De Tomás Diego Bernard…

Por Elvira Yorio* –

Podría decirse que nació en la ciudad de La Plata, el 18 de agosto de 1919, descendiente de una familia patricia. Sus precoces condiciones intelectuales se evidenciaron en la celeridad con que egresara brillantemente, primero como bachiller, en tiemporécord, y después como abogado, siendo menor de edad. Hablar  de sus notables cualidades de historiador, de su desempeño en la diplomacia, de sus dotes de jurista, escritor, disertante y doctrinario consultor, de sus iniciativas concretadas en  el ámbito cultural desde la Sociedad de Escritores de la Provincia ( que fundó y presidió) o la Sociedad de Escritores Nacional( donde ejerció la vicepresidencia), o  conduciendo el Instituto Belgraniano o el Instituto Sanmartiniano, o como Director de la Casa Argentina emplazada en el predio Internacional de la Ciudad Universitaria en París, o integrando la sociedad bolivariana, o como Rector de la Universidad Notarial Argentina, o al frente de la Dirección General de Escuelas, y de muchos otros datos de su relevante actuación. Aun así, se daría una vista parcial. Antes que los logros materiales y las elevadas metas intelectuales que puede alguien alcanzar, está esa “profesión universal” a la que tan certeramente se refiriera Jean Guyau: el cumplimiento del destino humano que prevalece sobre todo lo demás. Él, exhibió en cada acto de su vida, esa vocación de universalidad que trascendió lo meramente personal y local, para traducirse en una proyección de cultura ecuménica. Cualquiera fuera la misión que asumía, siempre lo hacía con pleno sentido de la responsabilidad, visión anticipatoria, y desbordante entusiasmo. Por ello, fue un maestro en toda la enorme connotación que tiene ese vocablo. No solo ejerció la docencia sistemática desde las aulas universitarias, sino que contagió a discípulos y seguidores de su obra, ésa, su particular concepción de la educación: más allá del acopio de conocimientos, el fomento de la investigación imbuido del espíritu crítico, indispensable para crear. Que yo sepa, nunca hizo un curso de oratoria, sin embargo, era un disertante innato, con una inteligencia fuera de lo común. Al prodigioso dominio retórico, unía un elegante y amplio manejo del lenguaje. De allí su apodo, Chispa, porque desde niño fue chispeante, vivaz, gracioso, poseedor de un fino sentido del humor que cautivó siempre a sus ocasionales oyentes.

Conversando sobre este egregio personaje con el distinguido periodista y escritor Hugo Mársico (presidente de la S.A.D.E. La Plata), manifestó su complacencia por haberlo conocido. Lo escuchó en una memorable alocución que pronunció, en ocasión de ser ungido por la Municipalidad de La Plata, como Ciudadano Ilustre, precisamente cuando Mársico cumplía su mandato como concejal. Además, entre otras acciones dignas de encomio, destacó que, a un decreto de Bernard (siendo Director de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires), se debió el otorgamiento post mortem del título de maestro, al gran educador Pedro B. Palacios, Almafuerte, reivindicación que da cuenta de la sensibilidad histórico-social que le caracterizó también como funcionario.

El Dr. Rafael Felipe Oteriño, reconocido magistrado judicial y eximio escritor, actual presidente de la de Academia Argentina de Letras, destaca las condiciones de conferencista de Bernard: culto, ameno, daba gusto escucharlo, dice. Emocionado, recuerda su actuación en la S.E.P. que, afirma, convirtió en uno de los focos de irradiación cultural de la Provincia. Agrega, que todos los 13 de mayo “Día del Escritor bonaerense”, reunía a los escritores en una cena institucional celebrada en el Colegio de Escribanos. Allí concurrían Roberto Themis Speroni, María Granata, Alfredo Casey, Aurora Venturini, María de Villarino, Leopoldo Marechal… y muy, pero muy jóvenes, aún sin libro publicado, pero dignificados por su invitación, dos poetas que se iniciaban en la literatura: Néstor Mux y él mismo.      

 Muchos componentes espectables de la sociedad platense, tuvieron oportunidad de tratarlo y, conocer aspectos de su multifacética personalidad, que dejó en ellos imborrables recuerdos. El distinguido jurista y escritor Dr. Pablo Reca refiere que, siendo un muchacho, apenas concluido su doctorado jurídico en España, de regreso a nuestro país, trabó conocimiento con Tomás Diego, ya un consagrado hombre de letras y de leyes. Le invitó a participar en las Primeras Jornadas de Derecho Municipal y Urbanismo (1980) celebradas en Necochea, en lo que fue una de sus primeras disertaciones, sobre la ponencia que constituyó su aporte. En ese cónclave, se echaron las bases para la creación del instituto de investigación de esa especialidad. Participaron de las deliberaciones: Federico Gilly, Beltrán Gambier, Ricardo Zuccherino, Gustavo Millán, Antonio M. Hernández, y otros jóvenes integrantes de una pléyade de futuros juristas. Después ingresó al plantel docente de la Universidad Notarial Argentina, trabajando ambos en estrecha colaboración en ese Instituto de Derecho Municipal y Urbanismo, reitero, un espacio creado bajo la advocación de Bernard. También formó parte con él, de la Cátedra de Derecho Público Provincial y Municipal, en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales (U.N.L.P.), y posteriormente, lo sucedió en la titularidad, cumpliendo su ferviente deseo. Este novel profesional, tiempo después se destacaría como doctrinario y jurisconsulto, llegando al Decanato de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la U.N.L.P. pero aún hoy, transcurridos muchos años, guarda el recuerdo de la generosa disposición de aquél para estimular las inquietudes de quienes se iniciaban en el apasionante camino de la investigación. Asimismo, evoca con emoción una demostración colectiva que se tributó a Bernard en el Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires, con motivo de su designación como Ministro Plenipotenciario que desempeñaría en Francia. En la oportunidad, habló ofreciendo el homenaje, su madre, la prestigiosa y siempre recordada escritora Estela Calvo de Reca, y en representación de las nuevas generaciones de profesionales que acompañaron al homenajeado, lo hizo el propio Pablo Reca.

 El escritor de prestigio internacional Profesor Guillermo Eduardo Pilía, lo conoció en los comienzos de su carrera literaria, consolidándose entre ambos una gran amistad, pese a la diferencia etaria. Compartieron inquietudes intelectuales, por ejemplo, ambos, en distintas épocas, ejercieron el cargo de Director de Museos, y los dos tuvieron gran afición por la historia y la literatura. Posteriormente, Pilía obtuvo el premio literario instituido por la Fundación Bernard. Se estableció entre ellos una relación tutelar, que siempre recuerda con gratitud. Refiere que, en una ocasión se encontraron casualmente por la calle, y al enterarse de su inminente paternidad, Bernard le habló de lo que implicaba alcanzar ese rango, en términos tan humanos y profundos que lo conmovieron al punto que jamás olvidó sus consejos, incorporándolos a su vida, como normas de amor y ética. Así era Chispa, siempre dispuesto a ayudar, a brindar la palabra justa, la indicación precisa y adecuada.

 La Dra. en literatura, gran escritora, y reconocida docente, María Teresita Minellono, recuerda que fue respetado amigo de su padre, y siendo ella una joven de diez y seis años, recibió un premio literario en la S.E.P. teniendo la satisfacción de que se lo entregara Tomás Diego Bernard, por ese entonces presidente de la entidad.

La distinguida psicóloga platense, Lic. Mónica Ripullone, rememora su estadía como becaria en París, en el año 1995. Allí llegó, después de haber obtenido por concurso, una pasantía en neuropsiquiatría a cursar en un hospital francés. Cuando se presentó ante Bernard con todos sus antecedentes profesionales y académicos, fue recibida deferentemente en la residencia argentina. Se le allanaron todos los recaudos para su inmediata instalación. Relata que el director organizaba interesantes encuentros artísticos y disertaciones, especialmente para las fechas patrias. Participaban de tales actos, los habitantes de la residencia y también muchos invitados, de otras casas de diferentes países con sede en esa “Cité” universitaria. Recuerda con gratitud, la paternal atención que tenía el anfitrión para acompañar y guiar a los becarios, en el desenvolvimiento de esas actividades que debían realizar lejos de su medio y su familia.   

En lo personal, reconozco que ejerció una gran influencia en mi vida. En el año 1972 fui propuesta para dirigir la Revista Notarial, órgano del Colegio de Escribanos de la Provincia de Bs.As. la publicación jurídica más antigua de América. Confieso que tuve dudas en aceptar tan honrosa distinción, y una de las personas que más me alentó para que asumiera esa enorme responsabilidad, fue Tomás Diego Bernard que, años atrás, también había dirigido esa señera publicación. Aclaro que la suya era, en ese entonces, una posición de vanguardia, ya que existía una gran reticencia en asignar tareas importantes a las mujeres. Tiempo después, me cupo el privilegio de ser su colaboradora directa en diversos emprendimientos desarrollados en el ámbito de la cultura jurídica, y en todos los casos, pude apreciar en él especiales condiciones que no posee cualquier dirigente, como, por ejemplo, el respeto a la disciplina, pero humanizando las relaciones jerárquicas. O, su actitud componedora: donde existían diferencias de opinión sobre política o cualquier otra cuestión, lograba invariablemente, arribar en armonía, al mejor criterio institucional. En muchas ocasiones, lo acompañé como representante del Colegio de Escribanos de la Pcia. de Bs.As. en Congresos, Jornadas y Simposios nacionales e internacionales, que presidió con solvencia profesional y señorío, asignando a sus colegas principiantes, tareas de responsabilidad que nos alentaban a reafirmar nuestra vocación y proseguir el camino oportunamente emprendido con renovado empeño. Merced a su iniciativa, formé parte de la Comisión encargada de redactar el anteproyecto de ley notarial. En ocasión de ejercer el Rectorado de la Universidad Notarial Argentina, integrada por juristas de vasta y reconocida trayectoria, se produjo el fallecimiento del Consejero Académico, Doctor Salvador Roque Perrotta, y de inmediato, me eligió para ocupar ese prestigioso sitial. Nuevamente enfrentó la resistencia masculina, pues, en virtud de esa propuesta, (apoyada por expresa decisión del entonces presidente del Colegio, not. Néstor Pérez Lozano), fui la primera Consejera Académica mujer de la Universidad. Cabe recordar, que esa institución, creada merced a la visión progresista de un grupo de esclarecidos notarios, había funcionado durante más de veinte años, como un órgano más de la entidad fundadora. Ello fue así, porque no lograban superarse las trabas burocráticas que impedían su consideración como casa de altos estudios de igual rango, que ostentaban otras instituciones privadas. El espaldarazo definitivo llegaría de la mano y férrea voluntad de Tomás Diego, que logró durante su gestión, lo que hasta entonces parecía imposible: el reconocimiento del Ministerio de Educación de la Nación.                                                                                                                                                                            Otro recuerdo imborrable que atesoro: estando a cargo de la Casa Argentina que funciona en la ciudad universitaria sita en París, Francia, me invitó a exponer temas jurídicos ante los becarios argentinos allí residentes, lo que constituyó para mí una extraordinaria deferencia. En esos días fue convocado también, el Dr. Juan Antonio Portesi, que brindó una memorable disertación. Un tiempo antes, lo había hecho la escritora Ana Emilia Lahitte, entre otros conspicuos conferenciantes, especialistas en diversas disciplinas. 

Si tuviera que trazar un paralelo entre él y algún gran pensador, elegiría a André Maurois, porque este insigne humanista y filósofo, autor del libro “Un arte de vivir” decía que debe practicarse un arte para cada función primordial de la vida: pensar, amar, trabajar, mandar, envejecer… y Chispa así lo hizo naturalmente. Pero por, sobre todo, se identificó con el francés, que arguyó brillantemente sobre el sentido del humor. Y ésta, creo que fue una característica distintiva y sobresaliente de su rica personalidad. Tal como lo preconizaba Maurois, empleó siempre el humor como un antídoto contra el fanatismo y la inflexibilidad, y lo usó para luchar contra la adversidad. (recordaba “rumiar el pasado o compadecerse a sí mismo, solo genera infelicidad” y proponía en cambio, “reír de las propias flaquezas”). Tanto podría decirse de él… fue uno de esos seres humanos que dejan en cada acción suya una impronta inolvidable, convirtiéndose en un referente, cuya valía se acrecienta con el paso del tiempo. En este nuevo aniversario de su nacimiento, el respetuoso recuerdo y gratitud por su imperecedero legado.      

*Colaboración para En Provincia.

Fotografías: En Provincia.