La venganza en la literatura

Por Elvira Yorio* –

                                                           “Los débiles se vengan. Los fuertes perdonan. Los inteligentes ignoran.” A.Einstein.

En determinados temas las líneas que separan lo aceptable de lo inaceptable son tan finas, que resulta difícil establecer un límite. Tal el caso de lo que ha dado en denominarse justificación moral del castigo. Es decir, un acto inicuo, no debiera quedar impune. Al menos por dos motivos: uno, la sanción que merece el ejecutor, y otro, el efecto ejemplificador que eventualmente pueda tener la imposición de la pena, para disuadir a otros. Me refiero a la vindicta pública, esto es al sistema represivo-punitivo que es uno de los atributos del Estado. Pero también, a esa especie de licencia o facultad que los individuos creen poder arrogarse después de sufrir un agravio: la venganza, practicada como una reacción pretendidamente justificada ante el sufrimiento de un daño inferido sin razón. La psicología la ha catalogado como una manifestación narcisista. Puede que lo sea, y quizás podría constituir un impulso espontáneo de defensa propia ante un ataque, similar al observado en algunos animales. Sea cual fuere su conceptuación, la venganza es un sentimiento complejo empleado con frecuencia en la literatura. Obviaré la Biblia y otros textos sagrados, para ir a los orígenes de la tragedia griega. El genio incomparable de Esquilo describe con singular maestría el tema de la venganza, como mandato de los dioses, en la “Orestíada”:  Clitemnestra traiciona y asesina a su esposo, Agamenón, y debe pagar su crimen: “…páguese la afrenta con la afrenta, la muerte con la muerte…quien tal hizo, que tal pague.” Y será su propio hijo Orestes, quien ejecute la venganza. Pese a haber matado a su madre por mandato divino, tal acto le provoca profunda desazón que expresa así:” viviré desterrado y errante, y después de muerto dejaré memoria de esta triste hazaña.” Ha obedecido a los dioses, pero se siente muy desgraciado, y se somete a juzgamiento. Es muy importante esta actitud, que marca un tránsito desde la obtención de la justicia por mano propia, a la intervención de un tribunal imparcial. Lo cierto es que esa necesidad enfermiza de devolver la ofensa, existió desde siempre, y no ha observado cambios sustanciales con el correr de los siglos. Némesis, diosa de la venganza, fue ensalzada por Aristóteles (384 a.C. -322 a.C.), en favor de una “justa indignación”.

 Siglos más tarde, William Shakespeare (1564-1616) se refiere a la venganza como consecuencia no querida del amor, el odio, la traición, la envidia y la ambición. En varias de sus obras, la venganza asume un especial protagonismo. Por ejemplo, en Hamlet, y de forma aún más brutal y sangrienta, en “Tito Andrónico.” Esta obra fue rechazada y recibió, en su momento, acerbas críticas. En un tramo se expresa: ”les diré mi tenebroso nombre, Venganza, que al podrido ofensor hace temblar”, habla también del “deseo de aniquilación que provoca el odio.” Estamos frente al poder, con toda su carga de arbitrariedad y violencia. Tito es, a su manera, un héroe que comete y ordena cometer actos de maldad terrible, escudado en el convencimiento de que está cumpliendo una ley y principios religiosos que imponen una justa reparación. El escritor muestra cómo el ejercicio sistemático de la violencia, distorsiona un dolor genuino y lo transforma en inhumana crueldad.

 Si, la literatura nos ilustra sobre las diversas formas que puede revestir la consumación de una venganza, y también los móviles que la alimentan: asesinato, infidelidad, abandono, traición, maldad, humillación, abusos, violaciones…cualquier ofensa material o espiritual…pueden ser tantos… Ante tales circunstancias, la réplica busca cómo manifestarse, parece ser la lógica respuesta que surge ante la agresión y el daño consiguiente. La víctima siente dolor, ira, indignación, resentimiento u odio, en ciertos casos autocompasión, y experimenta el impulso de contrarrestar ese ataque, de modo tal que su autor sufra a su vez, un mal, en la misma medida en que lo produjo. La acción es considerada plenamente legítima, aunque-según Freud- esa convicción sea asaz falsa.

 Guy de Maupassant (1850-1893) describe en un extraordinario cuento corto, “Una vendetta”, el dolor de una madre ante el crimen de su hijo, que se traducirá en una implacable venganza. La mujer es vieja, está sola y no dispone de muchos medios. Apela entonces a todo su ingenio, y planea la muerte del homicida. Para ello se sirve de lo único que tiene, su perra, a la que entrena con infinita paciencia, exacerbando los instintos del animal, hasta lograr su objetivo: que mate al asesino.

Si se habla de venganza, imposible no recordar aquella que planeara con tal perfección Edmundo Dantés, el héroe creado por Alejandro Dumas (1802-1870), e inmortalizado en “El conde de Montecristo”. Un joven con promisorio futuro, a punto de concretar sus sueños más preciados y casarse con la mujer que ama, es falsamente denunciado por delitos que no cometió. Toda la conspiración es obra de tres individuos envidiosos de su suerte, que tienen trato amistoso y cercano con él. Es recluido en una prisión, el castillo de If. Allí, traba conocimiento con un erudito religioso, el Abate Faria, quien no solo imparte al joven una exquisita educación, sino que le revela la existencia de un cuantioso tesoro escondido. Transcurre el tiempo, se convierte en un hombre, logra escapar y toma posesión del tesoro.  Con fría determinación proyecta entonces regresar a su ciudad, asumir una falsa identidad como Conde de Montecristo, y emplear su fortuna con un objetivo: castigar a quienes le causaron tantas desgracias. Cumple su propósito y destruye las vidas de los traidores. Los lectores de la obra, festejaron todas las circunstancias descriptas por el escritor como interesantes aventuras. En realidad, formas de reparación fuera de la ley, aunque se haya pregonado que, solo cuando no hay Estado, la venganza puede suplantar a la justicia.                                       

Thomas Mann (1875-1955) se distinguió por el profundo análisis psicológico que subyace tras sus personajes. En su cuento “Venganza”, describe el carácter de un joven de veinte años, su aparente suficiencia, y los conflictos íntimos que experimenta, al trabar relación con una mujer diez años mayor. Frente a la ella, oscila entre la arrogancia, un satisfactorio entendimiento intelectual y una franca, pero, a todas luces innecesaria, demostración del rechazo físico que la dama en cuestión le provoca. Ante un sinceramiento de ella, quien admite haber tenido relaciones carnales con un hombre, él siente un repentino despertar de su instinto, que se traduce en una propuesta de sexo, de inmediato rechazada. Resulta así herido en su vanidad, ante la negativa de la mujer, que se retira de escena con serena dignidad. Su propósito de disminuirla y vengarse así de su rechazo, se ve frustrado. La venganza se volvió contra quien pretendió ejercerla. No acusar una agresión, es también una forma sutil de devolverla.              

William Faulkner (1897-1962) hace intervenir a la venganza en sus obras. En “Una rosa para Emily”, la protagonista, una dama de la sociedad sureña, resuelve vengar la humillación implicada en la negativa de un pretendiente a contraer matrimonio. Mata al hombre, envenenándolo con arsénico y conserva oculto el cadáver. Muchos años después, se descubre ese macabro hecho, al producirse su propia muerte por causas naturales. La acción no es retratada sin embargo como algo que le produjera consuelo a la mujer, sino que, por el contrario, lejos de restañar sus heridas, las profundizó.

Más allá de la metáfora política que pudiera extraerse de su trama (una especie de “Civilización y barbarie”), nadie que haya leído “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos (1884-1969) pudo quedar indiferente ante el accionar de la protagonista. La vil humillación que sufriera, la transforma en un ser perverso que echa mano a los más bajos recursos para obtener la compensación que considera le corresponde. Infunde en otros el miedo para dominar, y su resentimiento la impulsa a cometer los actos más despiadados. Una venganza feroz que termina aniquilándola pues, cuando vencida intenta huir, el río crece y ella desaparece.    

Borges (1899-1986), se refirió a la venganza en varios relatos. Emma Zunz, es uno de ellos. La protagonista, una joven de dieciocho años, al tomar conocimiento de que la muerte y ruina de su padre se debieron al accionar doloso de Loewenthal, su actual jefe en la fábrica donde trabaja, decide matarlo. Esta decisión es un plan premeditado con frialdad y determinación. En efecto, previamente, se dirige al puerto, busca a un marinero extranjero, tripulante de un barco próximo a zarpar, y con él pierde su virginidad. Luego, llama al gerente y le propone visitarlo en su oficina, fuera de horario, con la excusa de informarle datos relativos a supuestos conflictos laborales del establecimiento. Los acontecimientos se desarrollan de acuerdo a lo previsto, y ella mata al hombre con un revólver que se halla en el lugar. Alegará que fue para defenderse del ataque sexual que él le infirió. Crimen impune. ¿Venganza perfecta? El propio Borges responde en otro texto: “La venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón…el olvido es la única venganza y el único perdón.”

Roberto Arlt (1900-1942), desde ese lugar marginal donde ubicaba a sus personajes, trabajó el tema de la venganza para lavar las humillaciones, sortear situaciones de desprecio y desigualdades, encauzar el resentimiento… Precisamente, en “La venganza del médico”, presenta la concreción de una venganza diferida, pero en la que el transcurso del tiempo no hizo sino incrementar los deseos de revancha. Al protagonista, le han inferido una ofensa en su juventud: una muchacha rechazó su amor. Pese a haber continuado su vida, doctorándose en medicina y ser un cirujano exitoso, conserva aún dentro de sí esa indignación nunca resuelta, que clama reparación. La vida le otorga, muchos años después, la oportunidad de dañar a esa mujer a la que un día amó. Ella acude en demanda de sus servicios profesionales y el hombre consuma su venganza, de la peor manera, exhibiendo su propia fealdad moral. Es curioso, en otro texto que se le atribuye, el escritor dice que la venganza es como una prisión de acero, que no deja respirar al alma…

Juan Carlos Onetti (1909-1994) imaginó una forma muy sofisticada de venganza en “Ese infierno tan temido”, un estremecedor relato sobre los efectos deletéreos que puede producir una mente alterada por las más bajas pasiones. Gracia, la protagonista, es una joven y bellísima actriz, felizmente casada con un viudo que tiene una hija de su primer matrimonio. En una ocasión, vive una aventura extramatrimonial que confiesa a su esposo. Él, profundamente afectado, trata a su vez de herirla de algún modo, y luego de transitar situaciones contradictorias, decide separarse. A partir de ese momento, su vida se convierte en una pesadilla, pues ella no acepta esa decisión. Trastornada, urde una represalia atroz que, paulatinamente va deteriorando las defensas psíquicas del hombre. En un tramo de la narración, él muestra sorpresa por “el organizado frenesí con que se cumplía la venganza. Midió su desproporción, se sintió indigno de tanto odio…” Cuando la mujer, desbordante de furia, involucra en la oscura trama de su desquite a la niña, él, inmerso en una tortura psicológica que no puede superar, se suicida.

También en la más caracterizada narrativa actual, se ha infiltrado el tema de la venganza. Jon Fosse (1959), el noruego galardonado con el Nobel en 2023, escribió un cuento inquietante sobre eso. Se trata de “ Y ahora puede venir el perro”. Cuando el protagonista del cuento se entera que el vecino mató a su perro, experimenta una vorágine de sentimientos como incredulidad, tristeza, horror, dolor, odio, indignación…y mucho más, que lo conducen directamente a una sola salida posible: matar a ese hombre.  Cumplir con ese propósito parece calmarlo…

En lo personal, durante cuarenta años, actué en la justicia y sostuve a ultranza la aplicación del régimen de punición legal, como única posibilidad de resarcimiento moral o material, ante la comisión de un hecho dañoso. Retirada de la función pública, pasé a transitar el sendero de la literatura y hoy recuerdo, no sin cierta sorpresa, que el primer cuento que escribí (allá por 2004), se tituló “La venganza” e intentó, precisamente, mostrar su ineficacia.         

*Colaboración para En Provincia.       

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