Si un algoritmo lo hace en segundos, el problema es la consigna

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

Si una actividad puede resolverse en segundos mediante un sistema generativo, el problema no está en la herramienta, sino en la consigna. Resulta muy común que las tareas propongan una reproducción de información o una síntesis sin exigir responsabilidad argumentativa; no requieren que quien las realiza tome posición, sostenga un razonamiento propio o confronte la complejidad de un problema. Acaso allí resida el núcleo del conflicto que suscita el uso de la IA: la ausencia de una reflexión pedagógica que sostenga las prácticas más allá de los imperativos didácticos que confunden productividad técnica con aprendizaje significativo.

Copiar y pegar: la misma práctica, otra oportunidad

Antes de la irrupción de la IA, ya existía una práctica extendida: buscar información en internet, seleccionar un fragmento y pegarlo sin procesarlo. Esa operación —copiar y pegar— no exigía detenerse sobre lo copiado. Con la IA, en cambio, reproducir un texto sin intervención propia es igual de vacío, pero al menos quien interactúa con ella —aunque sea tentativamente, aunque sea mal— enfrenta un momento que el copiado clausura: tiene que decidir qué aceptar, qué reformular y qué descartar. Ese instante, por mínimo que sea, es formativo. Quien sigue copiando y pegando ni siquiera accede a eso.

Desconfianza generalizada: el emergente conservador

Por primera vez, una tecnología de vanguardia está al alcance de millones de personas, pero la reacción más extendida no es la expectativa sino la desconfianza. Las críticas y especulaciones negativas predominan por sobre el optimismo, en un arco que atraviesa a docentes, dirigentes e intelectuales. Este fenómeno refleja un movimiento conservador que protege posiciones consolidadas frente a cambios percibidos como disruptivos. La resistencia no es solo pedagógica: implica decisiones sobre quién accede al conocimiento, cómo se distribuye y qué posibilidades de participación se reconocen. En este sentido, la discusión sobre la IA se convierte en un termómetro de tensiones sociales más amplias, que interpelan el modo en que las instituciones y la sociedad organizan la producción y circulación de la información.

La música, el cine y la medicina ya lo entendieron

La pregunta no es cómo evitar que los estudiantes usen inteligencia artificial, sino qué lugar asumirá el docente cuando la dominen mejor que él. La IA no va a reemplazar a todos los docentes; sólo a quienes no sepan incorporarla. Enseñar implica ahora diseñar situaciones donde la creatividad, el juicio y la responsabilidad dialoguen con el algoritmo, no que lo excluyan.

Si producir textos dejó de ser una capacidad exclusivamente humana, la enseñanza no puede reducirse a exigirlos sin la asistencia de una IA. ¿Acaso la música, la medicina, el cine o la industria prescinden de la tecnología que tienen a disposición? La integración de herramientas no disminuye el oficio: lo redefine.

La tecnología avanza con independencia de nuestras reservas. La decisión pendiente no es si la aceptamos, sino qué tipo de práctica estamos dispuestos a transformar.

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.

Imagen: IA.