La IA y nuestra necesidad de sentirnos únicos

Profesor Por Dr. Luis Sujatovich* 

La aparición de la inteligencia artificial generativa produjo una reacción difícil de explicar solamente por sus riesgos concretos. El plagio, la automatización del trabajo, los errores son problemas, pero quizás no alcancen para comprender la intensidad de la fascinación y el rechazo. Hay algo inquietante en comprobar que una creación humana puede realizar algunas de las operaciones que utilizábamos para definirnos. Durante siglos construimos identidad mediante diferencias. No somos simplemente naturaleza porque tenemos cultura; no somos como los demás animales porque poseemos lenguaje, razón y capacidad de creación. Aunque aceptamos que no ocupamos el centro del universo y pertenecemos al reino animal, siempre pareció quedar algo que solamente nosotros podíamos hacer.

La comparación invertida

La inteligencia artificial realiza algunas de esas operaciones con mayor velocidad y escala que una persona promedio. Esto no significa que sea humana ni superior a nosotros. Pero en ciertas capacidades con las que señalábamos nuestra diferencia, comenzamos a quedar del lado limitado de la comparaciónNuestra relación con la naturaleza se construyó desde la posición contraria. La incapacidad de otros seres para escribir, argumentar o producir cultura contribuía a confirmar nuestra excepcionalidad. Ahora una creación de nuestra cultura nos devuelve esa mirada.. La incapacidad de otros seres para escribir, argumentar o producir cultura contribuía a confirmar nuestra excepcionalidad. Ahora una creación de nuestra cultura nos devuelve esa mirada. La creatividad, la sensibilidad, el cuerpo, la conciencia o el deseo aparecen como nuevas fronteras. Todas pueden ser relevantes. Pero quizás resulte más interesante nuestra persistente necesidad de encontrar alguna.

Las palabras con las que estamos hechos

El lenguaje vuelve el problema más complejo. No es solamente una capacidad que poseemos: es un medio con el que hacemos inteligible la realidad. Nacemos dentro de palabras, relatos y categorías que nos preceden. Con ellas aprendemos qué significan la familia, el amor, la muerte y nosotros mismos. La inteligencia artificial no inaugura la mediación entre nosotros y el mundo ni inventa la ficción o el engaño. La literatura, el teatro y la prensa conocen esas posibilidades. La novedad está en que una tecnología interviene crecientemente en la producción de los signos con los que interpretamos la realidad.

Esos signos tampoco se limitan a representarla. Nos emocionan, persuaden, organizan recuerdos y ofrecen formas de comprendernos. Producimos palabras, pero también somos parcialmente producidos por ellas. La IA no necesita experimentar el mundo como nosotros para intervenir en ese circuito: puede producir aquello que luego nos afecta e incorporamos.

Una creación que vuelve

Tal vez por eso nuestra relación con la inteligencia artificial combine fascinación y temor. Hemos construido una tecnología capaz de operar en un territorio que utilizamos para diferenciarnos de la naturaleza, comprender el mundo y construir subjetividad.

La IA sigue siendo una creación humana: surge de nuestra técnica, nuestra cultura y nuestros textos. Pero ahora vuelve sobre sus creadores y participa de la producción simbólica de la que también somos consecuencia.

Quizás la pregunta ya no sea qué puede hacer la inteligencia artificial que nosotros no podamos hacer, sino otra: ¿qué ocurre cuando automatizamos parcialmente la producción de aquello con lo que construimos quiénes somos?

*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.

Imagen: IA Gemini.