Por Dr. Luis Sujatovich* –
La educación convive con la tecnología desde hace décadas. Sin embargo, cada nuevo desarrollo suele presentarse como si inaugurara una era inédita. Esta ilusión de novedad permanente desplaza la discusión pedagógica y vuelve a ubicar el foco en los dispositivos, más que en los procesos educativos que les otorgan sentido. La promesa se mantiene estable; el cambio se produce en el artefacto: ayer las computadoras, luego las plataformas, hoy la inteligencia artificial. Desandar esa lógica resulta hoy imprescindible. La tecnología no innova por sí misma. No enseña, no emancipa ni mejora aprendizajes de manera automática. Su valor se define en función de los marcos pedagógicos, culturales y éticos en los que se integra. Cuando se la adopta como un “atajo” técnico, el riesgo es conocido: prácticas empobrecidas que apenas se presentan bajo una capa de actualización digital, sin modificar de fondo las experiencias de enseñanza y aprendizaje.
Volver a los fundamentos de la enseñanza
En el centro de cualquier propuesta educativa siguen estando las formas en que los sujetos aprenden, se vinculan y construyen sentido. Más allá de las herramientas disponibles, la enseñanza se sostiene en procesos que requieren autonomía, reflexión y reconocimiento del otro, especialmente en contextos atravesados por transformaciones culturales profundas y por condiciones sociales desiguales.
Formar estudiantes autónomos no implica solo promover la iniciativa individual, sino también la capacidad de pensar sobre el propio aprendizaje. En este punto, los aportes de Rebeca Anijovich y Graciela Cappelletti resultan relevantes al destacar la metacognición como un eje estructural de la enseñanza. Reflexionar sobre lo que se aprende, tomar decisiones y revisar estrategias permite que el aprendizaje deje de ser meramente receptivo y adquiera mayor profundidad. Esta autonomía, sin embargo, necesita anclarse en marcos culturales y sociales concretos para no quedar reducida a una consigna abstracta o a una habilidad descontextualizada.
Del diagnóstico al diseño pedagógico
Partir de estos fundamentos no implica negar los problemas del sistema educativo ni minimizar las desigualdades existentes. Pero sí supone evitar un diagnóstico fatalista que describe con precisión y no ofrece salida.
Cuando la tecnología se integra como medio —y no como fin— puede potenciar proyectos colectivos, favorecer diálogos interculturales y habilitar prácticas reflexivas más ricas. No se trata de soluciones mágicas ni universales, sino de herramientas posibles dentro de una pedagogía que vuelve a poner en el centro lo humano: los vínculos, los contextos y los sentidos que se construyen al enseñar y aprender.
Tal vez el desafío actual consista en no empezar por la tecnología, sino por las preguntas fundamentales que organizan toda práctica educativa. Preguntas simples y complejas a la vez: para qué educamos, para quiénes y en qué condiciones. Responderlas exige asumir decisiones pedagógicas, éticas y políticas que orienten el sentido de enseñar en contextos atravesados por la incertidumbre y la desigualdad.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
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