconocimiento compartido de la injusticia. Pero mientras esa excepción sea el único relato con valor, la desigualdad seguirá siendo explicada sin conflicto, sin responsables, sin posibilidad de transformación. Nombrar esa operación no la resuelve y muy probablemente no incida en nada en su proliferación. Sin embargo, no mencionarla nos hace más responsables.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA Gemini.