Por Dr. Luis Sujatovich* –
Solemos imaginar que el ejercicio político se agota en las urnas, los debates o las marchas. Pero hay otro territorio, más íntimo y cotidiano, donde también se juegan dimensiones decisivas de lo político: el tiempo libre. Lo que vemos, escuchamos o leemos no es solo un pasatiempo inofensivo: allí se trabaja sobre la subjetividad, y esa operación, aunque lateral, es política. No porque cada práctica cultural sea portadora de un mensaje ideológico explícito, sino porque en ellas se sedimentan formas de sensibilidad, esquemas de percepción y disposiciones afectivas que inciden en la manera en que se interpreta el mundo.
Descansar no significa desconectar del sentido común
El ocio tiene una cualidad paradójica: su apariencia liviana no debilita la eficacia de sus discursos. En esa ligereza se juega, en parte, su potencia. Celebrar burlas que desarman ciertas conquistas sociales, acompañar series que romantizan la precariedad o festejar ficciones donde el especulador aparece como héroe suele vivirse como simple entretenimiento. El ocio, por lo tanto, es un espacio privilegiado de experimentación, reconocimiento y refuerzo de ideas, proyectos y deseos que no se inscriben de modo evidente en “lo político”, pero que configuran identidades, preocupaciones y estilos asumidos como personales, aunque operan en la producción social de sentido. Más que transmitir consignas, el ocio normaliza climas, habilita ciertos imaginarios y vuelve verosímiles determinadas formas de vida, al tiempo que vuelve opacas o impensables otras.
Estructuras de oferta y agencia del público
La tradición crítica —desde la Escuela de Frankfurt hasta buena parte de la crítica cultural contemporánea, en distintas disciplinas y geografías, con autores como Byung-Chul Han o Eric Sadin— tiende a leer los consumos culturales en clave de dominación, alienación o manipulación. En estas perspectivas, la industria cultural aparece como un dispositivo central de organización de la experiencia, capaz de orientar deseos, expectativas y modos de percepción.
Sin embargo, deshabilitar a los sujetos para dejarlos reducidos a meros instrumentos de manipulación resulta insostenible desde un enfoque comunicacional contemporáneo. Los consumos culturales se configuran como prácticas activas de apropiación, selección e interpretación que, aun inscriptas en marcos industriales, no pueden ser pensadas como simples efectos pasivos de esos dispositivos. En ese sentido, requieren una indagación conceptual que los posicione en un espacio de tensiones y vinculaciones, y no meramente en un régimen de efectos. Lo relevante no es negar la mediación de las plataformas, los algoritmos o los mercados, sino comprender cómo esas mediaciones se articulan con trayectorias, saberes previos y contextos de uso que reconfiguran constantemente los sentidos en juego.
El catálogo nunca es todo lo que hay
Si los consumos culturales no pueden reducirse ni a una lógica de manipulación total ni a un espacio de libertad pura, entonces el problema no es denunciar conspiraciones ni desconfiar de cada sugerencia. Tampoco aspirar a un consumo cultural “correcto”. La invitación es más simple y menos solemne: habitar el tiempo libre con menos ingenuidad, preguntarse qué tipos de historias se repiten, qué voces escasean, qué formas de vida se vuelven familiares. No para vigilar el entretenimiento, sino para advertir que allí —donde creemos elegir sin mediaciones— se juega una economía del sentido que organiza lo visible, lo decible y lo deseable en una época.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Fuente de la imagen: https://www.revistamercurio.es/2023/09/26/tecnologia-y-tiempo-libre-como-nos-ha-conquistado-el-ocio-digital/