Codicia, mentira: pecados que no pasan de moda

Por Elvira Yorio* –

Camina sigilosamente y mira de soslayo a su acompañante habitual. Se han hecho inseparables. Una es tan fea como la otra, sin embargo, ambas ostentan falsas sonrisas, para disimular ese defecto. Son ellas, la Codicia y la Mentira. ¿Cuándo fue que se unieron tan estrechamente? Parece que desde siempre o casi siempre. La mentira es muy altanera, porque sabe que la otra la necesita a menudo para alcanzar lo que ambiciona.

¿Puede alguien matar a sus padres para heredarlos? ¿Se concibe que un médico haga falsos diagnósticos a sus pacientes, para impartirles un costoso tratamiento que los perjudicará? ¿Es creíble que alguien traicione a su mejor amigo, para quedarse con la parte de la sociedad que integran? ¿Es posible entender que se niegue a un hermano, disputándole bienes sucesorios? ¿Cabe aceptar la existencia de políticos que pisotean los valores que ellos mismos sustentaron para ser electos, solo por apetencias materiales y ansias de poder? ¿Es factible que algunos empresarios engañen al consumidor respecto de los productos que venden? Idénticos interrogantes cabe formular en la macro escala: las guerras, las revoluciones, las invasiones para acumular poder y posesiones, aún algunas epidemias, también tienen, como las acciones individuales, un común denominador: la codicia. Cabe preguntarse si la guerra no es un pingüe negocio. Está probado en la mayoría de los casos, que es la codicia y no el patriotismo lo que la provoca.

La codicia es definida (RAE) como el deseo vehemente de dinero, posesiones o propiedades. Y podría agregarse también, poder. Para concretar esa desmedida ambición, no se repara en medios. Se echa mano a cualquiera que se considere idóneo a tal fin. Esa insaciable sed de atesorar bienes materiales, se suele acompañar con el afán de dominación. Y esa desmesura, conduce a cometer los actos más inicuos. Como acertadamente la calificara André Maurois: es “el origen de todos los males.”

La religión y el Derecho, intervienen desde cada ámbito que les es propio, tratando de contrarrestar ese flagelo. En el primer caso, a través una regla moral. Pero, en el campo jurídico, se traduce en normas de protección del patrimonio individual, en las que -por encima de la consideración ética- prevalece un sentido utilitario. Cuando alguien se apodera ilícitamente de bienes ajenos, es castigado por imperio de lo dispuesto en la ley penal, para los delitos de estafa, fraude, peculado, usurpación…

 Todas las religiones, las orientales, las abrahámicas, el judaísmo, el hinduismo, el budismo, el Islam, y el Cristianismo, se han ocupado de este tema, y también del otro, que funciona como una especie de correlato: la mentira. En efecto, codicia y mentira suelen estar aparejadas. El codicioso, miente para obtener el objeto deseado. Necesita convencer, entonces se vale de todas las formas posibles que reviste el engaño.

La codicia y la mentira, se manifiestan en muchos actos humanos, tanto particulares, como aquellos que afectan a la comunidad, por emanar de funcionarios públicos, que traicionan el mandato otorgado por la ciudadanía.

Ortega y Gasset advirtió, hace mucho tiempo, que “el imperio de la política es el imperio de la mentira”. Creo que el ilustre pensador se refería a esa “historia oficial”, que suele inventar y difundir el Estado a través de sus distintos estamentos. Desde alteración de estadísticas, hasta expropiaciones injustificadas, ocultamiento de datos o su tergiversación, aceptación de sobornos, prevaricato, enriquecimiento ilícito, negociados incompatibles con la función etc. quedan ocultos bajo la apariencia de actos legales. Pero más allá de la gravedad de estos hechos en sí mismos, lo que resulta doloroso e inadmisible es la naturalización que se ha operado en la sociedad, que los justifica, o simplemente se desentiende de esas situaciones, cayendo en la indiferencia cómplice. En el siglo pasado Packard dio la voz de alarma por tal actitud que, a su entender, deprecia la moral pública.

Cuando un candidato o un funcionario público es “comprable”, tal como un objeto de consumo, el debate de ideas se sustituye por la manipulación de la mente del ciudadano, con todos los peligros que ello conlleva.

En el campo empresarial el panorama es similar. Siempre recuerdo aquel libro del mencionado Vance Packard, “Las formas ocultas de la propaganda” (1957), pionero en la investigación sobre la manipulación de la mente de los ciudadanos, realizada por las empresas de publicidad, y también en las dedicadas a las relaciones públicas. Desde la psicología, hacen un estudio completo del subconsciente del público, con el objetivo de motivar sus decisiones, de acuerdo a intereses comerciales o políticos. De ese modo, en conocimiento de cuáles son las principales necesidades subconscientes de la gente, implementan la campaña de propaganda. Entonces, se trabaja: desde la reafirmación social del individuo, a quien le hacen creer, que la posesión de ciertos objetos puede conferirle status, hasta convencerlos de la adquisición de productos que gratifican al ego, hay una vasta gama de ofertas cuidadosamente planificadas. Las tácticas son muchas. Así como en las cosas de uso y consumo, se procura una presentación atractiva que despierte el interés del consumidor, también, cuando lo que se quiere promocionar es un político, se recurre a mejorar la imagen, tanto física como intelectual y moral, apuntando a aquello que, presuntamente, la gente pretende. Detrás de todo ese entramado, se encuentra la codicia, ésa, de la que Sócrates decía: condena al hombre a una desgraciada insatisfacción perpetua. Por su parte, Platón (La República) afirmó que la codicia de los gobernantes, destruye las ciudades y conduce a la tiranía. 

En la literatura, la codicia ha sido un tema abordado por muchos escritores. De perdurable memoria es “El mercader de Venecia”, donde Shakespeare describe el extremo al que puede llegar la codicia. También lo hace en Macbeth. Moliere se hizo famoso a través de su novela “El avaro”, componiendo un personaje antológico, que antepone la satisfacción de necesidades materiales, a su deber y sentimiento paternal. Dostoievski escribió “Crimen y castigo”, en esa apasionante narración, el protagonista comete un crimen por codicia, y aunque nadie le imputa el delito, un abrumador sentimiento de culpa le impulsa a confesar. En este presente caótico y materialista que vivimos, parecería que todo crimen podría justificarse, al menos quienes lo perpetran, así lo creen: escasea la responsabilidad moral. Hermann Hesse en su magnífico libro “Siddhartha” describe a un hombre que, pese a ser sabio, en un momento de su vida experimenta el poder destructor de la codicia, como una enfermedad espiritual. El protagonista, cuyo nombre da título a la obra, después de una etapa de profunda introspección espiritual, comienza a ejercer el comercio como entretenimiento. Sin darse cuenta, se va contaminando de ambiciones mundanas. El resultado de este tránsito hacia el materialismo más absoluto, se traduce en una grave depresión, que lo acerca peligrosamente a la idea del suicidio. Se desprecia a sí mismo al haberse dejado ganar por la codicia y, por segunda vez en su vida, abandona todas sus posesiones terrenales y retoma su vida ascética. Es posible que el autor, intentara demostrar a través del relato que, del peligro de la codicia, ni los sabios están exentos.

También la mentira, íntima amiga de la codicia, es peligrosa. Aunque, como es muy popular, no se le asigna tanta importancia.  Se estima, según estudios científicos, que el ser humano comienza a mentir desde los dos o tres años de vida.  En esos casos, no puede hablarse de defecto moral, sino de un medio necesario para la adaptación. En su Evangelio apócrifo, Borges afirmó que no hay hombre que, al cabo del día, no haya mentido con razón muchas veces. En esa recreación del “Sermón de la montaña”, defiende la mentira razonable. Entonces ¿sería posible que haya mentiras “razonables”? Si lo pensamos detenidamente, es cierto, todos mentimos, no sé si “con razón”, como él dice, o tal vez inadvertidamente, pero algo es seguro, los seres humanos absolutamente veraces, no existen.  Durante siglos se ha ensalzado la verdad y denostado la mentira, no obstante, nunca se pudo erradicar, por el contrario, parecería que ha ido en aumento y lo peor de todo, se ha naturalizado.  

 Se ha hablado mucho de la mentira piadosa, aquella cuya intención no es perjudicar al destinatario, sino por el contrario, protegerlo. Hay opiniones encontradas en cuanto a la admisión de esta mentira compasiva.  Sócrates enseñaba: “quien te lastimó con la verdad, te respetó más que quien mintió por lástima.”  En la misma línea, Kant le quitaba justificación desde un punto de vista ético. Aunque, como sostuvo Diderot, tragamos con avidez cualquier mentira que nos halague, pero sorbemos con desgano la verdad que encontramos amarga.

¡Es tan fácil mentir! Algunos, como los escritores, mienten por oficio. ¿Acaso escribir ficción, como su propio nombre lo indica, no implica “fingir” una realidad que no existe? Claro, cuentan con la anuencia del lector. Coleridge hablaba de la disposición del lector para creer lo que no es real. Vargas Llosa, escribió sobre el punto: “La verdad de las mentiras”. Él dijo que las creaciones literarias mienten, para dar a conocer verdades humanas. Como dijera Camus “la ficción es la mentira a través de la cual decimos la verdad”. Desde luego que cuando se transita un género que no es ficción, como, por ejemplo: las biografías, estaría vedado incorporar datos falsos, pues se pretende presentar al texto como verdadero. En ese caso, el escritor, como el periodista que describe la crónica de un hecho, no pueden mentir. Codicia, mentira, pueden llegar a ser útiles temporariamente, pero jamás depararán una felicidad auténtica y duradera. Cuántas tragedias y desastres se evitarían, si pudieran dominarse. Pues ambas, solas o en conjunto coartan la libertad del ser humano, lo someten y limitan. Aunque resulte utópica, sigue vigente la exhortación de Juan, el Evangelista: solo la verdad os hará libres. Claro, para quienes les importe la libertad, porque – como dijo Dostoievski, en la más perfecta exaltación de la libertad que se haya escrito –“no hay afán más constante y doloroso para el hombre libre, que andar buscando un objeto o un ser ante el cual posternarse.” (“Leyenda del gran inquisidor” en “Los hermanos Karamazof”). De cada uno depende, la opción es clara: libertad o sometimiento.

*Colaboración para En Provincia.

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