El tesoro de las Cataratas: los 400 kilos en monedas que encontraron

Las aguas que caen con fuerza en las Cataratas del Iguazú arrastran mucho más que espuma y vegetación. Entre los saltos, las piedras y los piletones naturales, miles de monedas descansan en silencio bajo el agua, convertidas en una curiosa postal de las costumbres turísticas que se repite desde hace décadas.

Cada año, visitantes de todo el mundo llegan hasta este rincón de la selva misionera para contemplar una de las maravillas naturales más impactantes del planeta. Y muchos de ellos repiten un ritual casi automático: lanzar una moneda al agua mientras piden un deseo.

La escena, habitual en fuentes históricas y monumentos urbanos, también se trasladó a las pasarelas y miradores del Parque Nacional Iguazú. Monedas argentinas, brasileñas, paraguayas, euros, dólares y piezas de distintos países quedan acumuladas entre las rocas, especialmente en sectores cercanos a los balcones panorámicos.

Sin embargo, detrás del gesto romántico existe un problema ambiental que preocupa a guardaparques y especialistas. Las monedas, fabricadas con distintos metales, sufren procesos de oxidación y corrosión al permanecer sumergidas durante largos períodos. Ese deterioro puede liberar residuos metálicos en el agua y afectar el delicado ecosistema que rodea a las cataratas.

Desde la administración del parque recuerdan periódicamente que arrojar objetos al río no está permitido y piden a los visitantes evitar esta práctica. Aunque para muchos turistas se trate de una tradición inofensiva, las autoridades sostienen que el impacto acumulativo resulta significativo cuando millones de personas visitan el lugar cada año.

En ocasiones, durante tareas de mantenimiento o limpieza, trabajadores y guardaparques recuperan parte de esas monedas. Algunas son retiradas para evitar contaminación y otras quedan atrapadas en zonas de difícil acceso, donde el caudal permanente del río vuelve casi imposible cualquier intervención.

Las historias alrededor de las monedas también alimentan la imaginación popular. Hay quienes aseguran que entre ellas aparecieron piezas antiguas o ejemplares extranjeros de gran valor simbólico. Otras versiones hablan de pequeños “tesoros” ocultos entre las piedras del río Iguazú, aunque la verdadera riqueza sigue siendo el paisaje natural que atrae visitantes desde todos los rincones del mundo.

Mientras el agua continúa cayendo con estruendo sobre la Garganta del Diablo, las monedas permanecen allí abajo, silenciosas, como una huella mínima del paso humano por una de las maravillas naturales más imponentes de Sudamérica.

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