Por Elvira Yorio* –
En la visión del mundo, propia de los pueblos originarios de América, parece que la música precedió a la palabra. La división que se practicó a posteriori entre música y palabra, no existía entonces, por eso puede afirmarse que, para esas culturas precolombinas, la música era la palabra. Sin embargo, los mayas, que cantaban para comunicarse, (en una mezcla de canto ritual que, de algún modo, perpetuaba la historia), después tuvieron un sistema escriturario, al se ha atribuido semejanza con los signos egipcios (jeroglíficos), o con los japoneses. Parece que escribían en tablillas de madera, en piedra, o en vasijas, a tenor de los restos arqueológicos encontrados, y nunca totalmente descifrados. Se clasificaron algunos como escritura Olmeca (siglos a.C.), otro sistema escriturario, se cree fue el zapoteca (400 años a.C) que, según parece, desarrolló un sistema logofonético bastante completo. En los incas y los aztecas, los vínculos con los dioses se establecían a través de la música. No tuvieron una escritura tan acabada como los mayas. Los sonidos se transformaron en palabras, pero recién fueron parte de un alfabeto, con la llegada de los conquistadores, mediante la intervención de sus escribas y los monjes. Los quipus, que aún se conservan en los museos, son cuerdas unidas de diferentes largos, en las cuales hay nudos coloreados y colocados a distintas distancias, pero esto aparentemente, era de empleo numérico. Es lamentable que hayan persistido pocos textos originales, pues los conquistadores españoles destruyeron mucha documentación. En especial, de los Incas, no se cuenta con escritos de formato tradicional, pues carecían de alfabeto. De allí, que se asigne tanta importancia a las narraciones hechas después, recogiendo testimonios de los incas en idioma español. Claro está, después del descubrimiento de América. Alguien dijo que somos el resultado de palabras comprendidas y aceptadas, si esto es así, la llegada de los españoles debe haber perturbado a los nativos que, en parte perdieron su identidad, pues es evidente que con el transcurso del tiempo prevaleció el lenguaje de esos otros, en desmedro del propio.
Cuando estudiaba notariado me enteré de que el primer escribano que pisó tierra americana fue Rodrigo de Escobedo, que acompañó a Colón. Su misión era labrar algo así como actas de posesión, por parte de los representantes de España, de las tierras que iban descubriendo y ocupando. Desconocían por completo el lenguaje de los nativos, tampoco tuvieron mucho interés en interiorizarse de algo que consideraban inferior, poco menos que animalesco. Lo cierto es que, entre los escribas y los monjes, poco a poco fueron imponiendo a los invadidos, el modo de decir y escribir que traían de España. Querían domesticarlos. Desde luego, proclamaron ante el mundo que la suya era una labor evangelizadora, una encomiable tarea de civilizar a salvajes o bárbaros, como les llamaron. Arrasaron así, con exquisitas y evolucionadas culturas, muchas de cuyas creaciones arquitectónicas, notables por su simetría y diseños, demostraban un adelanto tal, que no pudieron ser explicados. En algunos casos, hasta se dijo que eran obras de extraterrestres. Traigo esto a colación, simplemente para situar en algún punto el origen de la escritura latinoamericana, tal como después la conocimos. Seguro es que habrán surgido varios escritores que, por circunstancias propias de un período signado por desencuentros y violencia, no permitieron la difusión que hubieran merecido. El que realmente se destacó como precursor absoluto, fue Gómez Suárez de Figueroa, hijo ilegítimo según las leyes de entonces. Su madre: una princesa inca, de noble prosapia. Su padre, un capitán español, Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas. Ambos se conocieron en Cuzco, se amaron apasionadamente, allí fue concebido y nació en 1539. Asumió sus ancestros indios, como descendiente de Tupac Yupanqui, a punto tal que, viviendo en España, cambió su nombre de bautismo, y al apellido de su padre, le antepuso la palabra Inca, como orgullosa expresión de su estirpe. Había recibido una completa educación proveniente de la familia materna de ilustre linaje, de parte de los “amautas” o sabios incas. Del lado paterno, de aristocrática ascendencia, se le impartió una esmerada preparación, que después perfeccionaría en el viejo mundo. Resultado de ello fue una amplia cultura, con conocimiento directo de la historia incaica, y también la de raigambre hispana. Muerto el padre, cumpliendo su deseo, decidió viajar a España, donde se enroló como militar, ascendiendo hasta el grado de capitán. Si bien peruano de origen, constituyó el símbolo de integración de dos culturas. El humanismo del renacimiento ejerció una decisiva influencia sobre él. Fue un historiador veraz de sus raíces vernáculas y supo interpretar también el mandato de hispanidad proveniente de su padre. Escribió mucho y bien, siendo varios de sus libros traducidos a otros idiomas, con vasta difusión en Europa. Su obra “Comentarios reales de los Incas”, fue censurada como subversiva (se le atribuyó haber inspirado la sublevación de Tupac Amaru), y constituye hoy, después de más de cuatro siglos, un valioso testimonio histórico de esa maravillosa cultura, que él protagonizó en los primeros años de su vida. Reconocido como prolijo historiador e investigador, y también eximio narrador. Un dato curioso. El Inca Garcilaso murió el mismo día que Cervantes, y Shakespeare: el 23 de abril de 1616, por tal motivo, la UNESCO instituyó esa fecha como “Día Internacional del libro.”
¿Quiénes vinieron después?
Varios, pero tal vez la más destacada haya sido Sor Juana Inés de la Cruz, mexicana, (1651-1695) delicada poetisa, dramaturga y precursora del feminismo. Muchos dudan si su ingreso a la vida monjil, obedeció al llamado de una acendrada vocación, o solo fue un medio de resguardar y desarrollar sus aptitudes intelectuales. Ello se explicaría porque en el siglo XVII, prácticamente estaba vedada la educación a las mujeres. Desde pequeña demostró una inteligencia fuera de lo común, y paralelamente un imparable deseo de saber y aquilatar conocimientos. Algunas de sus obras: “Primero sueño”, “Sonetos y poemas amorosos”, “Los empeños de una casa”, etc. Otro mexicano famoso fue Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639), considerado entre los mejores dramaturgos, a la par de los españoles Lope de Vega y Calderón de la Barca.
Recién en el siglo XIX, aparece una literatura con caracteres propios, que poco a poco, va tomando distancia del modelo español y aún europeo. Irrumpe el modernismo, movimiento en el cual destacan el cubano José Martí (1853-1895) y el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916). Éste fue su líder, y como tal, ejerció una decisiva influencia sobre otros escritores, por la indudable renovación del lenguaje que llevó a cabo. Es así que su obra “Azul” es considerada como la iniciadora del modernismo. En 1893, llegó a Argentina, creando con nuestro país un fuerte vínculo afectivo e intelectual. Residió acá durante cinco años, estableciendo una sólida relación laboral con el diario La Nación, que se mantuvo más de veinticinco años. Ejemplo de ese vínculo fue su amistad con Leopoldo Lugones, uno de nuestros más preclaros escritores, que Darío distinguió como su dilecto discípulo y con quien mantuvo un trato estrecho, rayano en lo familiar. En alguna ocasión destaqué el escrito periodístico que publicó en un diario de la época, “El tiempo”. Allí Darío, bajo el título “Un poeta socialista”, se refería al argentino en términos tan laudatorios, que llegó a compararlo con el Dante. Como se ha subrayado más de una vez, ambos pertenecieron al simbolismo, prescindiendo de la poesía del romanticismo, e inclinándose hacia la literatura francesa. Tomó contacto también con José Ingenieros (1877-1925), un médico psiquiatra injustamente postergado, pese a que fue un egregio pensador. Algunos lo consideran entre los más importantes escritores que tuvo Argentina. Autor de una veintena de libros, entre los que se destacan: “La simulación en la lucha por la vida”, “El hombre mediocre”, “Las fuerzas morales” y otros ensayos, que constituyen verdaderas interpelaciones al lector, para que reflexione sobre los grandes temas que hacen a la dignidad humana.
Ya en el siglo XX, entre los principales exponentes de la literatura americana, están: Gabriel García Márquez (1927-2014), colombiano, Nobel de literatura, cuyos libros “Cien años de soledad”, “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca”, “El amor en los tiempos del cólera” y otros muchos, han sido traducidos a varios idiomas en múltiples ediciones. Desde luego, Jorge Luis Borges (1899-1986), uno de nuestros escritores más reconocidos en el mundo. Creador de un universo único, pleno de sutiles referencias a la ruptura con la realidad y a la aceptación del absurdo, como una posibilidad. Cultor de lo onírico en su mejor acepción. Un verdadero innovador de la literatura. El chileno Pablo Neruda (1904-1973), un poeta cuya sensibilidad sigue conmoviendo a las nuevas generaciones. Y su compatriota Gabriela Mistral (1889-1957), excelsa poeta, a quien cupo el honor de ser la primera mujer en América latina que recibiera el Nobel. Julio Cortázar argentino (1914-1984), indagó en la psicología de sus personajes desde una perspectiva absolutamente original. Prueba de ello es la obra “Rayuela”, donde el lector se convierte en coprotagonista de la historia. Tendría que nombrar a muchos otros escritores latinoamericanos que se han distinguido en ese peculiar arte de expresar belleza en la poesía, o contar inolvidables historias, como Vargas Llosa, Juan Rulfo, Octavio Paz, Ernesto Sábato, y otros…La índole de esta nota lo impide. Hubo un recorrido inicial que, tal vez un poco arbitrariamente, situé en el Inca Garcilaso. Por suerte no se ha interrumpido, y continúa a través de nuevos escritores que nos dan la oportunidad de paladear la lectura, uno de los goces más exquisitos que, junto con las otras manifestaciones del arte, hacen tolerables las dificultades de la vida.

*Colaboración para En Provincia.
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