Por Elvira Yorio*
Este libro de García Márquez, es una pequeña joya, cuyo brillo no ha logrado opacar el paso del tiempo. En la descripción de esa historia, aún no asomaba el realismo mágico que luego sería su característica distintiva. Si bien obtuvo popularidad con “Cien años de soledad”, esta obra reescrita muchas veces, sería su mejor creación, según el propio escritor. Resulta curioso que fuera rechazada por varias editoriales antes de lograr ser publicada, pero cuando al fin se editó, tuvo un éxito descomunal, ya que agotó en una semana la primera tirada de ocho mil ejemplares. Desde sus épocas de periodista, las cuestiones políticas y sociales lo movilizaron, convirtiéndose en un portavoz de las causas populares, a través de sus relatos. Esta novela desarrolla su trama en una atmósfera opresiva: tiempos de represión sangrienta, de quiebre institucional, estado de sitio, toque de queda, persecuciones a los que se oponen al régimen, censura sobre la información… Tiempos en los que no hay ninguna perspectiva de elecciones, como se queja el coronel, pese a lo cual intenta aferrarse a una esperanza cada vez más débil.
Si comenzamos por el título, se advierte que tiene directa relación con el contenido de la obra. El protagonista, un coronel retirado, espera en vano desde hace quince años un correo conteniendo la comunicación de la pensión que deberían concederle por los servicios prestados a su país. A poco que se avance en la lectura, resulta claro que la espera es la situación axial, en torno a la cual gira todo el relato. La espera de esa carta, la espera del transcurrir de un octubre en que las inclemencias del clima agudizan sus problemas de salud. Espera del momento en que se realizará la riña en la que competirá el gallo que fuera de su hijo…lo cual podría aportarle alguna ganancia para aliviar su mísera situación económica.
Los tres personajes que sustentan el drama son, el propio coronel, su esposa, una frágil mujer que sufre asma crónica, y el gallo de riña, herencia del hijo asesinado por “distribuir información clandestina”. Es pobre, carece de lo elemental, sin embargo, en ningún momento pierde su dignidad, ni renuncia a sus ideales. Podría haber obtenido algún provecho de su relación con el alcalde (como lo hiciera su compadre Sabas) pero prefiere vivir en la miseria, antes que claudicar de sus principios políticos. El escritor muestra con certeras pinceladas, esa constante pugna entre el idealismo del coronel y la realidad objetiva. El protagonista mantiene a ultranza los valores que templaran su personalidad: acatamiento a la justicia, inmutabilidad de la palabra empeñada, honor…que suscitan el respeto de quienes lo tratan. Va perdiendo todas sus posesiones materiales, malvendiéndolas, para poder alimentarse hasta que, lo único de valor que aún posee, es el gallo. Su mujer lo conmina a venderlo, pero él se resiste. Ese gallo tiene una distinta valoración para los personajes de la obra. Para el coronel y su mujer una doble significación: espiritual, pues por un lado representa a su hijo muerto. Pero también material, dado que abrigan la ilusión de ganar algún dinero con las apuestas, si el animal compitiera en las riñas a organizarse.
Cabe destacar en el relato la presencia de la enfermedad y la muerte. En primer lugar, los problemas intestinales que aquejaban al coronel y la original descripción del escritor:” … experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas.” Luego, el asma crónica que sufría su esposa, que le ocasionaba serios problemas respiratorios. La muerte tiene también algún protagonismo. Desde luego, la de Agustín, el hijo, muerto por causas políticas. El deceso del hijo de la vecina, al que el escritor alude como “el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos años”, lo cual indirectamente remite a otras muertes provocadas.
Un tema digno de análisis, es la aproximación de elementos políticos y el juego de azar. La gallera es el sitio donde se efectúan las riñas de gallos y se juega a la ruleta. Según deja traslucirse, un lugar donde se reúnen los opositores al gobierno. Allí precisamente lo habían matado a Agustín, y también es el escenario en el que la policía realiza una redada en ocasión de estar presente el coronel. Es una secuencia de enorme expectativa, pues se enfrenta cara a cara con el hombre que ejecutó al hijo y que sostiene un fusil apuntando a su vientre. La situación implica un peligro inminente, porque en el bolsillo del viejo se ocultan hojas de la propaganda clandestina. Sin embargo, la tensión se manifiesta en lo que no sucede. El coronel no se inmuta, aparta con suavidad el arma, y se aleja, con la anuencia del otro: “pase usted coronel.”
Esta pequeña gran obra, se desenvuelve a través del relato de un narrador omnisciente que va determinando las líneas de acción. Se intercalan hábilmente los diálogos, que confieren agilidad y mayor verosimilitud a la historia. Entre ellos, se destacan los entablados entre el coronel y su esposa. Pero también está presente el silencio, ominoso y hostil, que representa la agresividad de un sistema inoperante e injusto. Con pocos elementos, el escritor estructura una mordaz crítica contra los totalitarismos, la corrupción, la burocracia indiferente a las más apremiantes necesidades de los ciudadanos, y el desconocimiento de sus legítimas peticiones. Revindica los derechos de la vejez y la persistencia de la dignidad humana, más allá de cualquier negación. Como dijera Horss, esta historia excede lo anecdótico, para convertirse en el verdadero retrato de uno de los personajes más entrañables de la literatura. Para volver a leer.
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