Nadie regala su atención: el fin de la autoridad por decreto

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

Las clases se diseñaron durante mucho tiempo bajo una premisa simple: el contenido en el centro y el vínculo relegado a un lugar secundario.

El docente hablaba desde la autoridad del conocimiento. Todo lo demás —la implicación, el afecto, el reconocimiento— parecía un exceso impropio de la seriedad académica.

Pero esa separación nunca terminó de funcionar. En toda clase circula algo más que información: la necesidad de ser escuchado, la resistencia a conceder atención, la expectativa de dejar una marca en otro. Allí aparece el deseo.

Toda docencia administra una forma de narcisismo

El docente no solo quiere explicar bien. También quiere ser escuchado, recordado y legitimado por quienes tiene enfrente. No como simple vanidad, sino como la necesidad de que aquello que enseña importe para alguien. La indiferencia pesa, el silencio incomoda, no dejar marca hiere.

Enseñar también implica sostener esa exposición. La autoridad no se juega solo en el dominio del contenido, sino en la posibilidad de que ese saber encuentre un lugar en el otro. Por eso la indiferencia no siempre debería asumirse como un problema pedagógico, sino como una forma solapada de invalidación.

La indiferencia del estudiante también es una respuesta deseante

La apatía no siempre es falta de interés. A veces es una forma de resistencia. No conceder atención ni dejarse afectar puede ser una manera de preservar autonomía frente al deseo del otro. El estudiante no solo busca aprender. También negocia cómo no quedar absorbido por una autoridad que no siempre reconoce como legítima. Vista así, la indiferencia no es mera pasividad, sino un ejercicio silencioso de poder. No participar o no dejarse capturar funciona muchas veces como una respuesta frente a una escena que exige adhesión sin construir vínculo. El aula no enfrenta vocación contra apatía, sino dos formas de reconocimiento que chocan.

Plataformas y cultura académica: una convivencia incómoda

Esa tensión no nace con las plataformas, pero en ellas se vuelve más visible. El estudiante llega a la universidad atravesado por una lógica de inmediatez, personalización y validación constante. Aprende que su atención tiene valor y que no debe concederla sin razones.

El docente, en cambio, sigue sostenido por una cultura académica que valora la demora, la dificultad y el descentramiento. Aprender supone aceptar que no siempre se es el centro. Ambos modelos hacen falta, pero rara vez se reconocen entre sí. Cada uno lee al otro como un déficit: dispersión de un lado, rigidez del otro.

La atención no se concede gratuitamente

Reducir todo a una lucha de egos sería una simplificación. El contenido importa, la exigencia importa y la asimetría también. Pero todo eso circula dentro de una escena donde nadie concede legitimidad sin condiciones. El docente quiere que su saber sea reconocido sin mendigar atención. El estudiante quiere aprender sin quedar capturado por una autoridad que no elige.

Quizás enseñar exija advertir que quien estudia también necesita ser atendido para que su deseo no quede negado. El paradigma racionalista expulsó el cuerpo del aula. Devolverle su lugar dolerá. Habilitar el deseo genera desorden e incertidumbre. Pero la indiferencia es peor.

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.

Imagen: IA.