Por Elvira Yorio* –
Hay personas que disfrutan experimentando emociones fuertes. Por ejemplo: Ernest Hemingway, sin estar obligado, participó en tres guerras (incluso fue herido); emprendió safaris de caza de fieras salvajes en África; intevino en corridas de toros; practicó pesca de altura en mar abierto… Es decir, estaba en permanente búsqueda del peligro tangible. Otros, procuran conectarse indirectamente con ese tipo de sensaciones extremas, evitando el enorme riesgo que conllevan. Entonces las viven de “segunda mano”, por así decirlo, o sea, a través de un relato, en el que alguien les describe, con el mayor realismo posible, azarosas aventuras. Ya sea inspirados en crónicas policiales, o en sucesos reales, o fruto de su fértil inventiva. Surge así ese género narrativo, la novela policial o la novela negra. Ya en el siglo XVIII, el terror se enseñorea en la novela gótica “El castillo de Otranto” (1764), de Horace Walpole, está entre las primeras exposiciones sobre esos temas, que adquirieron rápida fama. Casi un siglo después, haría irrupción en el panorama literario un eximio escritor que ganó enorme notoriedad: Edgard Allan Poe. Su libro “Los crímenes de la calle Morgue” (1841), constituye el inicio de las narraciones que describen investigaciones de crímenes de difícil resolución. Creó un personaje singular, el detective Dupín, de gran inteligencia, quien, con su capacidad de deducción lógica, devela los más extraños enigmas. No es policía profesional, sino un brillante investigador amateur. Lo interesante es que el planteo del misterio, también intriga al lector quien-por su cuenta- trata de resolverlo… Otras obras que protagoniza ese detective son: “El misterio de Marie Rogét” y “La carta robada”. En muchos cuentos hace gala de su fantástica inventiva. Por ejemplo, en “El escarabajo de oro” dedica parte del texto a descifrar criptogramas y códigos secretos. En “Tú eres el hombre”, aporta un planteo original, e inédito hasta ese momento: incorpora la figura del falso culpable, con todas las contradicciones que esta situación suscita, rayana en lo farsesco. Poe es considerado un clásico en el género, un magistral cultor del suspenso en su más elevada expresión.
Si de estimular adrenalina se trata, la narrativa apela a historias de violencia, sadismo, situaciones paranormales, hasta conflictos psicológicos de seres humanos o monstruos de laboratorio. Así como Poe creó a Dupin, unos años después, Arthur Conan Doyle inventó un detective, que habría de ser más famoso que su propio creador. Sherlock Holmes, se luce en “El sabueso de los Baskerville” y en todos los libros de cuentos que encarnó, traducidos a muchos idiomas y leídos en todo el mundo. Una anécdota peculiar, refiere que Doyle decidió no escribir más sobre el detective e intentó “matarlo”. Lo hizo morir en una obra (“El problema final” 1893), pero años después, ante la fenomenal presión ejercida por sus lectores, tuvo que resucitarlo. (Colección “El regreso de “Sherlock Holmes”).
En las primeras décadas del siglo XX, se comienza a difundir una variante del policial: la novela negra, que pretende formular un cuestionamiento crítico al sistema. No es casual que tomara auge en Estados Unidos, en tiempos de la ley seca. Épocas de connivencia de la policía con las mafias, de desvíos políticos… Hay varios escritores que cultivaron ese género, destacándose, Raymond Chandler (1939). Este autor, vaya a saber si por misoginia u otra oculta razón, acostumbraba a caracterizar mujeres asesinas. Atractivos, dulces e ingenuos personajes, que, en algún momento, seducían a eventuales oponentes, demostrando una refinada maldad. Es sorprendente que, en siete de sus novelas principales, el criminal directo, la instigadora, o la mente que trama el crimen, fuera una mujer. Por el contrario, inventó un detective, Philip Marlowe, que buscó diferenciar de los detectives que antes fueran famosos: dotado de un cierto cinismo, era un ser solitario, poco sociable, pero poseedor de un código ético y, pese a su aparente desfachatez, un individuo sensible que, aún en las situaciones más extremas, ostentaba rasgos de caballerosidad.
Sin duda, una escritora superinteligente que captó multitudes de lectores con su extraordinaria narrativa, obligándolos a exprimir el cerebro, fue Aghata Christie. Prolífica narradora, cuya novela “El asesinato de Rogelio Ackroyd (1926) es un insuperado modelo del género policial. Luego escribió otras, igualmente extraordinarias, como “Asesinato en el Orient Express” (1934) donde el investigador Henry Poirot, despliega todo su sutil raciocinio. Genial relato en el que se justifica un crimen cometido mediante doce puñaladas. Por eso, aunque Poirot no falla, y descubre la autoría, en el caso, y por excepción, desdeña la ley. También pergeñó a Miss Marple, investigadora no convencional, entrañable personaje, soltera, mayor, que resuelve los conflictos más intrincados con paciencia, memoria e intuición. Christie es autora de muchas obras, que merecen ser leídas hoy, por el ritmo y agilidad narrativa que aún conservan.
Los amantes del género se deleitaron durante mucho tiempo con la colección recopilada y dirigida por Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. El nombre de la colección “El Sétimo círculo”, hacía alusión a la “Divina Comedia”, porque, precisamente en ese infierno, Dante confinó a los violentos. Lo cierto es que se publicaron más de trescientos títulos, con singular suceso. El gran mérito, fue dar a la página a escritores nunca difundidos en nuestro medio. Como alguna vez reflexionara Borges: la novela policial, se asemeja a un juego de ajedrez, en el cual el propio lector puede mover las piezas y resolver un crimen, planteado como una estrategia mental.
Una de las novelas más aclamadas en el siglo XX, fue “El talento de Mister Ripley” (1955), de Patricia Highsmith, cuya caracterización psicológica del asesino, amoral y ambivalente, innovó las reglas de la literatura policial y tuvo varias exitosas versiones cinematográficas.
__En 1973, Osvaldo Soriano, periodista y escritor argentino, publica su primera novela. “Triste, solitario y final”. Es una original parodia que no puede ser considerada estrictamente como una novela negra, aunque hace referencia al género, mezclando hábilmente elementos de diferentes obras e incursionando en el surrealismo. El propio autor se incluye a sí mismo en la trama, como uno de los personajes, interactuando con otros de la novela americana. Vale la pena releerlo.
Hay un denominado índice de paz global, que maneja estadísticas sobre la criminalidad en los distintos países. Finlandia, Islandia, Nueva Zelanda, Dinamarca…se ubican entre aquellos con más bajas tasas de delitos. Resulta insólito, al menos para nosotros, que la policía de Islandia no use armas de fuego. Traigo esto a colación porque pareciera raro que el género policial, novela negra, se produzca en esos ambientes. Sin embargo, existe la “nordic noir”, por ejemplo, Matti Yrjänä Joensuu (1948-2011), fue miembro de la policía de Helsinski durante varias décadas. Un cuerpo profesional cuya organización difiere del entrenamiento que reciben otros en el mundo. Su primera novela (1976) lo llevó a la fama, de la mano del detective que ideó: inspector Timo Harjunpää, personaje honesto, algo depresivo, de buenos sentimientos, que guarda grandes similitudes con el escritor. Es evidente que su propia experiencia influyó mucho en la composición de este personaje. Lamentablemente son pocas las obras de este autor traducidas al español. Entre ellas, “El sacerdote del mal” (2003), récord de ventas y llevada al cine con enorme suceso en 2010.
El policial tradicional se centra en descubrir la autoría del crimen. Hay, sin embargo, novelas del género que demoran su narrativa en tratar de explicar el proceso, sin conferir tanta importancia a resultado. Ejemplo de ello son las del malogrado autor sueco Stieg Larsson. En esa trilogía que comienza con “Los hombres que no amaban a las mujeres” (2005), la protagonista, Lisbeth Salander, es una muchacha rebelde, no convencional, que coquetea con el delito (hacker), no rehúye el peligro, y trabaja incansablemente para satisfacer sus ansias de venganza como víctima de antiguos abusos. Mikael Blomkust (¿alter ego de Larsson?) es un prestigioso periodista de investigación, con firmes convicciones éticas. Me impresionó la narración como el retrato de una Suecia que habitualmente se procura no mostrar. Desde esa perspectiva podría constituir una denuncia de su autor, contra un régimen que no tenía debidamente organizado un sistema para protección de menores y mujeres. Luego de la publicación de esta trilogía, se abrió un arduo debate sobre esos temas. Además, contribuyó a revitalizar al periodismo de investigación, reconociendo el importante aporte que implica para la justicia, en la resolución de casos judiciales.
Según los escritores argentinos María Inés Krimer y Horacio Convertini, ambos cultores del policial negro, asistimos a una persistencia del género en nuestro país y en el mundo. En un reportaje, ambos coincidieron en señalar que la orientación actual, no solo se dirige construir un crimen y descubrir al autor, sino que tiene también importantes proyecciones encaminadas a demostrar su incidencia en la descomposición nuestra sociedad.
No es casual que Convertini haya estado al frente de la sección Policiales de Clarín, durante dos décadas. Quizás inconscientemente, esos datos que manejó a diario durante tanto tiempo, fermentaron en su imaginación y se convirtieron en sus laureadas novelas. Con” La soledad del mal” (2012), ganó un importante premio en España. Otros títulos son: “El último milagro” (2013) y “La exactitud del dolor” (2024). ¿Por qué éste es un género que siempre está de moda, y sigue cosechando adeptos? Las respuestas pueden ser varias: Permite al lector asomarse al horror sin horror, porque es un texto de ficción; Ejercita la mente, estimulando deducciones y razonamientos inusuales; Entretiene más que otro tipo de relatos pues debe sostener una tensión irresuelta hasta el fin; Contiene las mejores descripciones…
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*Colaboración para En Provincia.
Fotografía: https://pixabay.com