Reintroducir especies para reparar ecosistemas 

Por Maru Rubiera* –

Del bisonte americano en Norteamérica al yaguareté en Argentina, los proyectos de reintroducción abren una discusión incómoda: reparar también es hacerse cargo de cómo desaparecieron.

Hoy leí sobre el nacimiento de una cría de bisonte americano (Bison bison) luego de 200 años de ausencia en Sonora, México, en el norte del país. Es parte de un proyecto de reintroducción de la especie y recuperación ecosistémica encabezado por Rewilding.

 Primero vamos con un poco de contexto.

El bisonte americano fue casi extinto en estado silvestre en el siglo XIX. Habitaba por millones desde Canadá a México.

Antes de la colonización europea era una especie central para muchos pueblos indígenas: proveía alimento, abrigo, herramientas, y tenía un valor cultural enorme.

Y quiero decir muy claro: la matanza de la especie no fue sólo por lucro. Fue colonización.

 El ejército de Estados Unidos promovió activamente su exterminio como forma de someter a los pueblos indígenas de las Grandes Llanuras. Al eliminar al bisonte, se destruía su principal fuente de sustento y su forma de vida. Hay registros de oficiales que lo decían explícitamente. En 1875, el general Philip Sheridan llegó a afirmar que los cazadores de bisontes habían hecho “más para resolver la cuestión indígena que todo el ejército regular”.

 Sobrevivieron a ésto pequeños grupos en estado silvestre y en ámbitos privados. De esos pocos fue que arrancaron los primeros proyectos de conservación y reinserción, a fines del siglo XIX y principios del XX.

 Hoy existen cientos de miles de bisontes, pero solo una pequeña parte vive en condiciones realmente silvestres y con un rol ecológico activo.

 El bisonte americano es lo que se conoce como ingeniero ecosistémico.

 Cuando vive en condiciones naturales:

Pastorea y modifica la vegetación → evita que una sola especie domine

Abre claros → genera diversidad de plantas

Fertiliza el suelo con su bosta

Dispersa semillas en el pelaje y a través de sus heces

Genera microhábitats (por ejemplo, al revolcarse deja depresiones donde se acumula agua)

 Y todo eso impacta en insectos, aves, pequeños mamíferos, suelo, agua y funga (hongos y flora).

 Por nuestra parte, en Argentina, el regreso del yaguareté (Panthera onca) al Gran Chaco vuelve a poner en juego dinámicas que habían quedado interrumpidas durante décadas debido a la caza y desoferestación.

 No se trata solo del animal en sí. Ni de individuos. La presencia de la especie modifica comportamientos, distribuciones, equilibrios. Hay procesos que vuelven a activarse cuando cada eslabón ocupa su lugar. Es la cadena trófica que aprendemos en la primaria.

 En los Esteros del Iberá, los proyectos de Rewilding Argentina vienen trabajando hace años con especies que habían desaparecido de la región. La nutria gigante (Pteronura brasiliensis) y el guacamayo rojo (Ara chloropterus) son otros de los eslabones en el norte.

 Este tipo de procesos se agrupan bajo una idea que viene creciendo en las últimas décadas: el rewilding. Que parte de una base bastante concreta: los ecosistemas funcionan como redes. Cuando faltan ciertas especies, esas redes se alteran y cuando vuelven, hay interacciones que se rearman. No siempre de la misma manera y no siempre de forma lineal.

Hay experiencias en distintas partes del mundo que muestran hasta qué punto estos cambios pueden ser profundos.

 Un caso es la reintroducción del lobo gris (Canis lupus) en el Parque Nacional Yellowstone, que reorganizó poblaciones de herbívoros y modificó el uso del espacio. Con el tiempo, la recuperación de la vegetación en las riberas ayudó a estabilizar suelos y a cambiar la dinámica de algunos cursos de agua.

 El castor europeo (Castor fiber) viene generando nuevos humedales en varias regiones de Europa.

El caballo de Przewalski volvió a ocupar zonas de las que había desaparecido en Mongolia.

No es simple. Reintroducir una especie implica decisiones técnicas, acuerdos políticos, conflictos con actividades humanas, seguimiento a largo plazo. Hay casos que funcionan mejor que otros y hay situaciones donde directamente no es viable.

 Pero aun así, son estrategias que hoy están intentando ir más allá de solo conservar lo que queda.

 La pregunta no queda en qué especies logran volver, sino en qué lugar ocupamos frente a eso. Qué hacemos con lo que sabemos, con lo que se está probando y con lo que hay por delante.

 Creo que no hace falta aclarar que esas ausencias son en su mayoría cuestiones antropocéntricas y extractivas. Y que vivimos con permanentes malas noticias y retrocesos cuando se habla de ambiente.

 Pero quería traer esto, porque también son tiempos de esfuerzos enormes, proyectos de conservación y reintroducción increíbles.

Y somos contemporáneos.

Éstos son nuestros tiempos.

Y, para esta humilde servidora de la comunicación ambiental, elegir ser parte de la solución es tarea nuestra y de las futuras generaciones.

Siento que estamos a la altura.

Quien te dice ✨🌱

*@elarcademaru – Colaboración para En Provincia.