Por Dr. Luis Sujatovich* –
Cada época inventa su manera de organizar el mundo. Hubo un tiempo en que los medios masivos estructuraban el flujo comunicativo como un circuito ordenado: emisores centrales, mensajes unidireccionales, audiencias definidas. Hoy esa arquitectura se derrumbó. La vida se despliega en un espacio distinto, más difuso e íntimo, donde trabajamos, debatimos, buscamos compañía o nos distraemos sin movernos del sillón. La red dejó de ser un pasatiempo: es un territorio cotidiano, un hábitat que habitamos incluso cuando creemos haber salido. Allí, donde la comunicación recupera su caos multidireccional, nuestra identidad se ajusta, se expone y, a veces, se extravía.
La estructura invisible
Este territorio no es una llanura. Es una estructura surcada por pasillos invisibles e iluminada por señales que guían, sin que lo sepamos, nuestra circulación. Su arquitectura secreta son las plataformas, los algoritmos y las interfaces: el esqueleto que ordena, desde la sombra, nuestra vida digital. Creemos elegir lo que vemos, pero lo que aparece frente a nosotros responde a lógicas que combinan diseño, negocio y cultura. No es manipulación total ni destino inevitable: es una forma de ordenar la experiencia.
En este hábitat estructurado, el rol del usuario se redefine: ya no es solo un habitante, sino también un arquitecto incidental. Se convierte en un prosumidor, una figura que produce tanto como consume, alimentando con su actividad la misma estructura que lo guía. Pero esta igualdad es aparente: algunos logran visibilidad y poder, mientras otros apenas dejan rastros en la corriente infinita del feed. La red parece horizontal, pero su arquitectura nunca lo es. Jerarquías invisibles y algoritmos que premian ciertas conductas dibujan un mapa donde la participación es fugaz y la adhesión, efímera.
Subjetividades en movimiento: entre el vértigo y la búsqueda de sentido
Frente al ritmo acelerado y a la disponibilidad permanente, saturados por estímulos incesantes que agotan nuestra atención, el goce inmediato se ha convertido en el garante de nuestra subjetividad digital. El like, el comentario o el reel son la pequeña recompensa que certifica que estamos aquí, que somos visibles, y alivia, fugazmente, la incertidumbre de ser. No es solo entretenimiento; es la respuesta cultural a la ausencia de los grandes relatos que antes organizaban el sentido.
Habitar la incertidumbre
Esta respuesta, sin embargo, se despliega en un hábitat que no viene con manual de instrucciones. No hay plano que nos diga cómo movernos entre algoritmos, perfiles y contenidos fugaces; solo intuición, costumbre y, a veces, incomodidad. Quizás eso defina mejor nuestra experiencia digital: no un espacio que dominamos, sino uno que vamos conociendo mientras lo vivimos. La promesa de conexión absoluta convive con una sensación de extrañeza permanente. Habitar, al fin y al cabo, no es solo ocupar un espacio, sino aprender a vivir en él, incluso cuando el terreno se transforma más rápido que nuestra capacidad de asimilarlo. Vivimos, así, en una paradoja: más conectados que nunca, pero habitando una casa común cuyas paredes son transparentes y cuyos cimientos se reconfiguran con cada clic.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Fuente de la imagen: IA: Copilot