Por Greta Lapistoy* –
Hace unas noches decidí comenzar a mirar la serie “La Cautiva”. Iba a aprovechar a ver uno o dos capítulos para comenzar, pero cuando me di cuenta ya la había terminado; porque si sos de quienes se compenetran con una historia no deja de cautivarte.
No voy a dar detalles para no arruinarles la oportunidad de verla y sorprenderse con la excelente trama y las mejores actuaciones, pero me parece que es una historia que DEBE HACERNOS REFLEXIONAR y replantearnos muchas cosas como sociedad. Y cuando digo muchas son muchas: desde el peso de la mirada del otro hasta el peso de las instituciones más antiguas de nuestra sociedad moderna, pasando por los lazos familiares, las amistadas y los amores. Pero hay un tema que quizás para algunos pasó desapercibido al mirar la serie y es, ni más ni menos, la salud mental. Y no hablo de la salud mental de la persona que se escapa luego de estar años cautiva, porque es lógico que alguien quede afectado luego de un hecho traumático (eso se ve claramente en la serie, es innecesario marcarlo) sino de la salud mental de la sociedad en que vivimos y la doble vara con la que actuamos respecto a esta problemática.
Pongamos un simple ejemplo: si nos enteramos que un adolescente, sea quien sea, se autoflagela por motus propio, incentivado por un desafío virtual o por seguir la moda de un grupo de pertenencia; lo primero que hacemos es recomendar a sus familiares que lo lleven a una consulta con un psiquiatra. Eso es lo que la mayoría de las personas solemos hacer, porque simplemente consideramos que se está haciendo daño y que es peligroso para él ya que no está bien.
Ahora si nos enteramos que una persona se autoflagela en nombre del amor a un Dios, para limpiar sus pecados y ofrecer su sufrimiento con el fin de salvar el alma de las otras personas, ya sea con el uso del silicio o dándose latigazos, no decimos nada. Sea cual sea la religión que profesa o las formas de llevar a cabo “ese ritual”, lo miramos con algo de sorpresa, creyendo que eso ya no se hace en esta época, pero nos callamos. Hasta algunas personas son capaces de llegar a sentir admiración por quienes tienen tanta fe que se sacrifican en nombre de ella. También elogian la tranquilidad y la paz que (se supone) tienen para vivir en el silencio y el aislamiento, para demostrar su devoción al Dios en el que creen.
¿Cuántas personas le dijeron alguna vez a una de esas personas, cuando cuentan que tomaron esa decisión, o a algún familiar de ellas que lo recomendable sería que consultaran a un psiquiatra?
Normalizamos que en varias religiones se lastimen y se mantengan aislados, cuando se sabe bien que el ser humano es un ser social y comunicacional por naturaleza. Sin embargo, nos llamamos a silencio y respetamos esa decisión. “Esa decisión” no se juzga, las otras sí.
¿Nunca nos preguntamos por qué el peor castigo para una persona privada de su libertad, sea por la causa que sea, es el aislamiento? En la película “El Náufrago”, Tom Hans, retrató perfectamente qué le sucede a un hombre cuando no ve a otras personas durante un largo período, es capaz hasta de hablar con una pelota de fútbol creyéndolo un amigo. Porque el otro nos legitima, porque el otro nos recuerda que existimos y porque necesitamos (lo aceptemos o no) al otro para vivir. También podríamos hablar de otra película como es Sexto Sentido, donde Bruce Willis (el protagonista) toma conciencia que está muerto cuando se da cuenta que solo el niño lo ve; nadie lo saluda, nadie lo mira, nadie le habla, nadie lo incluye o sea no existe, en este caso a causa de la muerte. Pero así se sienten muchas personas que están vivas cuando nadie los mira ni les habla, ya que llega un momento en donde la psiquis empieza a cuestionarse si realmente existen.
¿Por qué entonces nunca nos planteamos (me hago cargo de mi parte) si las monjas o curas de clausura que se alejan hasta de sus propias familias, que rezan sin parar y se castigan por amor al prójimo están bien o sufren algún trastorno?
¿Alguien les hace un psicofísico antes de ingresar a la congregación? ¿Alguien les sigue la Historia Clínica física y psicológica?
Nos escudamos en que esa persona decidió tomar ese camino y así seguimos de largo. Nadie va a cuestionar a una institución milenaria y con poder. Quizás no nos importan esas personas porque no son cercanas a nosotros. No es nuestra amiga, nuestra hermana o nuestra tía. Sin embargo, si alguien decidió lastimarse sin una causa religiosa, aunque no sea nada nuestro empezamos a opinar, a recomendar profesionales de la salud mental, a hablar de la posibilidad de un suicidio a futuro. ¿Doble vara o miedo a cuestionar a las religiones?
Creo que lo cautivante termina siendo descubrir que “La Cautiva” es la sociedad. Cautiva de su ignorancia, de su falta de empatía y ante todo de la famosa doble vara que en general utilizamos a diario para todos los temas de los que hablamos. Y una sociedad cautiva suele terminar con problemas de salud mental.
*Colaboración para En Provincia.
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