Por Guillermo Cavia –
Hay algo triste en escuchar silbidos para Ángel Di María. Y no lo digo desde el fanatismo ni desde esa idea exagerada de que los jugadores son intocables. Lo digo porque cuesta entender cómo una sociedad puede olvidarse tan rápido de ciertas cosas.
Estamos hablando del tipo que nos hizo llorar de alegría. Del que apareció en finales que parecían imposibles. Del jugador que durante años fue señalado injustamente y que terminó teniendo una revancha que parecía escrita para una película. Hace nada más que unos años lo idolatrábamos todos. Hace nada cantábamos su nombre como si fuera propio. Y ahora alcanza un mal momento, una decisión que no gusta o simplemente el humor de una tribuna para que aparezcan los silbidos.
Y ahí es donde el tema deja de ser fútbol.
Porque el fútbol argentino tiene eso: te abraza con una intensidad única, pero también te suelta la mano muy rápido. A veces siento que no sabemos querer sin exigir. Que no sabemos agradecer sin poner condiciones. Como si todo tuviera fecha de vencimiento, incluso la memoria.
Lo más llamativo es que esto ya lo vivimos. Pasó con Messi. Pasó con tantos jugadores que primero fueron discutidos y después terminaron dándonos las alegrías más grandes de nuestras vidas. Uno pensaría que después de todo eso algo aprendimos. Que entendimos que atrás de la camiseta hay personas. Que no todo puede medirse partido a partido, reacción a reacción.
Pero no. Seguimos funcionando mucho desde el impulso. Desde el enojo del momento. Desde esa necesidad de encontrar siempre alguien a quien reclamarle algo.
Y quizás también tenga que ver con la época en la que vivimos. Todo dura poco. La emoción dura poco. La gratitud dura poco. Hoy alguien es héroe y mañana parece que tiene que volver a demostrar todo desde cero. Las redes sociales empeoraron eso: opinamos rápido, juzgamos rápido y olvidamos rápido.
Por eso los silbidos a Di María hacen ruido más allá del estadio. Porque hablan un poco de nosotros. De lo difícil que nos resulta sostener el reconocimiento cuando pasa la euforia. De cómo muchas veces somos capaces de disfrutar menos de lo que tenemos que de reclamar lo que falta.
Y sinceramente, hay algo injusto en eso.
No porque los jugadores no puedan ser criticados. Claro que pueden. Pero una cosa es criticar y otra muy distinta es perder la memoria. Hay personas que ya ocuparon un lugar para siempre en la historia de un país. Di María es una de ellas.
Porque cuando un hincha pierde la memoria, en el fondo, deja de amar el fútbol. Y empieza a consumirlo. Como si cada partido borrara el anterior. Como si una mala noche pudiera tapar años enteros de emoción, de entrega y de felicidad compartida.
El fútbol de verdad no vive solamente del presente. Vive de los recuerdos. De las lágrimas que quedaron guardadas. De los abrazos que todavía emocionan cuando vuelven a aparecer en un video. Y hay jugadores que forman parte de eso para siempre.
Di María ya está ahí. Aunque algunos silben. Aunque algunos olviden.
Estoy agradecido de que hayamos tenido a un jugador de esa calidad en la selección nacional y que aún podamos verlo jugar. No importa con qué camiseta. Verlo es suficiente.
Fotografía: Archivo web.