La masacre del Zong: cuando un tribunal debatió el valor económico de vidas humanas

Por Aylin Mariani* –

En 1781, el barco negrero Zong navegaba rumbo a Jamaica con más de 400 africanos esclavizados hacinados en sus bodegas. Lo que ocurrió durante esa travesía se convirtió en uno de los episodios más estremecedores del comercio transatlántico de esclavos y en un símbolo de la deshumanización sobre la que se sostuvo ese sistema.

Tras una serie de errores de navegación que prolongaron el viaje y en medio de una crisis a bordo, el capitán Luke Collingwood ordenó arrojar al mar a más de 130 personas esclavizadas. La decisión no respondió únicamente a la desesperación: estaba vinculada a una lógica económica propia del tráfico esclavista.

Las personas esclavizadas eran consideradas mercancía y estaban aseguradas. Si morían por enfermedad, los propietarios no podían reclamar indemnización. En cambio, si eran sacrificadas para preservar el resto de la carga bajo el principio marítimo conocido como “avería gruesa”, existía la posibilidad de cobrar el seguro.

Ese fue precisamente el argumento que utilizaron los dueños del Zong al regresar a Inglaterra.

Un juicio comercial, no un juicio por asesinato

El caso llegó a los tribunales británicos en 1783 bajo el nombre Gregson v. Gilbert. Sin embargo, el proceso no buscó determinar responsabilidades penales por la muerte de más de un centenar de personas.

La discusión judicial giró exclusivamente en torno a una cuestión comercial: si la aseguradora debía indemnizar a los propietarios del barco por la pérdida de la “carga”.

La crudeza del caso quedó reflejada en la forma en que fueron tratadas las víctimas. En el juicio, las personas asesinadas fueron consideradas bienes económicos y no seres humanos con derechos.

Finalmente, no hubo condenas penales contra el capitán ni contra los propietarios del barco.

El impulso al movimiento abolicionista

Aunque la justicia de la época no castigó la masacre, el episodio generó una profunda conmoción entre quienes luchaban contra la esclavitud.

El activista abolicionista Granville Sharp intentó impulsar un proceso penal por homicidio y convirtió el caso en una denuncia pública sobre la brutalidad del comercio esclavista.

Con el paso de los años, la masacre del Zong se transformó en uno de los ejemplos más citados por el movimiento abolicionista británico para demostrar las consecuencias de un sistema que reducía a las personas a simples mercancías.

El arte como memoria

Décadas más tarde, en 1840, el pintor británico J. M. W. Turner inmortalizó el episodio en la obra The Slave Ship (“El barco de esclavos”).

En la pintura, un mar embravecido y teñido de rojos intensos se convierte en escenario del horror. Entre las olas apenas se distinguen cuerpos encadenados que desaparecen bajo el agua, mientras el barco se aleja en el horizonte. La obra no busca reconstruir el hecho con precisión documental, sino transmitir la violencia y la tragedia que representó la trata esclavista.

Una historia que interpela al presente

La masacre del Zong continúa siendo estudiada por historiadores y especialistas en derechos humanos porque expone con claridad hasta dónde puede llegar una sociedad cuando la vida humana es subordinada al beneficio económico.

Más de dos siglos después, los nombres de la mayoría de las víctimas permanecen desconocidos. Sin embargo, su historia sigue viva como un recordatorio de uno de los capítulos más oscuros de la esclavitud atlántica.

Recordar el caso del Zong no significa detenerse únicamente en el horror del pasado. También implica reflexionar sobre la importancia de defender la dignidad humana frente a cualquier sistema que pretenda convertir a las personas en objetos o mercancías.

*Colaboración para En Provincia.

Fotografía: https://pixabay.com