Por Dr. Luis Sujatovich* –
Los consumos culturales digitales están en la escuela porque ingresan con los estudiantes: con sus subjetividades, sus hábitos, sus modos de atención y de lectura. Circulan antes, durante y después del aula. Pero no con la misma libertad ni el mismo valor que tienen fuera.
La entrada de los consumos culturales no es un ingreso, es una continuidad
Cuando la escuela toma un meme, un video de TikTok o un fragmento de un juego, suele hacerlo como ilustración. El consumo se vuelve ejemplo de otra cosa: una demostración de un concepto, un gancho para captar atención, una anécdota para aliviar la clase. Lo que se pierde es el universo simbólico que le daba espesor a esa pieza cultural. Se toma la referencia, pero se abandona la trama de sentido que la sostenía. El estudiante lo percibe: lo que ahí se hace no se parece a lo que él hace cuando realmente consume.
De universo simbólico a recurso didáctico: la reducción de la experiencia cultural
Hay algo que casi nunca entra en el aula junto con el consumo: el análisis de su entorno de producción. Los algoritmos que organizan qué se ve y qué no, la economía de la atención que secuestra el tiempo, los criterios de visibilidad que premian ciertos cuerpos y excluyen otros. Estas condiciones raramente se interrogan. Se usa la plataforma, pero no se pregunta cómo funciona ni a quién beneficia. La escuela trata el consumo como repertorio, no como campo de disputa. Y en esa omisión, la dimensión política queda neutralizada: el producto se vuelve didáctico, pero no problemático.
Del goce al dispositivo pedagógico: la desactivación de la experiencia
Afuera, estas prácticas se sostienen por curiosidad, afecto o simplemente por el gusto de hacer. En la escuela, el goce se desvanece porque queda subordinado a consignas, tiempos y criterios de evaluación. El meme ya no es un objeto de risa compartida: se convierte en un ítem de una planificación divertida. Al intentar sistematizar el interés y convertirlo en mercancía educativa —en plusvalía para la asignatura—, se disuelve toda ilusión: la rutina recupera el dominio del aula.
Pertenencia y descontextualización: cuando lo colectivo se vuelve forma vacía
Estos consumos, fuera de la escuela, funcionan como marcas de identificación colectiva. Habilitan formas de pertenecer y reconocerse entre pares. Adentro, cuando se los somete a reglas ajenas a esas lógicas, su estatuto se transforma. Siguen siendo visibles, incluso valorizados, pero dejan de producir comunidad. Se vuelven versiones normadas de sí mismos: reconocibles, pero despojadas de la fuerza social que las sostenía. El objeto permanece. El vínculo se debilita.
Traducir no es neutral: lo que la escuela gana y lo que deja fuera
Ninguna de estas operaciones ocurre por falta de información o por mala voluntad. Son el efecto de una lógica estructural: para trabajar con algo, la escuela necesita traducirlo a sus propios términos. El asunto es qué se pierde en esa traducción y si aquello que se pierde no coincide, justamente, con lo que la escuela intenta enseñar.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA.