Por Elvira Yorio –
“Cuando la política se entroniza en la conciencia y preside toda nuestra vida mental, se convierte en un morbo gravísimo… El imperio de la política es el imperio de la mentira… Políticos, gentes a quienes no interesa ver el mundo como es. Dispuestos solo a usar de las cosas como les conviene… se hace política en las academias y en las escuelas, en el libro de versos y en el libro de historia… Muy especialmente en los laboratorios: el químico y el histólogo llevan a sus experimentos un secreto interés electoral.”
El párrafo que antecede tiene casi cien años y pertenece a José Ortega y Gasset, el pensador más inteligente, perspicaz y excelso filósofo, que tuvo España. Parece reciente, y aun podría haber sido escrito por alguien de otra nacionalidad. Enuncia conceptos universales por su significación y permanencia. Leerlo suscita muchas reflexiones, entre ellas: ¿existe una real evolución de la humanidad? Después de pensar detenidamente, arribo a la conclusión de que, al menos en el tema de la política, el estancamiento (y en ciertos casos, el retroceso) se ha debido a una mala resolución de la eterna pugna entre los derechos individuales y los de la comunidad, o si se prefiere: la prevalencia del egoísmo sobre el altruismo. Desde luego, hubo excepciones que marcaron un rumbo, infelizmente seguido por muy pocos. Si se echa una mirada a las elementales instituciones políticas existentes en los incipientes tiempos de la organización social, se encuentran solo individuos aislados que hicieron honor a los cargos que desempeñaron.
630 a 560 años a.C. en Grecia, un hombre joven llamado Solón, intenta crear una sociedad justa y próspera. Entre otras importantes disposiciones, anula la esclavitud, por deudas y crea la democracia censitaria. Intentan corromperlo, se niega, y desencantado, termina yéndose al autoexilio, durante diez años. Arístides (530-468 a.C.), fue un destacado y valiente militar y también político. Tuvo a su cargo recaudar fondos de las ciudades aliadas para proveer a la defensa, ante el inminente ataque persa. Su impecable actuación, le valió el mote público de “el justo”. Los historiadores destacan que, pese a haber manejado fortunas, murió muy pobre. Pericles (495-429 a.C.) político, convirtió a Atenas en el principal centro cultural, construyó el Partenón y otros importantes edificios y templos, sin comprometer el erario que administraba. Pese a provenir de una familia aristocrática, era un firme defensor de la igualdad de los derechos, lo cual le acarreó serios inconvenientes. Estableció la paga pública, una modesta retribución a quienes ejercían cargos públicos. Gobernó con equidad durante treinta años, y se retiró con el mismo patrimonio personal que tenía al asumir. El gran historiador francés Víctor Duruy, escribió sobre él:” Atenas había encontrado un jefe a quien podía estimar y no temer, y la confianza con que le honró no alcanzó límites. Ningún otro hombre tuvo jamás un poder semejante, ni jamás este poder se adquirió y conservó con más pureza, sea dicho en honor del pueblo y de su jefe.” Efialtes de Atenas, (461 a.C), tuvo la peregrina idea de disminuir el poder omnímodo del Aerópago (Consejo aristocrático y Tribunal Superior) y otorgarlo en parte al pueblo. Lideró la democratización judicial. No consiguieron corromperlo y ante la imposibilidad de lograr que retrocediera en estas decisiones, lo asesinaron.
En Roma los funcionarios “decentes” tampoco anduvieron mejor. Tiberio y Cayo (163-121 a.C.), dos tribunos que, al pretender implantar una reforma agraria, fueron muertos a palos por los senadores. Cicerón (106-43 a.C.) un cónsul que denunció la corrupción y otros delitos, fue perseguido y amenazado de muerte. Marco Aurelio (121-180 d. C.) tuvo el máximo poder, pero jamás abusó de él. No ambicionó ser emperador, pero ejerció su cargo honestamente y con la mira puesta siempre en el bien común.
En el posterior transcurso de la historia, quedó demostrado prácticamente en la generalidad de los casos que, el acceso a los cargos que implican poder, es producto de pactos espurios. También que, por su propia naturaleza, el poder fomenta la corrupción. De allí que, figuras como Charles de Gaulle, en Francia, hayan despertado la admiración de propios y extraños, por sus excepcionales cualidades de integridad moral, valentía militar y cívica. Por supuesto, una figura como la suya tuvo detractores (en especial los enemigos de Francia, nativos y extranjeros). Imponente por su físico (medía 1m96), apodado el “dinosaurio vertical”, le acusaban de soberbio, inflexible, frío, arrogante e insensible…Me pregunto: ¿acaso las circunstancias graves que día a día se deben enfrentar, no inciden en la formación de la personalidad? ¿Cómo influye en cualquier persona haber sido objeto treinta ataques contra su vida? (el político, que más atentados sufrió en el siglo XX). ¿Qué huella puede dejar en el ánimo de un ser humano, el hecho de resultar herido en tres batallas (1914-1915 y 1916)? ¿Es posible soportar con indiferencia un cruel encarcelamiento por las fuerzas enemigas, que se prolongó durante casi tres años? (Baviera-Alemania). Como si todo eso fuera poco, el Tribunal Militar del régimen de Vichy, lo condenó a muerte, lo degradó como militar, y confiscó todos sus bienes. La acusación se fundó en los cargos de deserción, traición a la patria y conspiración. Para poder sobrellevar tantos infortunios (a los que se sumaron otros de su vida privada), es evidente que estuvo obligado a fortalecer su carácter, elevar sus defensas morales, mantener un estado de alerta permanente, desdeñar las cuestiones banales… lo cual explica perfectamente su modo de ser y hacer en la vida. Es seguro que de otra forma no hubiera podido preservar a su patria del asedio nazi. Fue el patriota inteligente, perseverante, enérgico, insobornable, leal, que siguió luchando aun cuando todo parecía perdido. En la segunda guerra mundial, la opinión de la población se dividió. Parte fue sumisa (tal vez por temor) al gobierno colaboracionista de Vichy, y la mayoría, estaba en contra, pero inerme ante el avance enemigo. Rechazó firmemente el armisticio con Alemania, al cual consideró una traición. Se organizó, lo que dio en llamarse la “resistencia”: agrupaciones que operaban en la clandestinidad, desarrollando todo tipo de acciones para recuperar ese país del ultraje de su ocupación. Precisamente, de Gaulle fue líder de ese movimiento, que logró liberar Francia. Se reveló también como un hábil estratega, pues tuvo que dirigir todas las acciones de inteligencia desde fuera de su país, ya que, obligado a huir, se refugió en Londres, pese a que jamás tuvo demasiada simpatía por los ingleses. También supo ser un hábil diplomático. Imagino cuánto debe haberle costado convencer a dirigentes mundiales como Churchill (Inglaterra), Roosvelt y Einsenhower (E.E.U.U.), abogando por su amada Francia, para imponer el criterio de que su país era una nación soberana aliada, y no una república sometida, que debía quedar bajo la égida de los militares angloamericanos, tal como éstos pretendían. Creó el movimiento “Francia Libre”. A de Gaulle también se debe en 1944, la liberación de París, la instauración de la V República Francesa en 1958, y la sanción de una nueva Constitución. Resolvió, asimismo, el conflicto suscitado con la colonia de Argelia, aceptando la autodeterminación de los argelinos, que finalmente lograron su independencia. También concedió la independencia a otra colonia francesa en África: Senegal. Ejerció el cargo de Primer Ministro desde 1944 a 1946, al que llegó como líder de la resistencia de Francia. Posteriormente fue electo presidente, con casi el ochenta por ciento de los votos de los electores (elección indirecta 1958). Cabe destacar en 1963, otro triunfo diplomático: logró firmar, junto a Konrad Adenauer, el tratado que restableció las relaciones de Francia con Alemania. Luego, impulsó una reforma para instaurar la elección directa, que se llevó a cabo en 1965, en la cual ganó en la segunda vuelta por un margen de diez puntos. Años después, aún vigente su mandato, tras haber perdido un plebiscito que él mismo había convocado, renunció minutos después de conocer su resultado, por considerar que ya no tenía el apoyo masivo de sus conciudadanos. Corría el año 1969. Se retiró de la política, a la casa sencilla que había habitado con su familia. Allí retomó otra de sus grandes pasiones, la escritura. De esa época son las obras “Memorias de esperanza” y “La renovación” que finalizó y publicó poco antes su muerte. Dejó inconcluso otro libro, “El esfuerzo”. Existen muchas obras de su autoría, sobre todo libros de estrategia militar escritos entre 1924 y 1938. Incluso en alguna oportunidad se le mencionó como posible candidato al Nobel. Una de sus frases dignas de ser recordadas: “El mando es una herramienta prestada para servir, nunca para poseer.”
Entre sus mejores colaboradores, estuvo el laureado escritor André Malraux, que se desempeñó dos veces como ministro, realizando una magnífica gestión, sobre todo en el ámbito de la educación. Una de las pocas personas que aceptó recibir en su casa, antes de morir. De esos últimos encuentros surgió el libro “Los robles que se abaten”. El escritor alguna vez dijo sobre el estadista: “De Gaulle no era un hombre del pasado ni del presente, fue el hombre de la historia”.
Murió en su casa y fue enterrado con la misma austeridad que signó su vida, en el cementerio municipal de Colombey les Deux Eglises (a más de doscientos kilómetros de París). La ceremonia tuvo sencillez e intimidad, despojada de honores, u homenajes fúnebres oficiales, respetando su voluntad. La sobria lápida de su tumba, solo dice: Charles de Gaulle 1890-1970. Un verdadero e inusual ejemplo de honestidad, patriotismo, coherencia y moral intachable.
Hay muchas biografías sobre De Gaulle. Las más difundidas fueron escritas por Jean Lacouture, Julian Jackson, Eric Roussell, Paul Marie de La Gorce y Alain Peyrefitte, entre otros.
Para concluir, una frase suya que lo define: “Seamos firmes, puros y fieles; al final de nuestro dolor, está la mayor gloria del mundo, la de los hombres que no se rindieron.”
*Colaboración para En Provincia.