Kovadloff: el sosiego de quien cumple su destino

Por Elvira Yorio* –

De Santiago Kovadloff podríamos decir cuándo y dónde nació, mencionar su importante formación universitaria, enumerar los muchos premios, doctorados honoris causa y distinciones académicas conferidas acá y en el extranjero, describir su actuación como escritor, poeta, filósofo, docente, traductor, conferenciante, creador e intérprete de memorables espectáculos artísticos… y, aun así, faltaría mucho para trazar siquiera una somera semblanza de su formidable personalidad.    

Es un pensador que no desdeña la idea de fatalidad, pero lo hace sin dramatismos, como una natural aceptación del destino. Dice con abrumadora sencillez: “La vejez está en nosotros…lo ineludible ha comenzado a hacerse oír en nuestro cuerpo…nos vemos forzados a admitir la impagable hipoteca contraída por el hombre con la fatalidad…el hecho de poder interrogar nuestra vida en retirada es una manera de afirmarla…es otra conformación del goce de la vida…el tiempo que nos constituye es el mismo que nos destituye…” Qué bien dicho, porque este pensamiento exorbita la excelente construcción gramatical del concepto, para representar la autenticidad de un profundo sentimiento que nos identifica por la situación que, de alguno u otro modo, en todos se reitera.    

 Es un hombre que hace un culto de la dignidad: desde las palabras, desde las acciones, desde los gestos…hasta desde su peculiar forma de decir…siempre expresando lo esencial de sí mismo, sin epítetos fuera de lugar, omitiendo estridencias innecesarias, en el marco invariable del más estricto respeto.  Esta cualidad se advierte, en especial, cuando su proverbial sensatez, un radical afán de sinceridad y también un inocultable fervor ciudadano, lo llevan a formular análisis críticos sobre política. Ausente cualquier tipo de partidismo, es lo que podría denominarse un “libre pensador” que solo asume la defensa de la vigencia de los valores auténticos que debieran sustentar a las instituciones republicanas. Con total objetividad, señala desaciertos políticos, errores tácticos, inconductas en los funcionarios, incorrecto manejo de los fondos públicos, inaceptables defecciones en la justicia… sin otra finalidad que advertir a la ciudadanía, cualquiera fuere su color político, y ofrecer la posibilidad de pensar y repensar ciertos temas que nos conciernen a todos como ciudadanos. Tal vez, haya en esa prédica franca y valiente, un intento de despertar conciencias aletargadas o dormidas, a fuerza de escuchar una y otra vez consignas manejadas por intereses espurios.             

Es un poeta que, en cada creación, no solo cultiva la estética de las palabras, sino que las convierte en el mejor hospedaje del pensamiento y del sentimiento. Ha dicho que: “escribir es trasmitir el destino emocional que en nosotros corren las ideas. Cuando alguien expresa lo que está haciendo, tramita subjetivamente un concepto que hasta ahí estaba despersonalizado, pero, a partir del tratamiento artístico que uno le da a la enunciación, logra que ese enunciado no pueda ser disociado de su persona.”  Lo cierto es que, desde la intimidad de sus experiencias humanas, aun las más simples, extrae poemas cuyo trasfondo filosófico, suscita en quien los lee, necesidad de meditar. Otros poetas, tras su lectura, dejan persistir las armoniosas cadencias de algún verso, en cambio, su obra impregna nuestra mente de un sentido trascendente.         

 Es un maestro que, en cada disertación, no invita a sus oyentes a adherir o aceptar como cierto lo que les trasmite, sino a pensar sobre ello. A saber, estimula en el otro su capacidad de adquirir o desarrollar ideas propias, en momentos en que la tendencia es el condicionamiento impuesto, la imitación, la repetición mecánica de algún slogan. En ocasión de presentarse en el Colegio de Escribanos de la Provincia de Buenos Aires (2019), abordó con su habitual solvencia, “Cuatro dilemas de nuestro tiempo: naturaleza, progreso, conocimiento y globalización”. Sus primeras palabras fueron, precisamente, una invitación a la reflexión, a pensar ( en el sentido de generar ideas inéditas), lo cual calificó como infrecuente. Siempre me llamó la atención esta apertura característica, propia de quien ejerce la docencia en su genuino sentido: compartir ideas propias o ajenas, buscando generar otras ideas.     

 Es un filósofo, pero en él la filosofía no es divagación erudita, plagada de una terminología hermética. Llega al profano con una reflexión vital, única, contundente en su verdad irrebatible. Lo identifico con Bobbio, el excelso maestro italiano que nos aleccionó hasta su momento último, a través de “De senectute”. Decía este ilustre pensador: “aprendí a respetar las ideas ajenas, a detenerme ante el secreto de las conciencias, a entender antes que discutir, a discutir antes de condenar. Y como estoy en vena de confesiones, hago una más, quizás superflua: detesto con toda mi alma a los fanáticos.” En esas palabras, veo también reflejado un aspecto de la personalidad de Santiago Kovadloff. Más allá del inmenso caudal de conocimientos, que administra con sabiduría, la moderación preside todos sus actos. Heredero del legado de grandes pensadores, como Cicerón, Marco Aurelio, Bobbio, Montaigne, Buber…Massuh. En especial advierto en él, la impronta de Montaigne, un filósofo de avanzada en aspectos diversos, que modificó radicalmente la forma de filosofar en pleno siglo XVI. Puesto que, como su lejano maestro, practica un sistema abierto a todo conocimiento proveniente de la humana experiencia, cultiva la duda, desechando el fanatismo, fomentando la razón como base de la convivencia. No es casual que este sabio haya surgido en el renacimiento, época pródiga en genios, en la que la erudición era algo bastante común. Hoy son la excepción, pero todavía se puede encontrar algunas polímatas, y uno de ellos es, sin duda, Santiago Kovadloff.

Es un traductor. Y eso implica no solo trasladar el texto de un idioma a otro, sino previamente, captar el significado para que no se pierda su verdadero sentido. Tarea ardua, de mucha exigencia, pues demanda no solo dominio de uno y otro idioma, sino un cierto tipo de afecto por el material a traducir y el acabado conocimiento de la obra. En este caso, se da con nitidez la afición de Kovadloff por los autores que tradujo: especialmente del portugués. Sin duda Fernando Pessoa acapara sus preferencias. En el 2000, gracias a su traducción, pudo ver la luz en español, “El libro del desasosiego”, en su versión completa. Obra de gran complejidad, ya que es una historia inacabada e inacabable, comprensiva de la integralidad del universo. El autor trabajó en ella durante toda su vida, pero, como es sabido, lo hizo en forma un tanto caótica, acumulando miles de escritos en un inmenso baúl, que resultó un material difícil de compaginar para quienes se abocaron, después de su muerte, a ordenarlos y dotarlos de un orden lógico, para publicarlos. Parece que la primera edición en portugués trató de respetar una secuencia temática, otra edición posterior, debida a Richard Zenith, privilegió la cronología, recuperando con un método más estricto, gran cantidad de textos dispersos hasta ese momento. Precisamente, sobre estos textos trabajó Kovadloff. Según los expertos, merced a la traducción de nuestro filósofo de la obra de Pessoa, es posible acceder a una colosal biografía, filológicamente más ajustada en su cronología. Una magnífica llave de apertura para el lector de habla hispana.

Es un ensayista. También en esta actividad aparece la influencia de Montaigne. ¿No fue acaso este filósofo quien sentó las bases de ese nuevo modo de explicarse a sí mismo, a través de reflexiones, en el que logró desprenderse de los dogmas en boga en su época?  En alguna oportunidad, hablando del filósofo francés, Kovadloff elogió su transparencia, esa cualidad que exhibió, y esa tentativa de aproximarse a sus facultades naturales. Por eso, como su admirado maestro, se coloca en el lugar de observador que no renuncia a su espíritu crítico, ya sea desarrollando fundamentos o bien exponiendo sus ideas propias. Así lo ha aclarado: ”escribo ensayos para reflejar la repercusión emocional y reflexiva que en mí alcanza un tema determinado…por eso los llamo ensayos de intimidad”.

Es un original creador artístico, que supo amalgamar en distintos espectáculos, poesía, literatura y música. Alguna vez manifestó que un poeta, siempre puede encontrar en la música su verdadero hogar. De tal manera, Mozart, Ginastera y otros compositores hospedaron textos de Borges, y del propio Kovadloff, con Pierre Blanchard al piano y Víctor Torres en voz y también con su propia y personal interpretación. Corría el año 2015 y el beneplácito de crítica y público, fue total. Posteriormente, creó el trío Orfeo, que integra junto con los eximios concertistas Ana María Chaves (piano) y Federico Mouján (violín), que ha brindado memorables recitales (“La travesía” y “Lo inesperado”) en La Plata, Rosario, Teatro Colón, Uruguay, etc. con resonante éxito. El vasto repertorio que aborda el conjunto, se integra con música de Bach, Schumann, Debussy, Brahms, Piazzolla…complementándose con escritos de los griegos clásicos, Neruda, Vallejo, Pessoa, y los del mismo Kovadloff.           

Para terminar estas líneas, el recuerdo de una enorme lección que me dio este hombre. En una ocasión manifesté mi desilusión por la situación que atravesaba el país, y percibiendo mi actitud derrotista, me dijo: “La patria es una tarea, antes que un hecho consumado. Darla por perdida o darla por ganada es igualmente desacertado. Yo creo que lo nuestro es la insistencia. Estoy persuadido de que la esencia de la existencia humana es la insistencia, la búsqueda. No creo que hayamos nacido para realizarnos, sino para evitar que nuestra imperfección nos derrote. No la combatimos porque podamos desarraigarla de nosotros, sino para impedir que nos imponga el silencio del desaliento. “Desde entonces, han transcurrido algunos años, pero jamás la olvidé, y sigo agradeciendo y valorando su sabio consejo que trato de poner en práctica.                   

*Colaboración para En Provincia.

Imagen: Archivo web.