Lectura algorítmica: leer entre múltiples contextos

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

Cada cierto tiempo regresa el mismo diagnóstico: ya no se lee, la cultura decae y las nuevas generaciones pierden capacidades. A fines del siglo XIX la preocupación estaba puesta en la prensa y las novelas populares. Después fueron la radio, la televisión, internet y las redes sociales. Cambian los soportes, no el argumento.

Quizás el problema no sea que se lea menos, sino que la lectura ocurre ahora bajo otras condiciones. No solo cambió el soporte, también cambió el entorno que acompaña cada lectura: qué aparece primero, qué se destaca, qué se recomienda y qué voces intervienen antes de que una interpretación termine de construirse.

El nuevo régimen —marcado por la simultaneidad, la urgencia y los estímulos superpuestos— desarrolla habilidades valiosas, pero no funciona del mismo modo para todas las tareas.

Dos regímenes, dos exigencias

En un libro, las asociaciones disponibles son más estables: las que el autor decidió incorporar (notas, citas, índices) y aquellas que el lector construye desde su memoria y experiencia. En la red, esas asociaciones se multiplican y se superponen: la lógica del algoritmo, los comentarios, los anuncios, las tendencias y las respuestas inmediatas intervienen en la lectura antes de que termine de formarse una interpretación.

El libro exige continuidad: sostener una idea sin recompensa inmediata. También propone un recorrido relativamente estable: una secuencia en la que cada página depende de la anterior y el sentido se construye con el paso del tiempo.

La red exige gestión de la complejidad: leer en orden invertido, evaluar fuentes en segundos, reconocer intenciones, tolerar interrupciones permanentes.

Son habilidades diferentes. El problema aparece cuando un solo régimen —el de la velocidad y la fragmentación— se convierte en el único entrenamiento posible.

El lector del siglo XIX frente a una pantalla

Imaginemos a un lector del siglo XIX, formado en la lectura lenta y enciclopédica, enfrentado a una conversación digital actual. La pantalla le mostraría lo último primero. Las respuestas aparecerían mezcladas con el contenido original. Si necesitara una hora para leer con cuidado y redactar una respuesta argumentada, llegaría tarde: el tema ya habría cambiado.

Ese lector no sería menos inteligente. Estaría formado para otro régimen cultural.

Lo mismo ocurre en sentido inverso: una persona habituada a recorrer múltiples estímulos podría sentirse desorientada frente a un texto que exige permanecer en una única línea de pensamiento.

El problema no es un formato contra otro. Es haber naturalizado la urgencia como única modalidad posible.

Una pregunta diferente sobre la lectura

La autonomía y el goce no se juegan solo en las novelas. También aparece en los contratos que firmamos, los informes que debemos comprender y las noticias que compartimos.

Leer mal un contrato puede ser más caro que no haber leído ningún libro. Y esa dificultad casi nunca aparece en los diagnósticos apocalípticos.

Porque la lectura algorítmica —fragmentada, acaso caótica— también consiste en sostener un criterio cuando todo alrededor exige velocidad.

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.

Imagen: IA Gemini.