Por Dr. Luis Sujatovich* –
El capitalismo no democratizó la riqueza, pero consiguió extender la ambición. La posibilidad de acumular bienes continúa reservada para una minoría, aunque el deseo de tener cada vez más atraviesa hoy a casi todos. El celular ofrece una forma accesible de participar en esa acumulación. Experiencias, contactos, imágenes y reconocimiento pueden reunirse desde un dispositivo que cabe en cualquier bolsillo. La riqueza sigue concentrada. La ambición, en cambio, se ha vuelto multitudinaria.
Cuando la acumulación cambia de objeto
El mandato de acumular no abandonó los bienes materiales. Una vivienda, un automóvil o una cuenta bancaria todavía expresan posiciones sociales. Pero esa forma de riqueza convive ahora con otra, menos estable y más accesible. También se pueden reunir viajes, conocimientos, vínculos y signos de aprobación.
La experiencia ingresa así en la lógica de la acumulación. Vivir algo puede no parecer suficiente si no aumenta aquello que sabemos, mostramos o representamos ante los demás. Incluso el descanso debe convertirse en una vivencia singular y el encuentro cotidiano puede requerir una imagen que lo confirme.
Compartir permite sentir que la vida avanza. La acumulación material conserva límites evidentes. La experiencia, en cambio, parece ofrecer un territorio sin fronteras.
La posibilidad de entrar
El celular redujo el costo de ingreso a esa competencia. Casi cualquiera puede producir contenidos, mostrarse ante desconocidos o imaginar que una publicación modificará su lugar en el mundo. No todos cuentan con los mismos recursos ni reciben la misma atención. La desigualdad persiste, aunque participar parezca posible para todos.
El dispositivo no iguala las posiciones, pero aproxima las aspiraciones. Personas con condiciones de vida diferentes pueden perseguir las mismas cifras y observar los mismos modelos de éxito. La notoriedad repentina de unos pocos sostiene la promesa de que cualquiera podría conseguirla.
La democratización no está en los resultados, sino en la extensión de la competencia. Millones de personas ingresan a un espacio donde siempre existe algo más para obtener y retirarse puede vivirse como una oportunidad perdida.
Una vida que nunca alcanza
El miedo a quedarse afuera suele explicarse como una forma de ansiedad producida por las redes. Pero quizá también nos inquiete dejar pasar algo que podría sumarse a nuestra vida: una información, un vínculo, una experiencia o una ocasión de reconocimiento.
Siempre queda algo por conocer, alguien a quien seguir o una versión de nosotros mismos que podría adquirir mayor valor. Esta forma de acumulación ya no encuentra su límite en la falta de dinero. Se enfrenta a un mundo que se renueva antes de que consigamos apropiarnos de él.
En ese desplazamiento se produce la subjetivación de la acumulación: el mandato de tener cada vez más deja de recaer solamente sobre los bienes y comienza a organizar la relación con la propia vida. Quienes permanecen fuera de la riqueza no quedan fuera de su lógica. Pueden poseer poco y, sin embargo, aprender a vivir cada experiencia como una inversión en sí mismos. La riqueza continúa perteneciendo a pocos. Lo que se ha generalizado es la ilusión de acceder a su promesa mediante el consumo y la posibilidad de convertir la experiencia en valor.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.