Por Guillermo Cavia –
Argentina perdió una final del mundo. Nos ha pasado en la historia reciente más de una vez. Sin embargo, frente a este equipo que nos llevó hasta esta instancia, lo que siento es una enorme gratitud.
Sucede que nos acostumbró a pelear hasta el último partido. Incluso nos hizo creer que otra estrella era posible. Dejamos de mirar las tres estrellas sobre el escudo para volver a levantar la vista hacia la Cruz del Sur.
Siento un profundo agradecimiento hacia cada uno de los jugadores, hacia el cuerpo técnico y, en lo personal, una inmensa gratitud hacia Lionel Messi.
Hay que tener memoria. Messi llegó a tres finales del mundo. Perdió una, ganó otra y volvió a llevar a la Argentina al partido más importante del planeta. Ningún otro jugador de nuestra historia condujo a la Selección a semejante nivel de competitividad durante tanto tiempo. Lo hizo siendo capitán, líder silencioso, ejemplo de profesionalismo y, para mí, el mejor jugador que haya pisado una cancha.
Hoy deja de ser el campeón del mundo vigente. Pero no deja de ser el campeón que nos devolvió la ilusión. El hombre que terminó con 36 años de espera. El que nos regaló dos Copas América, la Finalissima ante Italia y el Mundial. El que, con trabajo, honestidad, perseverancia y sacrificio, transformó una generación marcada por las frustraciones en una generación eterna.
Creo que el mayor legado de Messi ni siquiera son los títulos. Es haber naturalizado lo extraordinario. Nos acostumbró a que Argentina estuviera siempre entre los mejores. Nos hizo pensar que jugar una semifinal era lógico y que disputar finales era casi una obligación. Qué privilegio para millones haber vivido esa normalidad imposible. Un superhéroe de carne y hueso al que pudimos ver cada fin de semana con la camiseta celeste y blanca.
Hay generaciones enteras que crecieron convencidas de que el mejor futbolista del mundo vestía la camiseta de la Selección Argentina. Y tenían razón.
Siento que tuvimos la inmensa fortuna de ver jugar al más grande de todos los tiempos. No solo porque lo respalden las estadísticas, los récords o los títulos. Sino porque nadie interpretó este deporte con tanta belleza, tanta inteligencia y tanta constancia.
Por eso creo que si hoy Argentina llora, no es solamente por una final perdida. Llora de emoción, de orgullo y de agradecimiento. Porque tuvimos la suerte de vivir la era de Lionel Messi.
Gracias, Lionel.
Por hacernos soñar. Por hacernos campeones. Por llevarnos a tres finales del mundo. Por tantas emociones. Gracias, gracias, gracias, gracias.