¿Y si el libro ya no es el centro?

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

Las discusiones sobre educación suelen girar en torno a objetos concretos. Periódicamente resucitan los mismos debates: prohibir los teléfonos móviles, incorporar inteligencia artificial, recuperar el libro de texto o regresar al papel y la lapicera. Sin embargo, detrás de estas posiciones se oculta una pregunta más profunda, pocas veces formulada: ¿qué modelo de conocimiento construye cada tecnología?

Ninguna tecnología es neutra

El papel, el libro y la lapicera no fueron meros instrumentos: organizaron una forma específica de producir, transmitir y validar el conocimiento. Favorecieron la lectura secuencial, la escritura individual, la permanencia de los contenidos y una concepción del aprendizaje basada en la incorporación de un saber ordenado. Durante siglos, sostuvieron la alfabetización masiva y buena parte de las instituciones modernas.

Pero toda tecnología educativa llega en paquete: junto con el material incorpora una forma de enseñar, una manera de evaluar y una idea acerca de qué significa aprender. No solo amplía nuestras posibilidades; también delimita aquello que una época considera valioso enseñar.

El problema no son los materiales

Cuando hoy se defiende el papel frente a las pantallas, o el libro frente a la inteligencia artificial, no se está defendiendo únicamente un soporte físico, sino todo un entramado de prácticas construidas a su alrededor: metodologías, rituales de evaluación y concepciones del saber que conforman un mismo ecosistema.

El error consiste en creer que alguno de estos ecosistemas representa la forma natural o definitiva de enseñar. El libro no fue eterno; tampoco lo serán las plataformas digitales ni la inteligencia artificial. Cada tecnología responde a un momento histórico y organiza una manera particular de producir, transmitir y legitimar el conocimiento. Por eso, la tarea de la escuela no debería ser sustituir un paquete por otro, sino comprender las posibilidades y los límites de cada uno.

Lo que queda fuera del paquete

Esta discusión adquiere otra dimensión con la irrupción de la ciudadanía digital. Comprender el funcionamiento de los algoritmos, la circulación de la desinformación, los intereses que gobiernan las plataformas o la construcción de una identidad digital no supone simplemente aprender a usar nuevas herramientas. Implica comprender el entorno político, económico y cultural en el que transcurre una parte creciente de la vida social.

Y aquí surge una pregunta incómoda: si la escuela continúa organizada casi exclusivamente en torno al mundo construido por el libro y la escritura, ¿desde qué horizonte enseñará a comprender este nuevo escenario? ¿Es posible formar ciudadanos digitales sin convertir la cultura digital en un objeto de conocimiento, en un contenido digno de ser pensado y no solo consumido?

La cultura digital produjo un desplazamiento comparable al que Copérnico introdujo en la astronomía. El libro no desapareció ni perdió su valor; lo que dejó atrás fue la posición privilegiada desde la cual, durante siglos, organizó la producción, circulación y legitimación social del conocimiento. Seguir enseñando como si ese desplazamiento no hubiera ocurrido es, quizás, una de las mayores limitaciones de la escuela contemporánea.

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.

Imagen: IA Gemini.