Por Marcelo Etchegaray*
Hace unos días me detuve a observar una serie de fotografías que comparaban objetos cotidianos de distintas épocas. No eran catedrales, museos ni grandes monumentos. Eran bancos de plaza, puertas, fuentes públicas y hasta tapas de alcantarilla.
Todos cumplían una función. Sin embargo, había algo que los diferenciaba profundamente. Los objetos antiguos parecían haber sido concebidos para servir y, al mismo tiempo, para ser contemplados. Los actuales, en cambio, parecen conformarse con cumplir con aquello para lo que fueron construidos. Aquellas imágenes dieron origen a una pregunta que desde entonces me acompaña: ¿En qué momento al mundo dejó de interesarle la belleza?

La pregunta podría parecer propia de un arquitecto o de un urbanista. Sin embargo, considero que es una pregunta pedagógica. Porque las ciudades también educan. Los edificios, las plazas, los espacios públicos y hasta los objetos más sencillos transmiten una determinada manera de ver y comprender al ser humano y al mundo que lo rodea.

Las fotografías muestran un banco de plaza antiguo junto a otro contemporáneo. Una puerta trabajada artesanalmente frente a otra completamente lisa. Una fuente pública concebida casi como una pequeña obra de arte junto a otra diseñada exclusivamente para cumplir su función. La utilidad permanece intacta. Lo que desaparece es la voluntad de embellecer.

Durante décadas aprendimos a valorar el rendimiento, la eficiencia, la productividad, el costo y en algún momento esos criterios, que eran necesarios como medio, se volvieron el único modo posible de valorar la realidad.
Roger Scruton advertía que la belleza constituye una necesidad profundamente humana porque despierta en nosotros la conciencia de aquello que deberíamos desear porque forma parte de lo que requiere nuestra naturaleza. Quizá por eso, cuando desaparece la belleza del espacio que habitamos, también se debilita nuestra disposición a reconocerlos como propios, a cuidarlos y a sentirnos parte de ellos.

Esta transformación no empezó en el urbanismo. Responde a algo más profundo, a un cambio cultural que atraviesa otros ámbitos.
Y es aquí donde la educación tiene mucho que decir.
Las universidades también comenzaron a incorporar, con razón, indicadores de calidad, productividad, eficiencia y resultados. El problema no reside en esos instrumentos, sino en el momento en que dejan de ocupar un lugar subsidiario y pasan a definir el sentido mismo de la institución.
Cuando eso ocurre, la universidad corre el riesgo de parecerse a esos objetos que observábamos al comienzo: cumple correctamente su función, pero deja de inspirar. Forma profesionales. Pero ya no siempre forma personas.

Josef Pieper llamó la atención acerca de un rasgo de nuestra época: la valoración del trabajo, la eficacia, a la vez que hemos perdido casi por completo la noción de ocio, en el sentido de ese tiempo y espacio que posibilita apreciar todo aquello que no es inmediatamente útil. Tal vez por eso una sociedad que no encuentra tiempo para detenerse frente a la belleza termina perdiendo la posibilidad de reconocerla.
Quizá la pregunta inicial admita otra formulación. No se trata de averiguar cuándo dejamos de construir objetos bellos. La verdadera cuestión es otra. ¿Cuándo dejamos de creer que la belleza era necesaria?
Porque una sociedad que considera la belleza un lujo termina pensando, tarde o temprano, que también la filosofía, el arte, la literatura o las humanidades solo tienen valor si producen un beneficio inmediato.

Recuperar la belleza no significa volver al pasado. Significa recordar que una sociedad también se reconoce por aquello que considera digno de ser contemplado y cuidado. Y esa sigue siendo, quizá, una de las tareas más profundas de toda educación.
*Educador. Serie: Notas para una educación no instrumental. Colaboración para En Provincia.
Fotografía de tapa: https://pixabay.com
Fotografías: Archivo web.