El país de los alimentos ¿y las oportunidades?

Por Guillermo Cavia –

La Argentina tiene recursos, pero hace décadas tiene dificultades para convertir esos recursos en un proceso estable de crecimiento, inversión, empleo productivo y aumento sostenido de los ingresos.

Hay cifras que deberían obligarnos a detenernos. No porque sean nuevas, sino porque, cuando se las mira de frente, cuesta entender cómo hemos llegado hasta aquí. En la Argentina de 2026, un país que puede producir alimentos para muchas más personas de las que habitan su territorio, que tiene tierras extraordinariamente fértiles, agua, energía, gas, petróleo, minerales, diversidad climática, industria, universidades, científicos, técnicos y una enorme cantidad de recursos naturales y humanos, la pobreza vuelve a alcanzar una dimensión que resulta difícil de conciliar con semejante potencial. La pregunta, entonces, no debería ser solamente cuánto produce la Argentina. La pregunta verdaderamente incómoda es por qué una parte tan grande de los argentinos no puede vivir de esa riqueza.

El dato que acaba de publicar el INDEC merece ser explicado con cuidado. Durante el primer semestre de 2026, el 32,3% de las personas relevadas en los 31 aglomerados urbanos que integran la Encuesta Permanente de Hogares quedó por debajo de la línea de pobreza. En términos de esa medición, son aproximadamente 9,729 millones de personas, pertenecientes a 2,498 millones de hogares. La indigencia alcanzó al 7,5% de las personas, unas 2,249 millones dentro de los aglomerados relevados. Pero la EPH no es un censo de todos los habitantes del país: mide esos aglomerados urbanos. Por eso, cuando se toma la tasa de pobreza del 32,3% y se la proyecta sobre la población total que el propio INDEC estima para la Argentina al 1° de julio de 2026, de 46.466.688 habitantes, el resultado es de aproximadamente 15 millones de personas. Es de allí de donde surge la cifra que está circulando: 15 millones de argentinos pobres como estimación para el conjunto del país, no como un conteo individual efectuado por el INDEC.

Millones de pobres. Millonarios en pobreza. Es una tristeza enorme lo que debemos atravesar. No debería estar ocurriendo, pero mientras escribo, hay más pobres. El número sigue creciendo sin detenerse.

La diferencia metodológica importa, pero no cambia la magnitud del problema. Treinta y dos de cada cien personas en la medición urbana están debajo de la línea de pobreza. Y la situación, además, empeoró respecto del semestre anterior: la pobreza pasó del 28,2% al 32,3%, un aumento de 4,1 puntos porcentuales. La indigencia también subió, del 5,6% al 7,5%. Es decir que, aun después de períodos en los que la pobreza había descendido, la tendencia volvió a cambiar. Y hay un dato especialmente doloroso: entre los chicos de 0 a 14 años, la pobreza alcanzó al 44,5%. Casi uno de cada dos niños de esa edad vive en un hogar cuyos ingresos no alcanzan para superar la línea de pobreza.

Aquí aparece la primera paradoja argentina. La pobreza no significa que no existan alimentos. Significa que hay personas cuyos ingresos no alcanzan para comprar la cantidad de bienes y servicios que el INDEC considera necesarios para superar determinado umbral. Un país puede producir trigo, maíz, carne, leche, frutas y verduras en cantidades enormes y, al mismo tiempo, tener familias que no pueden comprar suficiente comida. La existencia física del alimento y la capacidad económica de una familia para acceder a él son dos cosas diferentes. Un campo puede ser extraordinariamente productivo y una familia que vive a cientos de kilómetros de ese campo puede seguir siendo pobre. El alimento está; lo que falta es ingreso suficiente para adquirirlo.

Eso nos conduce al corazón del problema. La Argentina tiene recursos, pero hace décadas tiene dificultades para convertir esos recursos en un proceso estable de crecimiento, inversión, empleo productivo y aumento sostenido de los ingresos. Hemos desarrollado actividades extraordinariamente competitivas, pero muchas veces no conseguimos construir alrededor de ellas un entramado suficientemente amplio de empresas, proveedores, industrias, servicios, tecnología y empleos de calidad. Exportamos productos primarios y también productos industriales, tenemos sectores de enorme productividad y empresas capaces de competir internacionalmente, pero la economía convive con amplios sectores de baja productividad y con un mercado laboral en el que trabajar no siempre alcanza para salir de la pobreza.

El número más revelador del último informe quizá no sea siquiera el 32,3%. Es la relación entre los ingresos y el costo de vida. Durante el primer semestre de 2026, el ingreso per cápita familiar aumentó en promedio 11,5%, mientras que la Canasta Básica Alimentaria aumentó 21,4% y la Canasta Básica Total lo hizo 19,6%. Dicho de una manera sencilla: los ingresos de las familias crecieron bastante menos que el costo de los bienes y servicios necesarios para no caer por debajo de la línea de pobreza. Esa diferencia ayuda a explicar por qué la pobreza volvió a subir.

La situación se ve todavía con mayor claridad cuando se observa a las familias que ya están debajo de la línea. El ingreso familiar total promedio de los hogares pobres fue de 922.755 pesos, mientras que la Canasta Básica Total promedio que necesitaban para superar esa línea alcanzó los 1.440.395 pesos. La diferencia fue de 517.640 pesos y determinó una brecha de pobreza del 35,9%. Es decir, no estamos hablando simplemente de personas que están apenas por debajo del límite estadístico: en promedio, los hogares pobres tenían un ingreso considerablemente inferior al necesario para superar la línea.

Y ahí aparece otro problema argentino, quizás menos visible que la inflación pero igualmente importante: la distancia entre tener un empleo y tener un empleo capaz de sostener una vida digna. Durante mucho tiempo, en nuestra cultura estuvo profundamente instalada la idea de que el trabajo era el principal camino de ascenso social. Trabajar, capacitarse, ahorrar, comprar una vivienda, educar a los hijos y progresar. Esa promesa fue una de las grandes fortalezas de la sociedad argentina. Pero cuando una economía acumula informalidad, baja productividad, empleos inestables y salarios que pierden poder adquisitivo, esa escalera social comienza a romperse. Una persona puede trabajar todos los días y, sin embargo, permanecer debajo de la línea de pobreza.

Por eso la discusión sobre la pobreza no puede reducirse a cuánto dinero reparte el Estado. Las políticas sociales cumplen una función fundamental cuando una familia no puede sostenerse por sus propios ingresos, especialmente cuando hay niños, ancianos o personas en situaciones vulnerables. Pero una política de asistencia no puede reemplazar indefinidamente a una economía capaz de generar buenos empleos. La verdadera salida de la pobreza ocurre cuando una familia puede sostener su vida fundamentalmente con ingresos provenientes de una actividad productiva que le permita proyectar el futuro.

Eso exige hablar de productividad, una palabra poco atractiva para la política pero decisiva para la economía. Los salarios no pueden crecer indefinidamente por decreto si la producción por trabajador no aumenta. Pero tampoco existe desarrollo sostenible si todo aumento de productividad queda concentrado sin traducirse en mejores oportunidades para una parte amplia de la sociedad. El desafío consiste en conseguir que la inversión, la tecnología y la productividad hagan crecer simultáneamente la capacidad de las empresas y los ingresos de los trabajadores.

Argentina tiene, en ese sentido, una oportunidad extraordinaria. El campo puede producir más y agregar más valor. La energía puede convertirse en una fuente de divisas y de competitividad industrial. El gas y el petróleo pueden abastecer al país y generar exportaciones. El litio y otros minerales pueden abrir nuevas cadenas productivas. La economía del conocimiento puede exportar servicios sin necesidad de transportar una tonelada de mercadería. La biotecnología puede multiplicar el valor de aquello que ya producimos. El turismo puede generar empleo en regiones enteras. Y la industria puede integrarse con todos esos sectores.

Pero tener oportunidades no significa automáticamente aprovecharlas. Para que una oportunidad se convierta en desarrollo hacen falta inversión, infraestructura, crédito, reglas previsibles, educación, seguridad jurídica, estabilidad macroeconómica y capacidad empresarial. También hace falta un Estado que funcione, que pueda construir infraestructura, garantizar servicios esenciales, educar, cuidar a los más vulnerables y establecer reglas claras. Y hace falta un sector privado que pueda invertir, asumir riesgos, crear empresas y contratar trabajadores. Ninguno de esos elementos, por separado, alcanza.

Quizás uno de los grandes problemas argentinos haya sido justamente nuestra incapacidad para sostener durante suficiente tiempo un rumbo económico estable. Hemos tenido períodos de expansión seguidos por crisis profundas, inflación, devaluaciones, pérdida del poder adquisitivo, caída de la inversión y destrucción del capital acumulado. Cada crisis obliga a una parte de la sociedad a retroceder y, después, el país vuelve a comenzar. Esa discontinuidad tiene un costo que no aparece inmediatamente en las estadísticas: se pierden proyectos, empresas, empleos, ahorros, conocimientos y oportunidades.

La geografía también importa. La pobreza no se distribuye de manera uniforme. En el primer semestre de 2026, el Noreste registró una incidencia de pobreza del 41,5%; Cuyo, 36,7%; el Gran Buenos Aires, 32,1%; el Noroeste, 31,5%; la región Pampeana, 30,3%; y la Patagonia, 28,4%. Dentro de los aglomerados urbanos, Concordia llegó al 56,2% y Gran Resistencia al 48,6%. Son números que muestran que no existe una única Argentina económica: existen varias, con distintas estructuras productivas, niveles de infraestructura y oportunidades laborales.

Y hay algo que debería preocuparnos todavía más que la fotografía de hoy: la posibilidad de que la pobreza se convierta en destino. Cuando casi la mitad de los niños de 0 a 14 años se encuentra debajo de la línea de pobreza, el problema deja de ser exclusivamente económico. Se convierte en un problema de futuro. Un niño que crece con dificultades alimentarias, educativas, habitacionales y de acceso a oportunidades comienza la vida con una desventaja que después puede ser muy difícil de revertir. La pobreza de hoy puede transformarse en menor capital humano mañana y, con ello, en menor productividad, menores salarios y más pobreza.

Por eso resulta tan insuficiente explicar la Argentina únicamente desde la riqueza de sus recursos naturales. Tener una de las mejores tierras agrícolas del mundo no garantiza que todos tengan un buen salario. Tener gas no garantiza que todos tengan energía barata. Tener litio no garantiza que se desarrollen industrias alrededor del litio. Tener universidades no garantiza que todos los jóvenes reciban una educación de calidad. Tener empresas extraordinarias no garantiza que existan millones de empleos productivos.

Los recursos son la materia prima de una posibilidad. El desarrollo es la capacidad de convertir esa posibilidad en una realidad colectiva.

Y quizá ahí esté la pregunta que Argentina debería hacerse mirando esos 15 millones de pobres. No solamente qué gobierno tiene la culpa, ni qué partido tiene la solución, porque una explicación que dependa exclusivamente de una administración de turno difícilmente pueda explicar un fenómeno que atraviesa décadas. La pregunta más profunda es otra: ¿por qué una sociedad con semejante dotación de recursos naturales, humanos y productivos no consiguió construir todavía un mecanismo estable para que una mayoría mucho más amplia participe de esa riqueza?

No somos un país sin alimentos. No somos un país sin oportunidades. No somos siquiera un país sin sectores capaces de generar riqueza a escala mundial. Somos un país que todavía tiene dificultades para transformar esa riqueza potencial en prosperidad generalizada y permanente.

Y quizá ésa sea la tragedia más paradójica de la Argentina: no vivir en un territorio condenado a la escasez, sino vivir en uno de los países con mayores posibilidades de la región y comprobar, año tras año, que millones de sus habitantes todavía no consiguen convertir esas posibilidades en una vida digna.

Hay países que tienen que inventar sus oportunidades.

Nosotros, en buena medida, tenemos que aprender a aprovechar las que ya tenemos.

Fotografía: https://pixabay.com