Oriente y Occidente: ¿mundos incompatibles?

Por Elvira Yorio* –

Más allá de la ubicación geográfica, hay diferencias entre Oriente y Occidente. Comenzando por la idiosincrasia. En uno predomina una fuerte inclinación hacia lo colectivo, como principal valor de la sociedad, desde su núcleo básico, la familia, en su proyección al equilibrio grupal. El respeto a las jerarquías no se fundamenta en la sumisión, sino en la necesidad de orden. Han poseído, durante siglos una visión holística del universo. La innegable influencia del confucianismo, el budismo, hinduismo y taoísmo, determinaron rasgos distintivos muy particulares.

Por su parte, occidente se caracterizó por un progresivo avance del individualismo, que privilegia la libertad tendiente a la autorrealización, al predominio de lo personal. Su perspectiva se centra en la parcialización y también en la competitividad, a veces tan extrema, que conspira con una sana convivencia. Su origen incide, claro está, en la formación de estas particularidades, ya que responde a la cultura greco-romana y al cristianismo.

De cualquier modo, dentro de esos dos bloques, también es dable observar diferencias. Por ejemplo, entre China y Japón.  Para no ir demasiado atrás en el tiempo, tomemos a Motori Norinaga(1730-1801), quien expuso sólidos fundamentos para rechazar el confucianismo chino (con gran predicamento en su país) y propuso enfáticamente, volver al shinto, más cercano a la tradición nipona.

Suele considerarse a Nishi Amane (1829-1897) como al sumo pontífice entre el pensamiento occidental, y la doctrina tradicional mantenida durante siglos. Creó en 1862 un centro de estudios occidentales, del cual participó también Tsuda Mamichi (1821-1903).  Hubo otros…Este tránsito no fue simple. Se debió crear un lenguaje distinto (neologismos), puesto que no existía correspondencia que posibilitara la traslación de uno a otro signo. Se atribuyó así al lenguaje budista una nueva dimensión que trascendió su significado emparentado con lo sacro, para conferirle un sesgo cercano al occidente. El Zen mantuvo independencia frente a todo tipo de autoridad, ya sea religiosa, o del gobierno de la comunidad. Persistió la identidad japonesa, pero independizándose de China, en dirección a una integración con occidente. Y esto no se dio asistemáticamente, sino a través de una educación impartida desde la Universidad Imperial de Tokio (1877). Destacándose también, la Escuela de Kioto. Allí Kitaro Nishida (1870-1945) empleó el budismo como un vehículo para establecer un vínculo con el pensamiento occidental. A su vez, Alemania, especialmente en materia filosófica, ejerció un notable poder de atracción sobre los japoneses, y muchos jóvenes de esta nacionalidad, estudiaron en sus prestigiosas universidades.   

Sin duda ha sido la cultura Zen proveniente de Japón, la que ha calado hondo en el mundo occidental. En principio, parece que se introdujo como parte de la doctrina budista. (Borges habla de una fascinación que ésta ejerció sobre la mente occidental). Pero, historiadores, como Alberto Silva, sostienen que el Zen japonés fue una “síntesis que desde los siglos XIII al XX fue madurando en el archipiélago nipón de forma inédita y, como algunos fenómenos universales de aculturación exitosos, de un modo parcialmente irrepetible.” Señala que es erróneo estimar que se trata de un movimiento religioso, asimilándolo a las religiones tradicionales como el cristianismo, el judaísmo o el islamismo…atribuyendo esa falla a la circunstancia de que un occidental generalmente asocia lo espiritual con lo sagrado, aunque en realidad sea un fenómeno independiente de lo religioso. Concreta su idea en una frase: ”El Zen se presenta como un pensar: no consiste en filosofía, teología o metafísica.” En tal sentido, Borges -refiriéndose al budismo- recuerda cuáles son sus rasgos distintivos, destacando entre ellos: la prescindencia de vínculo con Dios; inexistencia de culpa, arrepentimiento o perdón; ausencia de idolatría o adoración; no imposición del temor o la ciega creencia. Desde esa perspectiva, afirma que, pese a comenzar siendo una disciplina de salvación, debe subrayarse que ni Buddha, ni Cristo, se propusieron jamás fundar una religión.

El Zen se consolida en Japón, pero reconoce su origen en India y China. Chuang Tzu o Zhuanzi, (siglo IV a.C.) fue un pensador que concitó la atención de muchos filósofos. Por supuesto, orientales como Nishuda, que lo asimiló desde su infancia, u occidentales como Martin Buber, que lo tradujo y escribió sobre él en 1910, o Heidegger que se interesó vivamente por su obra. En realidad, no es exagerado decir que influyó notablemente en todas las corrientes literarias de oriente, y también en algunas otras. Sostuvo que la vida es un sueño, lo que también dirían en sus filosóficas obras, Shakespeare (1564-1616) quien nos advirtió que  “estamos hechos de la misma materia que los sueños” y por Calderón de la Barca(1600-1681), exaltando el libre albedrío, precisamente en “La vida es sueño”. Eihei Dögen(1200-1253), profeta y  maestro, sigue siendo reconocido como el perdurable referente que  fundó la Escuela Soto de budismo Zen, desde donde difundió su original concepción del tiempo y la impermanencia. Dijo:” …cada uno debe despertar plenamente…despierta, despierta, no desperdicies tu vida.” Al recordarlo, de inmediato evocamos a Gurdjieff (1866-1949), cuando hablaba del “sueño cómodo” : estás dormido pero preferís no despertar. O a Hesse cuando explicaba que despertar significa conocerse a sí mismo y también saber el lugar que se ocupa dentro del orden cósmico, lograr ser libre…

 En el siglo XIX se verifica una evidente irrupción de Occidente en Japón, y en especial después de la segunda guerra mundial, la difusión del budismo zen en Occidente, de alguna manera reactualiza esa integración.

Es admirable que una nación supere las trágicas consecuencias de una guerra y  pueda salir revitalizada, captando elementos de culturas ajenas a la suya, sin perder su esencia. Japón lo ha hecho. En el siglo XIX decidió abrevar conocimientos en otros países, percibiendo que podían ser útiles para su desarrollo e integración con el mundo. Se organizó así la misión “Iwakura”, integrada por intelectuales altamente capacitados, destinados a varios países: Alemania, de donde se nutrió sobre Derecho Constitucional. De hecho el redactor de la Constitución japonesa (1891) fue un alemán. El texto vigente (1947) fue redactado por un equipo de juristas estadounidenses, y jamás sufrió modificaciones. Francia les sirvió de inspiración para organizar su sistema administrativo. En Inglaterra encontraron elementos necesarios para reformular un sistema imperial rígido y dotarlo de las características de una monarquía parlamentaria y Estados Unidos los ilustró en tecnología y metodología bancaria e industrial.

La Escuela de Kioto, se convirtió en el primer intento sistemático de integración del Zen con la cultura occidental. La filosofía japonesa, manejaba determinados conceptos: transitoriedad; vacío; caducidad; nada… Sin embargo, muchos japoneses estudiaron a filósofos foráneos, como Husserl y Heidegger. La Escuela de Kioto fundó un espiritualismo no creyente, e hizo un significativo aporte a la separación ente religión y filosofía.

Y ya en pleno siglo XX no puede dejarse de mencionar a Jacques Lacan (1901-1981) quien también contribuyó a algún tipo de ensamble entre el pensamiento occidental y el zen. Desde luego, lo aplicó al psicoanálisis, donde dio preponderancia al tema del vacío del yo, y propició que el discípulo hallara por sí mismo las respuestas, desechando todo dogmatismo. Proclamó que “la verdad tiene estructura de ficción” y en alguna oportunidad, dijo que el Zen fue para él, un camino para despertar.  

Peter Slöterdijk en su obra “ Eurotaoismo” reflexiona acerca de un fenómeno que se viene manifestando desde hace más de un siglo, y es que “la intelectualidad occidental tiende a asiatizarse” lo cual interpreta como un intento de nuevo renacimiento cultural.       

 Pese a otorgar un valor relativo al lenguaje y a la argumentación, el Zen ha tenido una fenomenal influencia en la creación artística. Por eso Japón ha sido pródigo en narradores y tradiciones orales transformadas en cuentos y obras literarias. El Haiku, por ejemplo, es una creación poética muy peculiar, ya que solo se compone de tres versos carentes de rima, manteniendo un orden de 5, 7 y 5 sílabas. Se atribuye al poeta Shiki (1867-1902) la designación de esa modalidad literaria con ese nombre. Borges, en su ensayo sobre el budismo, expone algunos ejemplos, que tal vez sean propios, ya que no indica la autoría de los textos:

“Más fugaz que el brillo de una hoja llevada por el viento, esa cosa, la vida.”

Y otro igualmente bello:

“Desde las gradas del templo alzo a la luna del otoño mi verdadera cara.”

Transcribimos otro, que pertenece a Shiki :

“El año se inaugura ¿Todos buenos? ¿Todos malos? Todos seres humanos”

“Llega otro año Mi mesa y sus papeles: como el pasado”, de (Matsuo Basho (1644 – 1694), considerado el inventor del haiku. Al comienzo, destacamos como un rasgo del mundo oriental, su ánimo de hermandad, una especie de “affectio societatis”. Pues bien, un modo de exteriorización era esta forma, algo así como un poema encadenado, llamado la “renga”, composición poética colectiva. La primera estrofa, es el actual haiku. Era la que marcaba la tónica que tendrían las siguientes: establecía la estación del año, y el ambiente, esa indicación debía respetarse por los escritores que sucesivamente intervenían en la composición. Tal vez esa búsqueda inveterada por la armonía de la naturaleza, el esplendor de lo simple y aparentemente mínimo, condujo a independizar esta estrofa inicial del resto, dado lugar así al haiku.  

Este “estilo poético”, como prefieren denominarlo los literatos, dentro de su sencillez y parquedad posee algunos puntos peculiares. Tienen relevancia dos tópicos que se reiteran:  Uno, comparar la vida con un río. Desde luego que esto es algo que desde Heráclito (540 a.C) parece una referencia poética poco menos que obligada. Cómo no recordar a Manrique (siglo XV), y luego Antonio Machado (1875-1939) y tantos otros que usaron esa adecuada metáfora para ilustrar lo mutable y efímero de la vida. En Japón se denomina “mujó” a lo transitorio y “nagare” a aquello que fluye. El otro tópico, es la valorización del instante, el rechazo de la lógica convencional. Ya enunciado siglos ha, por Horacio (65 a.C): “carpe diem” y su versión moderna de Huxley: “Aquí y ahora…”  

También en narrativa podemos encontrar puntos de contacto entre Japón y la cultura occidental. Son muchos los autores japoneses exitosos fuera de su país. Nombraremos solo algunos.

Toshikazu Kawaguchi (1971), ambienta su narrativa en un escenario típicamente japonés, se lo considera un fiel exponente zen. Pero, a poco de analizar la trama, se advierte un tratamiento muy cercano a lo occidental, totalmente ausente la economía emocional propia de los japoneses. Son varias historias sentimentales desarrolladas en un café, exhibido como la pausa de hospitalidad, un ritual cotidiano. Historias que especulan con provocar la emoción del lector. Por su parte el famoso Haruki Murakami, eterno candidato al premio Nobel, calificado por algunos como surrealista y por otros como existencialista, busca exacerbar el sentimiento. Al contrario de Kawaguchi, sumerge al lector en el vacío de un final abierto. Muy conocidas sus obras “Al Sur de las fronteras al Oeste del sol”, “Hombres sin mujeres”, “Tokio Blues”, y muchas otras traducidas a varios idiomas. Ha dicho una frase que lo define:” …vaciar el yo para conectar con el universo”. Lo logra en su escritura.

También puede nombrarse al primer Premio Nobel de literatura:  Yasunami Kawagata (1899-1972) autor de “País de la Nieve”, “Lo bello y lo triste”, entre otros muchos títulos. Su propia experiencia vital, pródiga en tragedias, lo impulsó a escribir desde la amargura, la soledad, la añoranza. Coronó su triste vida, suicidándose, tal como lo hiciera dos años antes su amigo y gran escritor Mishima. Confiere suma importancia a la experiencia interior, dentro de determinados contextos. En su última novela “Dientes de león”, revela como el ser humano oscila entre la locura y la cordura, al par que los fantasmas del pasado, continúan influyendo en su vida.   

Osamu Dazai (1909-1948), Kenzaburo Ore (Nobel 1994); Yoko Ogawa, y otros muchos escritores merecen nuestra lectura, pues todos, en mayor o menor medida, crean una atractiva mezcla de su propia tradición literaria clásica, con la modalidad occidental.

Habría muchísimo más para decir de este país, fuera de lo literario. Mi querida amiga peruana Rosario Florez acaba de regresar de Japón, al que describe como suspendido en el espacio, sobre este mundo acelerado y convulsionado, en el que tratamos de vivir, convivir y sobrevivir. Destaca el orden que se vive sin rigidez, el respeto que es natural en todos, el predominio de la delicadeza generalizada. Termina afirmando: reina la simplicidad, las tradiciones sanas, allí no hay desborde superfluo: menos, siempre, es más. ¡Qué extraordinaria lección de urbanidad, convivencia y serenas convicciones! Deberíamos meditar al respecto.    

*Colaboración para En Provincia.

Fotografía: https://pixabay.com