Por Aylin Mariani* –
Isabel Allende es, sin duda, una de las escritoras latinoamericanas más reconocidas en el mundo. Su voz ha narrado exilios, memorias y ficciones que cruzan fronteras. Sin embargo, en su papel de intelectual pública, también carga con contradicciones que merecen ser señaladas.
Hace poco, en un video, criticó la intervención de Estados Unidos en Venezuela como si hablara desde Caracas, cuando en realidad vive desde hace décadas en Miami. Esa distancia entre el lugar real de enunciación y el lugar simbólico desde el que se pronuncia revela una tensión: ¿puede alguien hablar como si habitara una realidad que no vive, mientras disfruta de la comodidad del país que cuestiona?
La hipocresía se hace más evidente cuando miramos su obra. En Zorro, novela que recrea la independencia latinoamericana, Allende omite mencionar al general José de San Martín, el libertador que dio la independencia a Chile y Argentina. Ese silencio no es menor: invisibilizar a San Martín en una narración histórica es borrar una parte esencial de la memoria de nuestros pueblos.
Allende se presenta como voz universal, pero sus omisiones y contradicciones muestran otra cara: la de una escritora que, al hablar desde afuera, selecciona qué recordar y qué callar. Y en esa selección, la memoria colectiva queda incompleta.
Quizás sea hora de recordar que la literatura y la palabra pública no son solo un ejercicio de prestigio, sino también una responsabilidad. Nombrar lo que corresponde, reconocer la historia en su totalidad, y hablar desde la verdad del propio lugar son actos de dignidad. Porque cuando la voz se disfraza de pertenencia sin vivirla, lo que queda al descubierto no es la universalidad, sino la hipocresía.
Mejor hacer silencio señora. Usted no ha dicho algo antes y ahora no es momento, menos desde su lugar desde donde expresa la palabra.
*Colaboración para En Provincia.
Fotografía: https://pixabay.com