Por Dr. Luis Sujatovich* –
Cuando elegimos una serie, seguimos a un creador o compartimos un meme, participamos en la conformación de significados que influyen en cómo pensamos, nos relacionamos y habitamos el mundo. Esa complejidad no es nueva: siempre estuvo presente en la cultura. Sin embargo, la digitalización de la cultura hace visibles esas huellas, permitiendo reconocer cómo se entrelazan elecciones, interpretaciones y vínculos en cada interacción.
Mirar no es un gesto neutro
Más que un conjunto de hábitos, el consumo cultural debe considerarse como una experiencia situada y relacional. Comprenderla exige abandonar la idea del usuario pasivo y mirar qué ocurre en esa zona ambigua donde se cruzan plataformas, contenidos y sujetos. Cada interacción digital está atravesada por elecciones y por la posibilidad de resignificar lo que recibimos, incluso cuando parece fugaz.
Entre la industria y la vida cotidiana
Durante décadas, la teoría crítica puso el foco en el poder de la industria cultural: medios masivos que homogeneizaban gustos y reforzaban el orden existente. Esa preocupación sigue vigente, sobre todo cuando las plataformas digitales concentran datos, atención y capacidad de influencia.
Pero esa mirada resulta incompleta si no se observa lo que pasa del lado de las prácticas. Los contenidos no llegan a nosotros como mensajes puros: se mezclan con nuestras experiencias, emociones y el contexto en el que vivimos. Lo que vemos en una pantalla no se consume igual en todas partes ni por todas las personas; cada interacción se resignifica según quién la recibe y cómo la integra en su vida cotidiana. Las plataformas proponen recorridos, pero los usuarios desvían, remezclan, comentan y resignifican, creando sentidos que no estaban previstos en el diseño original.
Consumir es interpretar (aunque dure segundos)
Si el consumo cultural no es pura imposición, tampoco es mera distracción. Para Néstor García Canclini, consumir implica organizar lo real: elegir, descartar, asociar y dotar de significado. Esa operación interpretativa se mantiene —y se acelera— en el universo digital.
Incluso en la llamada “cultura snack”, dominada por contenidos breves y fragmentarios, hay lectura, identificación y posicionamiento. Un reel, un meme o una historia efímera no suspenden el pensamiento: lo desplazan hacia formas más rápidas e intuitivas, pero no por eso inexistentes. El consumo cultural se vuelve así un acto hermenéutico cotidiano, muchas veces invisible para quien lo realiza.
Elección e identidad
El consumo cultural es, al mismo tiempo, una práctica individual y social: ambas dimensiones se entrelazan en cada elección. Allí se pone a prueba nuestra subjetividad. ¿Nos animamos a intentar ser originales, es decir, a tensionar la burbuja que nos tejen los algoritmos? ¿O preferimos seguir un legado que no siempre nos representa, pero nos ofrece seguridad? Esa tensión atraviesa cada interacción en las pantallas y revela que consumir cultura no es solo elegir contenidos: es decidir cómo queremos habitar el mundo simbólico que compartimos.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Fuente de la imagen:https://blog.clickio.com/es/que-es-el-scroll-infinito-y-por-que-deberian-utilizarlo-los-editores/