
Dr. Luis Sujatovich – UNQ – UDE –
La transformación que suscitaron las redes sociales respecto a la posibilidad de contar en primera persona, cualquier acontecimiento de la vida privada, constituyó una novedad que impacto con mucha fuerza en las nuevas subjetividades. Y no faltaron quienes se enfurecieron porque su epistemología no estaba preparada para semejante apertura. La obra de Sibilia, “La Intimidad como espectáculo”, tarjo cierta clama, dada la importancia y pertinencia de su estudio. Sin embargo, los frankfurtianos, devenidos en filósofos de la negación y de la angustia permanente, siguen insistiendo en su premisa fundacional: quienes desatienden a sus preferencias, están equivocados.
La discusión no sólo es aburrida e improductiva, se está volviendo caduca. Los contenidos que más se consumen en la red, lentamente, están dejando atrás esa etapa que podríamos denominar exploratoria y se está ensayando con otras estrategias para concitar la atención. De alguna forma, advierten los prosumidores, hay un agotamiento de la intimidad como principal argumento. Lee Siegel, en su libro “El mundo a través de una pantalla”, refiere que “la gente no quiere que nadie invada su intimidad. Ahora buscan que los demás, cuanta más gente mejor, les observen a medida que diseñan cuidadosamente su privacidad con un estilo público y vendible. La vida privada real se ha vuelto subterránea como si fuera un tipo de contrabando”. Esta operación discursiva permite comprender que los videos cortos, las fotos y los relatos no escapan a las lógicas más frecuentes de los medios de comunicación tradicionales: se preparan para ser ofrecidos, sin que la espontaneidad tenga mucha injerencia en las acciones que se relatan. Hemos pasado de la práctica expresiva más visceral, desprolija y con notables falencias de aficionados, a productos que guardan largas horas de edición y ensayos, a pesar de la brevedad que poseen. Por supuesto que persisten materiales que no merecen atención por su baja calidad así como los que son producidos por grandes empresas y buscan colarse en las filas de los particulares. También se puede consignar aquellos artistas, sobre todo humoristas solitarios, que hacen de su vida privada el guion de su espectáculo. Es como si nos encontráramos en el punto de inicio del uso, digamos unos quince años atrás, pero con una diferencia importante: son profesionales que simulan ser como el público. Es común verlos hablar de sus parejas, de su infancia, de sus terapias, de sus fobias, de sus fracasos, sin que logren la sorpresa que esperan: nadie se asombra por el grado de detalle empelado por el protagonista para narrar su primera borrachera. El público ya lo hizo hace una década. Hay, al menos, dos esferas dentro de la red: fomentada por el interés de los particulares y otra que busca conocer las formas más actuales de expresión para convertirlas en mercancía. Una es caótica e impulsa (sin proponérselo) la vanguardia comunicacional, la otra es una imitación tardía y decadente. La intimidad sin un acontecimiento, ya no es atractiva. Y cuando es puro artificio, tampoco.