Por Guillermo Cavia –
El cierre del peaje de Hinojo vuelve a poner sobre la mesa un debate que atraviesa la Argentina de hoy: el costo humano de las reformas que se anuncian en nombre de la eficiencia.
A partir del 1 de julio de este año, las barreras del peaje serán levantadas. Para algunos automovilistas será apenas un detalle operativo. Pero para unos setenta trabajadores, en cambio, significa el final de una etapa y el comienzo de una incertidumbre que no figura en ningún decreto ni en ningún balance.
Operadores viales, cajeros, personal de maestranza, supervisores y técnicos que durante años sostuvieron el funcionamiento de una estación de peaje, hoy reciben una indemnización como única alternativa posible, como si la historia de todo el trabajo de años y de décadas, pudiera reducirse a un cálculo contable.
El caso de Hinojo se inscribe en la decisión del Gobierno nacional de avanzar con la privatización de Corredores Viales S.A. y transferir distintos tramos a operadores privados. La medida se presenta como parte de una estrategia destinada a modernizar la infraestructura y reducir gastos estatales. Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿quién absorbe el costo social de esa transformación?
Los testimonios conocidos en las últimas horas reflejan una realidad difícil de ignorar. No hubo negociación, no hubo certezas sobre la continuidad laboral y tampoco precisiones sobre cuántos empleados serán reincorporados. Lo único concreto es que el 30 de junio, apenas en unos días más, terminan sus funciones.
La situación se vuelve más compleja cuando se observa el avance de los sistemas automatizados de peaje que se da en distintas rutas y autopistas. Las nuevas tecnologías permiten reducir personal y agilizar procesos. Nadie discute sus ventajas. El problema aparece cuando la innovación se convierte en excusa para prescindir de trabajadores sin ofrecer alternativas de reconversión.
Mientras tanto hay otras noticias que abren una paradoja que es por demás evidente: mientras trabajadores se quedan sin su puesto laboral, se proyectan nuevos peajes sobre la Ruta Nacional 3 y se amplían concesiones. Entonces también crece la preocupación por el futuro de quienes hasta ahora eran parte de ese sistema. En una primera mirada parece ser que ahora serán unos pocos empresarios los que se han de enriquecer más que antes. Es una historia que conocemos. Porque estamos atravesados por quienes se hicieron millonarios gracias al pueblo y por quienes, dejando de lado al pueblo, también se transforman en acaudalados.
Cualquier automovilista o transportista puede expresar el estado deplorable de la Ruta Nacional N°3. Una arteria vital para el transporte de carga, más en un país donde los trenes “funcionan” sobre vías del siglo XX. La Ruta 3 tiene algunos pocos kilómetros de autovía, pero entre San Miguel del Monte y Bahía Blanca está destruida, con huellas tan grandes que obligan a algunos automovilistas a conducir por la vía contraria. En esa misma arteria planean colocar varios peajes. Parece un chiste pero es parte de las decisiones de gente que no ve la realidad porque se maneja por aire, en aviones privados, oficiales y que nunca han transitado ni la Ruta 3, ni la 5 ni la 7, ni la Ruta del desierto. No lo han hecho y tampoco lo harán. Están fuera de la realidad. Incluso puedo asegurar que desde el aire, la Ruta 3 se ve hermosa. Pero no lo está.
En el discurso oficial, la eficiencia aparece como un objetivo incuestionable. Pero toda política pública debería ser evaluada también por su impacto social. Porque detrás de cada uno de esos puestos de trabajo hay una familia, una economía local y una comunidad que siente los efectos de esas decisiones.
Tal vez la discusión de fondo no sea si el Estado o los privados deben administrar un corredor vial. La verdadera pregunta es qué lugar ocupan las personas en ese proceso de transformación. Porque cuando las barreras se levantan, claramente es solamente para un sector de la alta sociedad, pero con absoluta certeza se cierran para otros sectores que cada vez están más relegados.
Fotografía: En Provincia.