Por Dr. Luis Sujatovich* –
Existe una tendencia persistente en nuestras discusiones educativas: lo que viene de afuera suele llegar con una legitimidad anticipada. Antes de analizar una experiencia, la recibimos como modelo; antes de revisar sus condiciones, asumimos que sus respuestas pueden aplicarse a nuestra realidad.
El problema no está en mirar otras experiencias ni en negar que de ellas se pueda aprender. La dificultad aparece cuando una respuesta nacida en un contexto particular se transforma en receta general. Ese mecanismo fue analizado por Arturo Jauretche como colonización intelectual. Enrique Dussel señaló un punto más profundo: no se trata solo de copiar, sino de que una experiencia histórica se presente como criterio universal y desplace otras formas de comprender los mismos problemas.
El suelo desde donde pensamos
Toda forma de conocimiento nace desde una ubicación concreta. Rodolfo Kusch lo expresó con una pregunta decisiva: ¿desde qué suelo se piensa? No hay pensamiento desprovisto de coordenadas.
Por eso, trasladar una solución educativa sin revisar el problema que la originó no es innovación. La tecnología no llega a escuelas abstractas: llega a instituciones situadas, atravesadas por desigualdades, historias y necesidades diversas. No existen escuelas en general, sino escuelas con nombres, barrios y trayectorias concretas. Un mismo dispositivo puede ser distracción o puerta de acceso. Depende del suelo donde cae.
El caso sueco
Suecia fue presentada durante años como el futuro de la escuela digital. Luego llegó el giro: menos celulares, más libros. La noticia recorrió el mundo como confirmación: la tecnología era el problema.
Pero la pregunta relevante es otra: ¿por qué una discusión surgida en un sistema con infraestructura consolidada se transforma en explicación universal para contextos donde un celular puede ser la única herramienta de acceso? No es lo mismo analizar el exceso de pantallas que enfrentar problemas básicos de conectividad. Confundir esos planos es un error epistemológico, no solo metodológico.
Tecnología: un debate recurrente
La calculadora iba a destruir el aprendizaje matemático; la televisión, la lectura; Internet, la concentración. Cada época encontró una herramienta a la que atribuirle una mutación cultural. El pánico moral, en educación, es más antiguo que cualquier pantalla.
Ninguna tecnología eliminó la capacidad de pensar. Como advertía Edith Litwin, las formas de operar con rapidez no son exclusivas de las tecnologías, sino de la cultura en la que se inscriben. Las tecnologías no inventaron la inmediatez: la hicieron visible.
La asimetría del diálogo
El problema es que este intercambio rara vez ocurre en condiciones recíprocas: algunas sociedades producen modelos, otras quedan en el lugar de quienes deben adaptarlos. No es un intercambio entre pares, sino una circulación jerarquizada de ideas. Quienes funcionan como referencia piensan desde sus propias condiciones. La alternativa no es rechazar lo que viene de afuera, sino aprender a traducir: preguntarse qué puede dialogar con nuestro suelo y qué no.
Sin embargo, aceptamos esa asimetría como si fuera natural. Creemos entablar un diálogo cuando apenas repetimos un monólogo que nunca fue formulado para nosotros. Cuesta imaginar una forma más sutil —y persistente— de continuidad del colonialismo.
*Docente e investigador – Colaboración para En Provincia.
Imagen: IA Gemini.