Deja de scrollear tu aprendizaje

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

La cultura digital reorganizó el tiempo que vivimos. No se trata de un rasgo abstracto: incide en prácticas sociales que dependen estructuralmente de la gestión temporal, entre ellas la educación. Enseñar y aprender suponen siempre una determinada organización de duraciones, ritmos y secuencias. Por eso la pregunta no es qué tecnologías se incorporan, sino qué regímenes de temporalidad se consolidan y cómo reconfiguran las condiciones mismas de la experiencia de aprender.

Esta reorganización no opera solo en instituciones y dispositivos. Modifica la forma en que los sujetos anticipan, procesan y valoran lo que viven. El tiempo deja de presentarse como marco relativamente estable y comienza a experimentarse como flujo continuo de disponibilidad.

Aceleración como problema educativo

¿Qué ocurre con la atención, la memoria o la producción de sentido cuando el tiempo deja de anclarse en duraciones relativamente estables y se ordena según la lógica de la disponibilidad permanente?

Un rasgo central del presente es la aceleración de la subjetividad: no solo un aumento de la velocidad técnica, sino una modificación en las expectativas temporales desde las que se interpreta la experiencia. La aceleración funciona menos como variable externa que como horizonte interpretativo que organiza lo que se espera de cada situación. Esto obliga a revisar no solo los formatos de enseñanza, sino —de manera más decisiva— la experiencia temporal que esos formatos presuponen y producen. La brevedad deja de ser un rasgo formal para operar como condición cognitiva.

Velocidad, percepción y aprendizaje

Cuando la experiencia se organiza bajo lógicas de aceleración, más estímulos, más contenidos o más interacciones no garantizan mayor elaboración conceptual. A partir de cierto umbral, la expansión del estímulo no añade densidad de sentido: produce saturación. Los contenidos se superponen sin tiempo suficiente para diferenciarse, procesarse o sedimentarse, y con ello se alteran las condiciones mínimas de apropiación.

El asunto no remite a la “distracción” como falla individual, sino a una reconfiguración de los modos de percepción que impacta en las condiciones de aprendizaje. Bajo un mismo régimen temporal, los acontecimientos pierden relieve. La experiencia educativa no se fragmenta: se uniforma. La pregunta deja entonces de ser cómo captar la atención para desplazarse hacia qué tipo de atención resulta posible cuando la aceleración opera como norma implícita.

Educación como contraste temporal

La educación no se define por acompasar ritmos dominantes ni por acelerar la transmisión. Su especificidad aparece en la organización del tiempo: en cómo dispone secuencias, cortes e intervalos en prácticas que no se rigen por la inmediatez. En ese sentido, el intervalo de elaboración no es un resto analógico ni un freno: es una condición asumida. No compite con los contenidos ni pretende “profundizarlos” por acumulación; abre tiempo para operar. Cuando ese tiempo se estrecha, el aprendizaje pierde maniobra: se reducen las posibilidades de comparar, revisar y corregir.

Acaso convenga suspender la pregunta por cómo aligerar y desplazar la discusión hacia qué condiciones de tiempo y de vínculo hacen posible la construcción del conocimiento.

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.

Fuente de la imagen: Gemini IA.